HISTORIA DE UNA MUDANZA DE GÉNERO SIN SABER EL PORQUÉ: la puente

En español existe un accidente gramatical, como se decía antes, o morfema, como se dice hoy, que es el GÉNERO. Es asunto gramatical, no semántico ni referencial. ¡Que no se olvide! Y mira por dónde hoy se halla en la cresta de la ola de la moda. Y lo han puesto de moda los políticos, no los estudiosos del tema ni los usuarios de la lengua. Las razones de dicha moda todos las conocemos, por lo que no es necesario volver a ellas. Recordemos aquellas «jóvenes y jóvenas» de 1997.

Pero yo no voy a hablar de esos cambios que quieren los políticos. La lengua de un país la hacen los usuarios a lo largo de la historia, sin imposiciones, direcciones, querencias políticas, estridencias, normas absurdas, etc. Voy a hablar de EL PUENTE y LA PUENTE.

Hace algunos días, trabajando en un documento de 1749 perteneciente al archivo de la  Junta Vecinal de Acebedo (León), me di cuenta que en todas las ocasiones en que aparecía el sustantivo puente lo hacía como femenino. Llama la atención, porque hoy su uso general es el masculino y no entra dentro del ejemplo de los sustantivos que se ponen como paradigmas del género ambiguo: mar, color, fin, maratón, linde, dracma, azúcar, etc. Y su uso no era incorrecto, como puede serlo hoy el de sartén o nuez como masculinos: el sartén, los nueces.

Ese documento me transportó a otro medieval, del siglo XIII, en el que a la población leonesa de Pedrosa se la llamaba PEDROSA DE LA PUENTE (por su famoso puente de origen romano por el que cruzaba la calzada romana el río Bierón en dirección a Monteviejo buscando la meseta castellana). Y la memoria me llevó hasta Acebedo, localidad montañesa que tiene actualmente en el centro del pueblo una ermita que se llama Nuestra Señora de la Puente, recordando su situación original fuera del casco urbano junto a la puente de Los Sapos. No podía dejar de consultar Internet y allí aparece La Puente unido a vírgenes (Virgen de la Puente), Jesús (Nuestro padre Jesús de la Puente Cedrón), poblaciones (La Puente de Génave), apellidos (Pilar de la Puente), palacios (Palacio de la Puente) comercios (Hotel la Puente), casas (Casa de la Puente), etc. Hasta casi 11 millones de referencias.

Como caso ilustrativo, sacado de mis consultas y según testimonio de Montse, en el pueblo de Montrondo (Omaña) existen o existieron varios puentes con su nombre, pero solo uno de ellos es la puente: el puente la Argollada, el puente el Fueyo, el puente del Río pequeño, el  puente del Chamo Cuervo, el puente de Liforco, el puente el Charcón, el puente de la Fábrica de la Luz y La puente el Ablanedo. Que su origen es cuando menos medieval es indudable.

Así pues, en la actualidad el sustantivo puente se usa como masculino en el habla general y como femenino aparece fosilizado en una serie de nombres que antes hemos referido, que nos llevan al Medievo; también me dicen que su uso se conserva en algunas hablas locales. Lo desconozco.

Para comprender el uso del femenino puente hay que situarnos en el latín. De ella nacen las lenguas romances, entre las que se encuentra el castellano. De los tres géneros latinos, masculino, femenino y neutro, el castellano conserva solamente los dos primeros. Esta reducción y otras causas, especialmente de carácter flexivo, harán que se produzcan diferencias entre el género de los nombres latinos  y el de los romances. Solamente un ejemplo: los nombres de árboles cuya terminación en latín era –US eran femeninos; pasarán al castellano como masculinos: PINUS > pino, TAXUS > tejo, FRAXINUS > fresno, ULMUS > olmo, etc. La razón estaría en que la terminación –O en los nombres en castellano se reservó con carácter general para los masculinos y por ello cambiaron de género. Recordemos la tendencia general del género en castellano: onomasiológicamente se tiende a interpretar como masculino los sustantivos terminados en –O y como femeninos los terminados en –A; semasiológicamente, se consideran masculinos aquellos que se relacionan con el macho y femeninos, con la hembra.

