CHEIRA, PALABRA HOMÓGRAFA

A mi publicación sobre la palabra LLERA `pedregal´, un amable lector ha realizado un comentario extrañándose de que adujera como variante la voz CHEIRA. Él solo la conoce con el significado de `navaja´y como forma verbal con el significado ´de oler mal`.

Lo primero que hay que decir es que el término CHEIRA es lo que se conoce en lingüística como palabra HOMÓNIMA HOMÓGRAFA, o lo que es lo mismo, palabra en la que han coincido dos o más palabras en su evolución fonética (en nuestro caso son tres), pero partiendo de etimologías diferentes y, por tanto, con significados diferentes.

  1. CHEIRA, sustantivo, con el significado de ´tierra mala y con muchas piedras´ se utiliza en Laciana (León). Es una variante de LLERA, cuyo origen está en el latín GLARĔA(M) ´pedregal´.
  2. CHEIRA, sustantivo, con el significado de ´navaja` tiene su origen en la palabra gallega CHAIRA ´cuchilla que utilizan los zapateros para cortar la suela`. Su origen gallego-portugués está en el latín PLANU(M).
  3. CHEIRA, verbo, con el significado de ´huele mal`, es la tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo CHEIRAR. Es voz gallega y portuguesa cuyo origen está en el verbo latino FLAGARE ´echar olor`.

Espero haberlo aclarado.

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LLERA, UN TOPÓNIMO LEONÉS DE LA UÑA (LEÓN)

Quizá no fuera necesario, pero por si algún lector no lo recuerda, volveré a reescribir lo que en más de una ocasión he dicho sobre los topónimos: los hay meridianamente claros y su explicación no encierra dificultad alguna (son evidentes) y los hay que solo se pueden plantear en el terreno de la hipótesis, de la suposición, sin que, como es lógico, tengamos evidencia alguna de su porqué.

También recordaré que La Uña (León) pertenece al dominio del leonés oriental, conservándose, tanto en la toponimia como en su habla, leonesismos que nos recuerdan que en otros tiempos aquí se hablaba el leonés.

El topónimo LLERA de La Uña (igual que el de otros lugares de la geografía leonesa o nacional) pertenece al primer grupo de los topónimos de los que más arriba he hablado: los de fácil explicación. La razón se halla en que entre el significado del nombre lingüístico y la realidad toponímica actual a la que hace referencia existe una clara relación de dependencia, como se verá más adelante en la fotografía que se adjunta. Se puede afirmar que desde que nació el topónimo la relación entre el nombre lingüístico y la realidad a la que se refiere sigue siendo la misma.

El leonesismo LLERA procede de la voz latina GLARĔA(M) ´grava o lugar cubierto de grava, cantizal, cascajo´.

Tanto en castellano como en leonés el grupo inicial latino GL- pierde la G- a su paso al castellano o al leonés, quedando solo la L-: LARĔA. En castellano tenemos los siguientes ejemplos: GLANDULA > landre o landra; GLANDE > lande; GLIRONE > lirón; GLATTIRE > latir, etc.

En leonés la L- inicial de palabra o sílaba se palataliza, se convierte en LL-. Es uno de sus rasgos característicos. Ya en el Libro de Alexandre (primer tercio del siglo XIII) encontramos LLINAJE, LLADO, ALLEVANTAR, ALLONGADA, LLEGAR, ORLLADO, etc. En La Uña existen varios topónimos que comienzan por dicho fonema palatal lateral; igualmente se halla presente en palabras de su habla particular.

Volviendo a GLARĔAM, estos serían los cambios que se han operado desde el étimo latino hasta llegar al leonesismo LLERA: GLARĔAM > GLARĔA > LARĔA > LLARĔA > LLARA > LLERA.

Variantes leonesas que podemos encontrar en algunas zonas de la provincia son LLEIRA, y también TSERA, TSEIRONA, CHERA o CHEIRA, por ensordecimiento de la LL- inicial.

