POESÍA ANÓNIMA DEL HIJO DEL CAMPO

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REFLEXIÓN VITAL MELANCÓLICA DESDE LA VUELTA DE LA ESQUINA

Te entregan la vida

para que la administres.

Te la dan como una inversión,

sin asesores bursátiles-vitales.

Te llega en esa edad

que uno no sabe bien cuándo comienza.

Te llega, se hace visible.

No lo dudes.

Quizá no quisiste verla.

No supiste

o no pudiste.

Pero cuando llegas a un punto

cercano al final del periplo,

oteando la meta que los dioses te han marcado

 y empujado con fuerza y rapidez

por la larga y poderosa mano invisible

de la muerte

hacia la no vida,

a duras penas te paras, reflexionas,

quieres visualizar el pasado,

pasar por el presente

y otear el futuro incierto.

¿Qué ves?

Que has invertido bien,

quizá regular o posiblemente mal.

Que la administración ha sido buena, mala o regular.

 ¿Por qué lo ves?

Por los réditos vitales

de los presentes y de los ausentes,

por lo que te están devolviendo.

Y no hay posibilidad de vuelta atrás,

aunque digan que todo

tiene solución, menos la muerte.

Mienten.

Si invertiste todo el capital

y te recompensó con la ruina,

no vuelvas la vista atrás.

Camina.

Acostúmbrate a vivir en la ruina.

Esa será tu felicidad rujinosa

hasta el final de tus días.

Si no lo haces así,

habrás convertido tu resto

en un deambular muriendo

agónicamente

sumido en la pena.

Si acertaste o a medias…

(LUIS DE VALDETÉ)

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POESÍA ANÓNIMA DEL HIJO DEL CAMPO

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PIPONCILLA

Caña entrecortada,

comienzo flautista,

terminación enorgullecida

por el engullidor

de fibras aromáticas,

ribetes de vetas

rojizas y negruzcas,

fragua de tenues humos,

exhaladora de aromas embriagadores,

impronta para el sosiego,

dulce y, a la vez,

amarga para el cuerpo,

eso eres tú,

serás y has sido,

pipa, piponcilla.

(LUIS DE VALDETÉ)

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LECCIONES SIERENSES DE ANDAR POR CASA. 4. UNA TARDE DE DOMINGO DEL MES DE JUNIO

La proliferación de alergias primaverales en muchos de nuestros niños y jóvenes actuales me despierta en el recuerdo la forma de criarnos que tuvimos las generaciones de los años sesenta del siglo pasado en aquellos pueblos de la montaña de Riaño (León), condicionados por una economía de subsistencia.

No hablaré de limpieza, protección alimentaria, forma de vestir, etc. Desde que fuimos capaces de dar los primeros pasos, la calle fue nuestra primera escuela externa y el segundo hogar. No había miedo a coches, camiones o tractores, por la sencilla razón de que no existían. Las calles sin asfalto era nuestro gran patio de aprendizaje y de recreo. Siempre vigilados por los mayores y, sobre todo, por el miedo al tío del unto, que te impedía relacionarte con cualquier extraño, si es que aparecía. Nada que decir de capotes y tricornios: la calle se quedaba desierta.

El domingo era el gran día de la semana. Era festivo y esto significaba que no había tareas escolares ni domésticas. Tampoco tocaba madrugar. A las diez era buena hora para irse dejando ver por la cocina. El desayuno era el mismo, seguido de una tarea especial. Como todos los domingos y festivos, tocaba lavado en profundidad, a fondo, con inclusión de piedra pómez. En casa o en el río. Dependía de la estación y de la climatología. No había llegado todavía el cuarto de baño. Y después, la ropa de domingo. Había que ponerse guapo para ir a misa. Los días de la semana se toleraba el pantalón cosido, remendado, pero el domingo la ropa debía ser nueva y estar impoluta. Se llevaba mal, muy mal, los rotos que hoy están tan de moda. Entonces eran por obligación.