Para acercarnos al tema, consideremos otros casos de cambio de género en que la explicación no está clara, como en SANGUINE(M) > la sangre, FŎNTE(M) > la fuente o PŎNTE(M) > la puente. En latín eran masculinos; en castellano se convertirán en femeninos. Los dos primeros mantendrán el género nuevo, no así el tercer caso.

El sustantivo PŎNS-TIS, a través del acusativo PŎNTE(M), produce PUENTE en castellano, pero como femenino: la puente. En la mayoría de las lenguas romances el resultado fue un sustantivo masculino y hoy sigue siendo masculino. Junto al castellano adoptaron el género femenino el portugués, el gallego, el rumano y el reto-romano, y hoy lo sigue siendo. ¿Cuál fue la razón del cambio desde el latín al castellano? Se desconoce y creo que no se puede aventurar una hipótesis con ciertos visos de realidad, como para sangre y fuente.

Durante la Edad Media, en castellano, puente se utilizó como femenino en general. Así lo encontramos en el Cantar de mio Cid («no viene a la puent» (v. 180) y «a la puent de Alarçón» (v. 190) y lo atestigua Nebrija en su Diccionario de 1495 («puente pequeña»). En los siglos XVI y XVII encontramos ya la alternancia. Hay autores como Cervantes (1547-1616) o Lope de Vega (1562-1635) que lo utilizarán como femenino y otros en los que se encuentra tanto el uso femenino como el masculino, como Góngora (1561-1627) o Ruiz de Alarcón (1581-1639).

En 1558 el licenciado Villalón publicó en Amberes una obra titulada Gramática castellana. La regla segunda del apartado dedicado al género teniendo en cuenta la terminación de los sustantivos aborda la ambigüedad de género de la palabra PUENTE. Este es su razonamiento:

Algunos, que presumen de grandes latinos, dicen que hablando en castellano hemos de decir este puente, porque dicen que en el latín puente es de género masculino. Pero yo digo que en castellano es barbarismo, porque, si su razón fuese buena, también habíamos de decir este fuente y este sangre, pero no se dice en el común sino esta fuente y esta sangre.

El texto es testigo directo de cómo la ambigüedad se había instalado en el uso del sustantivo puente entre los usuarios del español, aunque el gramático Villalón considerara un barbarismo su uso masculino.

¿Cuál fue la razón de que puente volviera al género masculino que tenía en latín? Teniendo en cuenta la época en que se produce el fenómeno, en el Renacimiento (el Renacimiento español bebe de las fuentes latinas e italianas en las que se hallaba el saber clásico que se pretende renacer),  se podrían aducir dos razones. La primera de ellas estaría ligada al uso del latín, en la que PONTEM era masculino, como lengua de cultura y como lengua vehicular en la enseñanza. La segunda iría unida al contacto con el italiano en el que ponte se utilizaba como masculino; con esta lengua desde la Edad Media habían estado estrechamente relacionados el mundo castellano y aragonés de la política, de las finanzas, del comercio y de la cultura.

La realidad es que ya en el siglo XVIII el Diccionario de autoridades (1737) lo registra como sustantivo ambiguo, ofreciendo ejemplos de los dos usos. Así lo sigue constatando Esteban Terreros y Pando en 1788 en su Diccionario:

Al castellano unos le hacen masculino el puente, y otros femenino la puente.

Igualmente así continúa registrándolo la Academia durante el siglo XIX y todavía en la edición de su Diccionario de 1919 lo sigue presentando como ambiguo para pasar en 1992, aunque lo sigue considerando ambiguo, a considerar ya el uso del femenino como antiguo y regional. En la edición actual electrónica aparece ya solo como masculino y nada dice de su uso femenino.

Esta es una historia de ida y vuelta, es la historia del sustantivo PUENTE que en latín era masculino, se convirtió en femenino en castellano sin saber el porqué, pasó a utilizarse tanto en masculino como femenino y ha vuelto en el siglo XXI al género originario sin que tengamos certeza de su nueva mudanza, aunque la podamos intuir.

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