El Diccionario de la lengua española, en su edición electrónica actual, no recoge la palabra LLERA, pero sí GLERA ´cascajar`, indicando que tiene su origen el latín GLARĔA(M) y ha pasado al castellano procedente del aragonés. Lo incluía por primera vez en su edición de 1803 señalando que era un sustantivo antiguo, sinónimo de CASCAJAL.

Así, podemos concluir ya indicando que la LLERA de la Uña es un lugar abundante en grava o cantizal (piedra pequeña) que procede por erosión de las rocas que se hallan por encima: los CASPIOS.

LA LLERA (LA UÑA)

P.D. Muchos son los pueblos españoles que tienen su origen en la voz latina GLARĔA(M), unos de procedencia castellana, gallega o leonesa. LERENA, LAS LERENAS, LERÍA, LEIRA, LEIRO // LLERA, LLERANDI, LLERONES, LLERENA, LLERANA, etc.

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VIVIR SIN MIRAR PARA ARRIBA, A RAS DE SUELO: SAN BENITO

Vives en una ciudad como la de León. Muchos años. La has pateado, literalmente. Has visitado iglesias, palacios, conventos, museos, crees que casi todo. Y de repente, en años metido, te das cuenta que has ido siempre a ras de suelo, que no has mirado para arriba. Y así descubres un nuevo León que está en las alturas: ventanales, cornisas, torres, símbolos… y esculturas colocadas estratégicamente.

Y esta es la que hoy he descubierto coronando la puerta de entrada de la iglesia del convento las carbajalas de León, en la centenaria plaza del grano.

Es una escultura en piedra que representa a san Benito (480-547), fundador de la Orden Benedictina. Y a dicha orden pertenece este convento leonés de monjas desde que fuera fundado.

Se hallan presente en ella algunos de los rasgos distintivos con los que se suele representar al santo de Nursia (Italia).

La escultura sigue el modelo patriarcal surgido en el siglo XIV.

Representa un anciano venerable y barbudo vestido con su hábito benedictino.

Aparece sin capucha y con tonsura monacal.

El báculo abacial lo sujeta el brazo izquierdo en recuerdo de que fue abad del monasterio de Monte Casino.

Con las dos manos sujeta un libro abierto, que no es otro que la regla por la que han de regirse los integrantes de dicha orden.

A sus pies, un cuervo se lleva en el pico el pan envenenado con el que un sacerdote próximo a la abadía de Monte Casino quiso matar a su abad.

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HISTORIAS REALES DE LOBOS. (5) El lobo que tuvo miedo

La Uña, montaña de Riaño. Un  3 de noviembre de 1941. Ya sin actividad agrícola. Con algo de nieve por las cumbres. Se había hecho realidad el refrán: «Por los Santos, / la nieve por los altos».

El día anterior había llegado por la tarde a casa del tío Valentín un pariente cercano de Maraña. Solicitaba su presencia al día siguiente en el aserradero marañón. Su pariente Ibáñez estaba levantando una cuadra y ya había acarreado hasta el pueblo las maderas de roble y haya para el tejado. Ahora había que prepararlas y serrar un grueso roble para sacar la tabla para la pandilla del tejado. Se requerían manos expertas en el manejo del tronzador y de la pesada sierra manual. Mediavilla aceptó la petición: ―Allí estaré.

Al alba se levantó, vistió su pantalón y chaqueta de pana, se caló su boina negra,  y, después de tomar su parva (copa de orujo y un trozo de pan), se echó el tronzador ovillado a la espalda y se puso en camino para Maraña.

En el Retorno tomo el camino de la Tejera que le llevaría, después de transitar por una estrecha vereda, al cascajo de la Taberna. Allí cogió el camino y en poco más de una hora estaba en Maraña. Un copioso desayuno le esperaba. Igualmente el aserradero. Allí pasó el día, con un breve descanso para comer. La falta de luz hizo que los expertos aserradores tuvieran que dejar la tarea. Un buen número de tablas de un hermoso color rojizo fue el resultado del trabajo de manos fuertes y expertas en el manejo de aquella pesada sierra.