A las doce menos cuarto sonaban las campanas. Tocaban por alto, señal de domingo. La grande y la pequeña repicaban armónicamente en manos expertas. Los tañidos graves y agudos se sucedían, se alternaban o confluían en música campanil. Recuerdo subir al campanario al tío Lorenzo, a Emiliano el Rubio, a Macario…, ¡qué grandes campaneros fueron! Hoy no sé quién repica las campanas de Siero. Después de dar las tres con la campana grande el monaguillo de turno, comenzaba la misa. Hecha la comunión, se entraba en la rueda de los monaguillos. ¡Qué bien venía la propina del cura!

Después de comer, se oía de nuevo la campana grande llamando al rosario. Su salida era el comienzo de una tarde que había que ocupar. Dependía de la estación del año y del tiempo.

ACEDERAS

En la segunda quincena del mes de junio, los prados de La Serna y del molino tenían ya la hierba crecida. No les faltaba mucho para la siega. Allí acudíamos la chavalería, sin ser avistados por los mayores, a buscar nuestras hierbas comestibles: tallos, lechugas, acederas

MALVAS

y otras que no recuerdo. Era la merienda exquisita. Aquellos prados ya no se podían pisar para no hacer rastros, que eran enemigos de la guadaña. Por eso, cuando aparecía alguna persona mayor paseando por la carretera, cundía el pánico y se producía la desbandada, con el cruce del río en dirección al brezal.

También recuerdo otras excursiones. A La Cuesta a sacar cilingreñas. A la fuente de El Canalón a coger berros. Me viene a la memoria la canción de versos octosílabos que dice que «la fuente que cría berros / siempre tiene el agua fría; / la niña que tiene amores / siempre está descolorida». A La Rebisquera a comer los carneros (tallos verdes de los espinos). Por ciertos lugares del pueblo a recoger las tortillas de las malvas.

BERROS

La caída del sol marcaba el regreso a la casa. Aunque era domingo, había que encerrar vacas, cabras, ovejas, corderos, chivos, que regresaban a sus cuadras. De esa tarea no nos librábamos.

Hoy no sabría identificar la mayor parte de aquellas plantas herbáceas que comíamos. Sí recuerdo, que nunca hubo intoxicación alimentaria alguna. Los pequeños aprendíamos con rapidez de los mayores y así sucesivamente.

Aquella vida en la calle como escuela y recreo, aquel contacto diario con el campo y los animales, aquel vivir en y con la naturaleza, fueron, sin duda, los que nos inmunizaron contra las alergias modernas.

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POESÍA ANÓNIMA DEL HIJO DEL CAMPO

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ENCUENTRO

Cuando los inmensos ojos
de la bóveda celeste
lloraban desconsoladamente,
con intensidad inusitada,
sobre las tierras resecas,
en medio de aquel diluvio
surge la esfinge del trío osado
que bajo negra tela
busca el remanso habitual de la hora.

Desafía omnipotente a los cielos
y su paso resuena en el murmullo de las aguas
pisoteadas por duras suelas.

Llegada.
Estancia alegre en el mundanal refugio
y refrigeración de cuerpos en almas.
La sorpresa se presenta
por la llegada a la morada estudiantil.

Los lúmenes cerebrales
descubren la inesperada sorpresa:
ELLA,
y su recuerdo acude veloz
a los fondos del deseo.

Su gracia picaresca
la exaltan sus juguetones ojos
enclavados en pálido lienzo
sobre esmeraldas de rubíes.

Se cruzan miradas
plenas de deseo,
y al final: NADA.

La timidez y el recato por no contaminar
la flor esperada y presente
incapacita para el deseado diálogo.

Y así te quedas:
persiguiendo con tu luz
fantasmas de deseo;
perseguida por mi ansia insatisfecha
y olvidada
bajo la lluvia
en lontananza… a la vuelta de la esquina.