Una rápida cena y de nuevo camino hacia La Uña. La luna llena, situada en lo alto del estrellado cielo, iluminaba el camino. Iba abstraído en sus cosas y no se había dado cuenta. Un lobo solitario le seguía a corta distancia. No era la primera vez que le pasaba, por eso pensó que cuando se cansara dejaría de seguirlo. Continuaba dando vueltas en su cabeza cómo burlar a la guardia civil para poder cazar furtivamente el rebeco. La necesidad apremiaba.

Al llegar al cascajo de la Taberna, de nuevo tenía que dejar el camino y tomar la vereda que por medio de aquel escobal le llevaría hasta el camino abierto en la Tejera. Miro hacia atrás y se dio cuenta que el lobo le seguía y cada vez se acercaba más. Pensó: ―No sería bueno coger la vereda sin intentar desembarazarme antes de tan incómodo acompañante―. Prevención, que no miedo, le había enseñado su azarosa vida.

No llevaba arma alguna, salvo aquella navaja de herrero (del afamado de Lillo había venido) que siempre le acompañaba en el bolso derecho de la chaqueta.  En aquel momento todavía no le servía.

Al camino había caído abundante piedra de aquel cascajo que tenía por talud. No lo pensó. Se agachó para recoger una buena piedra y lanzársela al lobo. Al realizar la flexión de las rodillas el tronzador, que volvía en sus espaldas, tocó con sus afilados dientes en las piedras y produjo un agudo chirrido que cogió al lobo desprevenido. Cuando el tío Valentín se volvió para lanzar la piedra, el lobo huía ya a toda prisa. La casualidad había querido que el tronzador se convirtiera en arma disuasoria con la emisión de aquel agudo ruido.

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CAMIÑO DOS XISTOS (LOURO)

Durante muchos años he transitado por el «Camiño dos sistos». Es uno de los accesos a la lagoa de Louro y a su playa, conocida como Area Maior.

PLAYA DE AREA MAIOR Y LAGOA

En porto Carral, a la izquierda de la carretera, arranca el camino. Así lo indica el cartel clavado en un poste del teléfono.

Aunque está rotulado en gallego, la dificultad de descifrar su significado no proviene del idioma, sino de la palabra SISTOS, en plural.

Preguntadas varias personas del lugar, o me contestaron que no sabían el significado de la palabra o me dieron respuestas dubitativas y poco convincentes, lo que me llevó a investigar el origen y significado, el porqué del nombre de ese camino: DOS SISTOS.

La primera sorpresa me la proporcionó el Dicionario da la Real Academia Galega. No registraba la palabra. Podría deberse a que fuera un nombre propio, y, lógicamente, no aparecería. Pero no era así. Sí incluía el sustantivo masculino XISTO con el siguiente significado: «Rocha de orixe metamórfica de estrutura foliada». Aquí estaba la respuesta. Solo quedaba saber si dicho camino llevaba a alguna zona donde hubiera este tipo de rocas: rocas procedentes por metamorfismo (transformación de algo en otra cosa) de las arcillas, que presentan una estructura de hojas o láminas paralelas que se separan con facilidad, y de las que hay varias clases o tipos, dependiendo de sus componentes. Probablemente las más conocidas sean las pizarras.

Aunque la vegetación no ayuda a realizar un examen visual detenido y preciso de la zona norte de la lagoa (entre la carretera y la orilla del lago), sí que proporcionó la respuesta el Plan de ordenación do litoral de Galicia de la Xunta de Galicia en su capítulo dedicado a la «Lagoa de Louro».

En el punto 2, apartado dedicado a las «Unidades litológicas» de la lagoa se puede leer la siguiente ubicación de los xistos:

«La cabecera del Rego dos Longarelos [que desemboca aquí] y una zona entre Os Mollóns y As Cavaixas, al noreste de la laguna, contienen sendos enclaves de esquistos con niveles de cuarcitas, en orientación NO.-SE., que pertenecen al Dominio Migmatítico y de las Rocas Graníticas, Grupo de Laxe, de edad precámbrico-silúrica».

En este texto la palabra utilizada no es XISTO, sino la castellana ESQUISTO. Ambas son sinónimas y tienen el mismo origen. Proceden ambas  del latín SCHISTOS (utilizada ya por Plinio el Viejo, s. I d.C.) y esta del griego ΣΧΙΣΤόΣ ‘piedra rajada´.

En castellano la palabra ESQUISTO («Roca de color negro azulado que se divide con facilidad en hojas», según el DLE)  es un cultismo o, lo que es lo mismo, palabra que entra tardíamente en la lengua (El primer diccionario que la registra es el de Gaspar y Roig de 1853) y que no sufre los cambios fonéticos habituales de las otras palabras a las que se denomina patrimoniales. Se le ha añadido simplemente la E- (epéntesis) para hacer pronunciable la palabra en castellano, pero el grupo consonántico latino se ha conservado. Este fenómeno en palabras latinas que comenzaban por S- líquida se producía ya en latín vulgar.

Por el contrario en gallego, sí que ha experimentado un cambio importante desde el latín. La S- líquida, seguida de consonante, en este caso el dígrafo -CH- que en latín se pronunciaba como /K/, se ha convertido en X-, dando como resultado XISTO.

Por tanto, con criterios etimológicos, el cartel anunciador del camino creo que debiera sustituir la primera S- por una X-.

CAMIÑO DOS XISTOS QUE ARRANCA DESDE LA CARRETERA Y VA HASTA EL ENCLAVE GEOLÓGICO DE LOS XISTOS

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MICRORRELATOS DE PUEBLO. (37) SIN PREMIO

Es la historia de la constancia, de la eternidad natural. Una y otra vez. Sin descanso. Y todo para morir en la orilla convertida en una línea de espuma blanca.

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HISTORIAS REALES DE LOBOS. (4) No logró su objetivo

Fueron otros tiempos. Pero no tan lejanos.

Las actividades agrícolas y ganaderas de Siero no permitían a todas las familias conseguir los ingresos suficientes para alimentar a toda la familia. Por eso, un recurso habitual era que un miembro de ella se dedicara a otra actividad. El pueblo tampoco ofrecía esa salida, por lo que había que buscar el trabajo fuera.

Besande se había convertido en minero. Una esperanza negra para muchos. Y allá dirigían sus pasos los buscadores de un nuevo trabajo de Siero impulsados por la necesidad.

La comunicación entre Siero y Besande se realizaba por el camino que partía del primero y sorteaba el puerto de Picones. No era la vía más recta. Para quienes tenían que realizar el camino entre ambos pueblos a pie (olvidaos de otro sistema de transporte) se elegía la vía de la Rebisquera, dejar atrás los Corcales, cruzar Corcollorudo por su vereda, cruzar el alto del puerto de Monteviejo y bajar por la Estrella hacia la boca de la mina en Ascar. Era largo y fatigoso el camino, pero la señora necesidad económica mandaba.

Un día y otro realizaba este tránsito, de ida y vuelta, Santiago. Cubría la cabeza con su boina negra, a juego con su traje de sayal. El candil colgaba del cuello de su chaqueta sobre la espalda. Junto con la zurrona dibujaba una silueta estraña. En la mano derecha una resistente porrracha de avellano, que acaba en un agudo recatón. La sordera le había jugado una mala pasada: le había visitado desde joven. A sus más de cuarenta años, ya no percibía el agradable sonido de los pájaros que pretendían alegrarle el camino.