(LUIS DE VALDETÉ)

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DÍA DEL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA (24 de junio)

La Iglesia católica, y otras iglesias, celebran la festividad de san Juan Bautista el 24 de junio. Es esto un hecho extraordinario, porque es el único santo cuya festividad la Iglesia la celebra el día de su nacimiento.

La pregunta que surge es la siguiente: ¿En qué documento se precisa que san Juan Bautista nació el 24 de junio del mismo año en que nació Jesucristo? Solamente en uno y su fecha se extrae por deducción. Es el evangelio de san Lucas.

NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA, DE MURILLO

Cuando el ángel Gabriel se presenta a María para anunciarle que concebirá y dará a luz a un hijo a quien pondrá por nombre Jesús (Lc, 1,26-31), le comunica que su parienta Isabel, llamada la estéril, ha concebido un hijo:

Mira, tu parienta Isabel, incluso ella ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes de la llamada la estéril porque para Dios nada será imposible (Lc., 1, 36).

Ante tal anuncio, se pone en camino y se dirige a una ciudad de la montaña, en Judá, donde vive su parienta y su esposo Zacarías:

María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa. A Isabel se le cumplió el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo (Lc, 1, 56-57).

Al hijo le pusieron por nombre Juan.

Teniendo en cuenta este relato, que Jesús nació a las doce de la noche del día 24 de diciembre, que hay seis meses de diferencia entre Juan el Bautista y Jesús, las fechas para el nacimiento de Juan serían las siguientes:

– Juan fue concebido el 24 de septiembre, ya que cuando María, al inicio de su gestación, visita a su parienta Isabel, esta se halla en el sexto mes de embarazo.

– Nace el 24 de junio, ya que María estuvo con su parienta tres meses y al final de ellos dio a luz.

Así es como se ha determinado la fecha de nacimiento de Juan el Bautista.

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LA «SERNA» DE SIERO Y LAS «SENARAS» DE LA UÑA (León)

Desde la Edad Media hasta su abolición en el siglo XIX (1812-1837) existió el Señorío de Siero (León), formado por los pueblos de Siero, Valverde de la Sierra y Besande, además del castillo de Siero, sin que podamos concretar la fecha de su creación. Sí sabemos que le perteneció a don Tello (1337-1370) y que fue heredado por sus descendientes. (Véase en este mismo blog mi post titulado SIERO (LEÓN), DON TELLO Y GUERNICA (VIZCAYA). El señorío era una institución medieval que implicaba que las tierras pertenecían al señor y los que en ellas vivían eran sus vasallos, lo que explicaría alguna de las actuaciones señoriles de las que hablaré a continuación.

Dentro de la toponimia menor de estos tres pueblos encontramos el topónimo LA SERNA. Con este nombre se designan en Siero los prados que se hallan entre el camino que va para El Hurniello, el río, la carretera en dirección a Boca de Huérgano y el arroyo de Samartino. Pertenece al grupo de los que llevan el artículo determinado: La Terrezuela, La Hormiga, El Rollo, El Hurniello, Los Esquiñones, Los Corcales, etc. Al llevar el artículo determinado LA está indicando que no es una SERNA cualquiera, sino que la particulariza, la individualiza, la concreta, la identifica dentro de todas las posibles sernas. Hagamos un ejercicio de reflexión con el siguiente ejercicio y veremos la diferencia: Juan compró coche (una cosa) / Juan compró un coche (indeterminación) / Juan compró el coche (concreción, conocemos la marca y el color).

En los tres pueblos citados el lugar así llamado se halla cerca del casco urbano, es una superficie grande, es terreno de prados pero que antaño pudo ser cultivable, se riega y se califica como buen terreno productivo. Este terreno en la actualidad pertenece a varios propietarios, pero en su origen, en la Edad Media, era de un uno solo, del señor.

LA SERNA DE SIERO

Este topónimo, como tantos otros, tiene su origen en un nombre común que con el paso del tiempo, y al perderse el significado original, se convierte en un nombre propio.

El nombre común SERNA fue y sigue siendo palabra polisémica y de origen incierto como veremos más adelante. Pertenece a un grupo de palabras integrado por las castellanas SÉNERA, SENRA, SIENRA; la leonesa SENARA y las gallegas y portuguesas SEARA y SEADA, todas ellas, según Corominas y Pascual en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, voces prerromanas.

En el origen de todas ellas estaría la palabra céltica *SENARA ‘campo que se labra aparte’, compuesto del lexema *AR- ‘arar’ y *SEN-, prefijo que indica separación.

El primer vocablo de dicha familia lingüística que se documenta es SÉNERA, como palabra esdrújula y con asimilación de la primera A en E. Aparece en un cartapacio del monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria)  en el año 831. Aquí significa heredad cultivada o cultivable de pequeñas dimensiones.

En el año 844 hallamos la forma sincopada SENRA (procedente de SÉNERA) por pérdida de la vocal átona. En este caso el significado es diferente a la de su etimología. Aquí significa campo de tierra de sembradura que se reservaba el señor para sí y había de ser cultivado por sus vasallos. Se considera como un tributo. A las poblaciones que nacieron dentro de este tipo de fincas se las denominó con el mismo nombre, como es el caso del pueblo de SENRA, perteneciente al municipio de Murias de Paredes (León) y del que ya se tiene noticia en el año 1110. Lo mismo se podría decir de las poblaciones que hoy se denominan LA SERNA en toda España. En el municipio de La Ercina (León) se halla una localidad así llamada cuya primera referencia es del año 1125.

En Castilla, la forma SENRA pronto se convirtió en SERNA por simple metátesis y por facilidad fonética. Desde el 902 comienza a aparecer en los documentos. Según Corominas, se aplicó especialmente a la heredad que se reservaba el señor. Esta forma alterna en el Medievo con la sincopada senra. El primer diccionario español que recoge la palabra es el Diccionario castellano de Esteban de TERREROS Y PANDO (1788). Este es su significado: «Llamaron antiguamente en España a la siembra que se hacía para el señor del lugar». La Academia de la Lengua recoge el término por primera vez en su diccionario de 1803 con el significado de «Porción de tierra de labor». Es el primer diccionario que recoge el significado como “parcela”. Ramón Joaquín DOMÍNGUEZ, Diccionario Nacional (1853), la define como «Cierta clase de tierra de Labor». Dice que hay 109 en León, 100 en Madrid y 82 en Santander. En la actualidad el DRAE recoge la palabra SERNA como nombre común y con el significado de «Porción de tierra de sembradura».

También se utilizó con otro significado perteneciente al derecho feudal y consuetudinario, formando parte de los tributos medievales: prestación del trabajo que el vasallo estaba obligado a realizar para el señor, fuera laico o religioso (el rey, el señor feudal, el abad de un monasterio, un obispo, el deán de una catedral, etc.). En la documentación del monasterio benedictino de Sahagún se hallan abundantes casos documentales.

El cuarto significado con que se utilizó fue el de tierra labrantía en general.

En el caso que nos ocupa, el topónimo LA SERNA de los pueblos pertenecientes al antiguo señorío de Siero hace referencia al terreno que el señor tenía para sí y que sus vasallos tenían la obligación de cultivar, y que, como se puede comprobar, se hallaba entre los mejores y más productivos.

Nos queda por referirnos al leonesismo SENARA.

Se conserva en su supuesta forma original prerromana y como palabra llana. La encontramos en varios lugares de la provincia de León. En concreto, en La Uña. Allí se utiliza la palabra para referirse a tierras de labrantío que se caracterizan por ser pequeñas y no de muy buena calidad; todo lo contrario de la serna. Incluso se oye actualmente la voz SENARITA. No son muchas. Aparecen agrupadas en las laderas de tres lugares: El Valle, El Valle Cogeno y El Barrero.