Volvía. Un día más. Cansado. El rostro cubierto de negro polvo. Entre dos luces. Por los Corcales andaba. No se había dado cuenta de que un lobo hacía tiempo que le seguía y que cada vez se acercaba más a él. Otro minero, que aquel día no le pudo acompañar desde la salida de la mina, logró divisarlo desde Corcollorudo. Al ver a su acompañante, aceleró el paso. No tardó mucho en reducir la distancia que les separaba. Ya veía cómo el lobo intentaba derribar a Santiago golpeándolo con el rabo por detrás en sus cansadas piernas. El cansancio y la falta de luz le impedían percibir aquellos movimientos lobunos. Al acercarse, el lobo se percató de aquel nuevo caminante que le amenazaba con insultos y gritos. Decidió dejar su compañía. Se deslizó rápidamente por entre los brezos hacia refugio seguro.

Antes de llegar a la fuente de la Espina, el minero rezagado alcanzó a Santiago. A voces le contó quien había sido su acompañante durante un buen trecho del camino y sus intentos nada amistosos. Su respuesta fue contundente:

― ¡Coño, si me entero, le clavo el recatón!

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HISTORIAS REALES DE LOBOS. (3) Vivir sin miedo

Sucedió en tiempos pasados del siglo XX. En su primera mitad. Cuando los perros no debían pernoctar en invierno fuera de sus casas.

En Siero (León), una de las labores agrícolas que se realizaban en el mes de octubre era la de preparar las tierras para el sembrado del año siguiente. Era lo que se llamaba arromper. Se realizaba con la pareja de las vacas y el sempiterno arado romano de madera.

Un día 12 de octubre, el abuelo Santiago mandó preparar pronto la comida. Tenía que ir a arar la tierra grande de los Corcales y le llevaría su tiempo. Unció las vacas, cargó el arado sobre el yugo, con la cola dejando su huella en la tierra del camino, comenzó su viaje, Rebisquera arriba, hacia la tierra señalada. Allí llegó al cabo de una hora.

Despacio, pero sin parar, clavando la reja en la dura tierra, la fue dando vuelta hasta convertir el verde en un beis otoñal. Por fin, consiguió subir con el último suco al límite del terreno común y arañar un poco más de tierra. La labor había terminado con éxito. Así lo indicaba el nuevo color de aquel rectángulo en medio de la bancada.

No era tarde, por lo que decidió soltar la pareja y dejarla que aprovechara la verde y abundante hierba de aquellos pagos, que le serviría de cena. Era la bien ganada recompensa al trabajo realizado.

Mientras las vacas pacían plácidamente, rompiendo el silencio con el suave tintineo de sus cencerros, para matar el tiempo de espera hasta que comenzara a oscurecer, quiso entretenerse poniendo en práctica una de sus habilidades. Quería saber dónde se hallaban los lobos por el valle del Rollo, que entonces eran abundantes. Quizá estuvieran cerca y pudieran oír el reclamo o quizá estuvieran lejos y no contestaran. Ya lo había intentado en otras ocasiones.

Siendo un niño, entre sus aprendizajes, se aficionó a uno un tanto curioso: imitar el aullido de los lobos, pero no con la boca sino mediante el roce de los tarugos de madera de las madreñas, calzado habitual y protector de los escarpines de los habitantes sierenses. Una enseñanza más para quien vivía en contacto permanente con la naturaleza, para quien la noche no suponía obstáculo alguno para desplazarse, para quien el miedo no se había instalado en su cerebro. Ni vivía en el miedo ni con el miedo.

Iniciado el remedo del aullido de los lobos, no pasó mucho tiempo sin que le contestaran. Una pareja lo hizo desde la loma de la Palanquiella, al otro lado del valle, en medio del hayedo de Monteviejo. Volvió a llamarlos y ellos a contestar. Así estuvo un buen rato hasta que ya alcanzó a verlos bajar por las llamas de las Ralicas en dirección a donde se hallaba.