SENARAS DEL VALLE

 

SENARAS DEL VALLE COGENO

El diccionario de la Real Academia la recoge por primera vez en su edición de 1780: «La porción de tierra sembrada que como parte de su salario se da en Castilla, Extremadura y otras partes a los sirvientes en la labranza».

En el caso de La Uña, el significado que se conserva es el medieval que hemos visto más arriba para SÉNERA (heredad cultivada o cultivable de pequeñas dimensiones) y su explicación la hallaríamos en el diccionario académico de 1780; por eso, son tierras de sembradura pequeñas, que no formaban parte del terrazgo de los poblados dedicado al cultivo y que fueron arrancadas al terreno de las laderas de los montes.

En la actualidad el DRAE la recoge con los siguientes significados:

1. f. Porción de tierra que dan los amos a los capataces o a ciertos criados para que la labren por su cuenta, como plus o aditamento de su salario.

2. f. Producto de esta labor.

3. f. Tierra sembrada.

4. f. Tierra concejil.

Como colofón, indicaré que en Portugal, Galicia, Asturias, Palencia, Zamora, Extremadura, Andalucía, Santander, etc., aparecen las palabras de las que venimos hablando y con alguno de los significados que más arriba he referido. Incluso, con significados nuevos, como «cosecha de cereales».

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POESÍA ANÓNIMA DEL HIJO DEL CAMPO

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Vieja, rugosa, agrietada

por el continuo roce de los elementos;

fuerte, robusta, potente, sagaz,

dura

por la constitución de tus elementos;

atrevida, osada, desafiante, loca, decidida,

resistente al paso silencioso del tiempo;

cariñosa, presta a dar asiento al caminante sin rumbo,

catarsis del alma sumida en la duda;

lugareña, silenciosa, tendida hacia el mar,

acogedor sitial de la contemplación;

todo esto eres TÚ,

roca hendida.

(LUIS DE VALDETÉ)

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LECCIONES SIERENSES DE ANDAR POR CASA. 3. AVE QUE VUELA, / A LA CAZUELA

En la base de la cultura popular de Siero (León), como en la de tantos otros núcleos rurales montañosos leoneses, hallaremos creencias religiosas, supersticiones, miedos, filias y fobias, comportamientos humanos de difícil razonamiento y explicación, pensamientos condicionantes de la actividad vital, que han configurado el ser, el devenir y actuar de sus paisanos durante siglos, por muy inexplicables que hoy resulten. La historia ha de interpretarse siempre con sus criterios de época, no con otros diferentes.

Hoy quiero referirme a la visión que teníamos de determinadas aves allá por los años sesenta y setenta del siglo pasado en aquel pueblo de las faldas de Picos de Europa. Dejemos a patos, gallinas, gallos, palomas de palomar, etc. Y recordemos a algunas aves silvestres que nos acompañaban todo el año o solo una parte de él.

Las primeras formaban parte del paisaje en sus diferentes estaciones. Las migratorias, por el contrario, intuían los crudos inviernos, se asustaban y viajaban a tierras más cálidas para regresar al inicio de la primavera: cigüeñas, golondrinas, vencejos, murciélagos, perdices, codornices… Pero los gorriones, cuervos, tordos, etc.,  no tienen miedo a la nieve y se quedan a competir con ella. A acompañar a sus paisanos de siempre.

 

En esos largos inviernos, los mozos y mozas pasaban el tiempo nocturno en duraderas hilas o en largas veladas en la cantina o en su bar de la casa del pueblo. De vez en cuando se organizaba durante el día en los alrededores del casco urbano cubierto de nieve una cacería de gorriones o tordos (aquí el color negro como superstición no funcionaba) para acompañar una buena cazuela de arroz o de patatas con que amenizar una improvisada juerga nocturna. Incluso, alguna vez se sumaba a la cazuela alguna paloma despistada. Siempre repetíamos como mantra, en pareados de versos pentasílabos, aquello de que «ave que vuela, / a la cazuela», para justificar el guiso y la dureza de alguna de esas carnes, o lo que es lo mismo, en una economía de subsistencia todo resultaba aprovechable y era bien venido para los estómagos moceriles.