Cuando vio que cruzaban los prados del valle y tomaban la dirección a donde se encontraba, se dio cuenta de que suponían un peligro y lo mejor era tomar, sin miedo, precauciones en defensa de sus vacas: no continuar con la llamada, no perder más tiempo, dejar el pesado arado en la tierra, renunciar a uncir la pareja, coger a hombros el yugo, con la ijada echar las vacas por delante y emprender el regreso hacia casa antes de que la situación se volviera comprometida.

Se percató, una vez más, de que los lobos siempre contestan las llamadas.

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MICRORRELATOS DE PUEBLO. (36) La rueda de la vida

Un día más. Esperando el final. La noche ha sido larga. El sueño corto. La vela larga. Los muchos años no perdonan. No necesitan tanto descanso. El camino recorrido ha sido largo y tortuoso. En lontananza se otea la recta final. No tardará en llegar a su destino la rueda.

Una maña más. El banco pétreo de la plaza, arrimado a la pared, me espera. Son ya las doce. Luce el sol. Hoy tengo ya dos acompañantes. Con la boina negra calada y la porracha en la mano, como yo.

Les haré partícipes de mis pensamientos nocturnos. De abuelo nonagenario. No sé por qué. Pero lo haré. Una fuerza interior me lo manda, me dice que los están esperando.

—Naces. Eres NADA…

—Creces. Eres NADIE…

—Adulteas. Luchas por ser ALGUIEN.

—El destino te sancionará: Serás ALGUIEN o NADIE.

—Final del camino: Vuelta a la NADA.

—El recuerdo: Te llamarán ALGUIEN.

—El recuerdo: Te llamarán NADIE.

—El olvido: No te llamarán.

Responde el silencio reflexivo una y otra vez: NADA, NADIE, ALGUIEN…

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HISTORIAS REALES DE LOBOS. (2). El lobo siempre lobo

En Valverde de la Sierra (León) vivía un practicante (personal sanitario asimilado a lo que hoy en día son los diplomados o graduados universitarios en enfermería) allá por los años en los que comenzaba el siglo XX. Había elegido un destino poco frecuente para los de su promoción: un pueblo perdido entre montañas, a la vera de la peña Espigüete, dividida entre León y Palencia. No sabemos el porqué de su amor. Quizá por el embrujo de su mole de azul calizo. Quizá por la hidalguía y reciedumbre de sus gentes montañesas. Quizá por el mandato del dios Amor, Quizá por…

Su radio de acción, de atención a los pacientes, eran todos los pueblos de su entorno, tanto palentinos como leoneses. No había fronteras provinciales como ahora. Su atención la marcaba la necesidad, la ayuda.

Utilizaba como medio de transporte un hermoso caballo negro, de amplio pecho y pata fuerte, de resistencia inagotable, de los que por allí se llamaban percherones. Sobre él cabalgaba firme y seguro. Era un todoterreno antiguo. A sus lomos se producía la fusión de los dos animales: homo y equus. Sin distinción, sin preponderancia.

Se hacía acompañar en sus desplazamientos de un lobo-perro, que había rescatado en el camino cordel un día de nieves intermitentes en medio de la loma del Águila en uno de sus viajes, cuando apenas tenía unos días. Solo, desvalido y aullando de hambre y frío.

Lo había llevado a su casa y allí lo había criado como si se tratara de un cachorro. (Recordemos para los de hoy que ya entonces el perro era un miembro más de cada una de las familias del pueblo, a pesar de su nombre genérico) Le hizo partícipe de su familia, de su entorno. Se hicieron amigos, compañeros. Así lo parecía.

Durante años fue su fiel acompañante de viaje y guarda de su domicilio. Eran un tú y yo.

En una fría mañana del mes de noviembre, cuando ya las primeras nieves habían hecho acto de presencia, se presentó en su casa de Valverde un vecino de Portilla de la Reina para solicitar su atención sanitaria para un familiar gravemente enfermo. Demandante y practicante se pusieron en camino desde Valverde hacia Portilla subiendo por el valle de Valdeguña hasta llegar a la collada de Valderreros donde tomaron el camino de cordel (esa vía creada por la toda poderosa Mesta en la Edad Media por la que los rebaños de merinas subían en primavera a los puertos montañeses y bajaban en otoño a las tierras de La Mancha y Extremadura para invernar, huyendo de los rigores del invierno y de falta de pasto para los ganados). Siguiendo este, dejaron atrás la loma del Águila, atravesaron las calares de la falda de La Rasa, dejaron atrás los montes de Barniedo y llegaron a Portilla.

En aquel pueblo, próximo a la cumbre de San Glorio, atendió el practicante al enfermo, hizo praxis de su sabiduría enfermera y, después de reponer fuerzas, tomó de nuevo el camino hacia Valverde hollando ya una leve capa de nieve, que no era impedimento en el caminar de su caballo percherón.

Quisieron acompañarlo dos mozos de Portilla dado lo avanzado de la tarde, pero él se negó: había hecho muchas veces el camino y, además, iba acompañado por su fiel compañero el lobo-perro, que en caso de necesidad confiaba en que le prestara su ayuda o, si era necesario, lo defendiera.

Transcurría su camino sin incidencias, de forma monótona, bajo los tenues copos de la nieve que iban blanqueando el paisaje, en medio del silencio solo roto por el ruido de las pisadas de su montura, cuando al llegar a la varga Espayo, todavía lejos de su destino y bien entrada la tarde, oyó el aullido de una manada de lobos en La Corona.

No se atemorizó. Los había oído muchas veces. Unas, más cercanos; otras, más lejanos. Sabía cuál era su significado, desde niño. Había aprendido a vivir con esos sonidos lobunos. Además, se sentía protegido por su fiel amigo y defensor, el lobo-perro que le acompañaba. Se sentía seguro.

Cuál sería su sorpresa cuando su lobo-perro contestó a sus hermanos de sangre. Antes nunca lo había hecho, por eso no le dio mucha importancia, aunque sí tomó precauciones que la sabiduría del transeúnte de montañas solitarias le había enseñado: poner al trote a su caballo, alejarse de la inminente llegada de los lobos y dejar a mano la escopeta cargada, de gatillos a la vista, que siempre le acompañaba guardada en una de las alforjas.

Pasado un tiempo, cuando creyó que el peligro había desaparecido, notó que el vello se le erizaba e intuyó que la manada estaba cerca. Además, su caballo trotaba nervioso. Vio por el rabillo del ojo que le venía siguiendo la nada deseada manada de lobos: cinco.

Ya llevaba más de dos horas de largo caminar, quizá fueran más. El caballo ya iba cansado, no en vano la nieve había ido aumentando cada vez más. No tardaron en darle alcance; él estaba preparado con su escopeta y confiado en su defensor: su lobo-perro. Pero hete aquí que, cuando los lobos llegaron a su altura, su fiel protector se unió a la manada y fue el primero que intentó saltar sobre las ancas de su caballo para derribar a este y a su jinete: había dejado de ser lobo-perro para convertirse simplemente en lobo.

Se pudo defender gracias a los disparos de su arma y al trote de su caballo. Su lobo-perro le había traicionado y se había convertido en uno más de sus hermanos de manada: eran seis. No lo volvió a ver.

Cuando llegó a Valverde, ya entrada la noche y visiblemente nervioso, contó lo sucedido; algunos no se lo podían creer, pero los más viejos del lugar (los que atesoran el saber adquirido en la observación del pasar del tiempo) le volvieron a recordar lo que él se había negado a aceptar, lo que nunca quiso reconocer: que el lobo nunca dejaría de ser lobo, o lo que es lo mismo, que estos animales salvajes nunca podrían ser domesticados como sus hermanos los perros y que tarde o temprano quebrantarían su lealtad.

(Pertenece esta historia a mi post titulado ASUSTADORES DE NIÑOS: (3) «LOS LOBOS», publicado en este mismo blog).

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