Sin embargo, había aves que nunca tentaron a la mocedad (que solía comer de casi todo) para que formaran parte de sus guisos, no entraban a formar parte del refrán anterior: cigüeñas, cuervos y águilas. ¿El porqué?

La cigüeña fue ave totémica, sagrada, respetada. La tradición prohibía matarla. Se la esperaba siempre por san Blas. Era ave de buen agüero. Lo decía su refrán. Alegraba a la chavalería cuando se posaba en la peña de El Hurniello a «machacar el ajo».

El cuervo, con su negro plumaje y sus roncos graznidos, posado en las copas de los chopos, se le relacionaba con el mundo de lo prohibido, de los muertos, de lo que traía mal agüero. Siempre. Independientemente de que te saliera por la izquierda o por la derecha.

Y las águilas, rapiñadoras de culebras, laviones, sapos, ranas, ratas y ratones, no se las consideraba aptas para el guiso por su alimentación. Repugnaban. La Montaña no consumía este tipo de animales, por muy grande que fuera su necesidad.

No se consumían este tipo de aves no por la consideración de la dureza de su carne, sino por creencias ancestrales y miedo a la negritud.

El refrán que sustentaba esos guisos invernales está extendido por muchos lugares y como formulación tradicional del saber popular vive en variantes. Una de ellas es la que me proporciona Montse, de Montrondo (León), que amplía el espectro:

Ave que anda,

corre o vuela,

a la cazuela.

Otra variante es la que indica cómo se deben cocinar y servir las aves:

Ave que vuela,

presta a la cazuela,

guisada

y reposada.

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POESÍA ANÓNIMA DEL HIJO DEL CAMPO

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SÚPLICA

La tormenta

parece el lamento de un Dios

cuyo amor desdeña la tierra.

(R. Tagore)

 

Aguas, azuladas por el opúsculo vespertino,

que enraizáis en vuestro seno

el sello de la energía y la potencia,

tormenta suscitada por la ira de los vientos,

rizadores de sirenas,

no maltratéis al hombre.

 

Peñascos doloridos por el continuo ajetreo

de las aguas marinas,

rocas dañadas por el óxido y la fiebre,

no maltratéis al hombre.

 

Barcos, que surcáis las plataformas marinas,

deslizándoos como veloces eolos,

remolcadores que gruñís ante el esfuerzo titánico

de vuestros amarres,

no maltratéis al hombre.

 

Soberano de astros

y rey de estelas marinas,

regio del Universo,

ángeles aduladores de la grandeza del Omnipotente,

demonios inoculadores del veneno en los espíritus,

NO MALTRATÉIS AL HOMBRE.

(LUIS DE VALDETÉ)

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LECCIONES SIERENSES DE ANDAR POR CASA: 2. LAS LENTEJAS, CON CUENTO

¡Cómo ha cambiado el paisaje de Siero (León)! Poco, muy poco queda del de antaño.

Cuando llegabas alto de Picones en el coche de Quico y enfilabas el puerto veías al fondo el valle con sus praderas: la hierba era el bien preciado para alimentar en invierno a los animales que se estabulaban desde noviembre hasta mayo.

Las laderas, que subían hasta los cerros, en su parte baja formaban hileras de tierras de labrantío formando bancadas. Todas ellas sembradas o a la espera de recibir la simiente que le tocaba.

Así llegabas por el estrecho valle al pueblo.

Lo mismo sucedía entraras en el valle que entraras. La gran mayoría de la izquierda de El Rollo (La Hormiga, la Fuente la Espina, Los Corcales, El Pinidiello, etc.) bancales de tierras eran.  Qué decir de Valdeté, Valdefraes, Valdehabla, La Fuente La Vega, etc.

Todas aquellas tierras se roturaban con el arado romano (tarde llegó el de vertedera) tirado por la pareja de vacas: se arrompía, se abinaba y se sembraba. Nada quedaba baldío. La economía de subsistencia y la abundante población lo exigía. Centeno, centenico, trigo, cebada, avena, patatas, garbanzos, muelas, chochos, arvejos, lentejas, hasta habonas. Y cada simiente en su pago, que no se admitían las mezclas.

Aquellas lentejas que se sembraban en escasa proporción florecían en tierras de secano. Plantas bajas, quebradizas y de escasa consistencia. Vainas pequeñas, con fruto pequeño. Lenteja pardina, fina, sin piel, sabrosa.

Allí aprendimos a comerlas; más tarde a sembrarlas y trillarlas con el trillo de madera y la pareja de vacas, sin dejar el caldero de la mano. Y luego a limpiarlas bieldo en mano y fiando al viento del atardecer. No sé si fueron descendientes de las que el Esaú bíblico recibió por su primogenitura o de las que los romanos utilizaban para recibir el nuevo año como signo de prosperidad. Lo que sí sé es que se extinguieron.

El paisaje de bancadas, formadas a lo largo de cientos de años luchando contra la empinada tierra, se ha convertido en pastizal, brezal, escobal, matizal, etc. Solo queda el valle. La ladera ha muerto, como han muerto los caminos que transitaban todos los montes. Seguro que alguno recuerda que con el carro y las vacas se subía al alto de Samartino, La Corona, se andaba por Los Navares hasta la loma del Águila.

De aquellas viejas lentejas recuerdo el dicho popular que decía:

«Lentejas,

comida de viejas.

Si las quieres, las comes,

y si no, las dejas».

Nunca me pregunté entonces por el significado de aquella sabiduría popular. Nadie me lo explicó.

Ahora, instalado en el baúl del recuerdo, me lo pregunto. Y la primera respuesta es que no entiendo su porqué. Los que se creen más acertados dicen que su blanda textura, una vez cocidas viudas o con algo de compango, las hacía de fácil pasaje hacia el estómago para aquellas ancianas desdentadas que pocos alimentos podían digerir por falta de aparato para masticar. Pero nadie lo prueba. Así que pudiera ser o no.

Como otros muchos alimentos, las lentejas también han entrado en el refranero, aunque con escasa presencia. Solo dos muestras:

«Ovejas, abejas y lentejas,

todas son consejas» (provechosas).

«Si te dan a comer lentejas,

¿qué te quejas?»

Quizá no sepas que hasta tienen su cuento (fábula), por viejas e importantes. Y es cuento antiguo. Pertenece a las colecciones que el budismo (ya antes de Cristo) utilizaba en la India para predicar la nueva moral religiosa. Fueron recogidos en las colecciones Panchatandra y Mahabarata. De la India pasaron a Persia y de aquí a la cultura árabe. En el siglo XIII se tradujeron del árabe al castellano con el título de Calila e Dimna. En el capítulo XI se halla el cuento que lleva por título «El mono y las lentejas»:

«Dicen que un hombre traía un saco de lentejas al hombro camino de la ciudad y entró con él en una espesura de árboles, y puso el saco en tierra y se echó a dormir, porque estaba cansado.

Y, estando durmiendo, un mono descendió de un árbol y tomó un puñado de lentejas del saco. Se subió al árbol a comerlas. Se le cayó una al suelo. Al bajar a buscarla, se trabó en una rama y se le cayeron todas las que llevaba en el puño. Así perdió la que se le había caído y todas las demás».

Cada cual que saque la moraleja, que la tiene, y seguro que tendrá que ver con la avaricia.

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