ESTILOESTADÍSTICA. (6). VERSOS ONOMATOPÉYICOS: FRANCISCO DE QUEVEDO (1580-1645)

1. POESÍA DE QUEVEDO

Es Francisco de Quevedo y Villegas uno de los más grandes poetas de nuestra literatura de todos los tiempos. Se le considera como el representante más destacado del conceptismo barroco español: la idea sobre todo.

Su producción poética es casi tan amplia como su obra en prosa, y no le va a la zaga en importancia y calidad. Es una poesía que hay que comenzar calificándola como poesía de contrastes. Junto a poemas graves, doctrinales, de temas religiosos, morales, amorosos, nos podemos encontrar con poemas chocarreros, bajos, en los que el insulto, la burla, la sátira, el chiste, etc., campan por doquier.

Quevedo, al igual que la mayoría de los poetas de nuestro Siglo de Oro, no publicó en vida edición alguna completa de sus poesías. Sí encontraremos en diversos medios innumerables composiciones sueltas suyas. Su amigo Jusepe Antonio Gonzáles de Salas publicó con el nombre de El Parnaso Español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve musas[1] en 1648 una parte de su poesía, la dedicada a las seis primeras musas. Continuó la labor editorial Pedro de Alderete en 1670 publicando el resto de la poesía bajo el nombre de Las tres musas últimas castellanas. Son dos ediciones en las que se pueden encontrar poemas que no son de Quevedo y alteraciones de los originales. Habrá que esperar hasta 1963 para encontrar una buena edición realizada por José Manuel Blecua bajo el título de  Poesía original completa.

Tan amplio corpus poético es difícil de clasificar. Pero por razones didácticas, las poesías de Quevedo se han clasificado en seis grandes grupos:

  • Poesía amorosa.
  • Poesía severa, religiosa, moralista.
  • Poesía burlesca y satírica.
  • Poesía de carácter político.
  • Romances.

2. POEMA HEROICO DE LAS NECEDADES Y LOCURAS DE ORLANDO EL ENAMORADO

Este poema épico-burlesco se publicó en la edición de Alderete. Aparece en la tercera parte, titulada «Urania[2], musa nona». Esta parte recoge su poesía religiosa. El hecho de que este poema aparezca cerrando esta parte de la edición se debe, según su editor, a que llegó tarde a la imprenta y no tuvo más remedio que colocarlo al final. Pertenece este a la poesía burlesca, convirtiéndose en el ejercicio quevedesco de parodia más relevante y ambicioso. Es su obra poética más extensa. Consta de 214 octavas reales. Está dividida en tres cantos, pero está  incompleta, ya que del tercer canto Quevedo escribió solo una octava. De este tipo de poesía ha escrito Juan Luis Alborg lo siguiente:

el Quevedo personalísimo, absolutamente impar, está en sus versos burlescos y satíricos, donde su fuerza expresiva puede extraer del lenguaje registros y tonos que no tienen precedentes ni luego han conocido imitadores.

En este poema, Quevedo parodia el poema épico italiano Orlando innamorato de Matteo Maria Boiardo (1441-1494) escrito en 1486 y dejado inconcluso. Lo continuó Ludovico Ariosto en 1516 en Orlando furioso. El objetivo quevedesco queda ya patente en su contradictorio título.

El mundo mitológico, resucitado por la fantasía del Renacimiento, y el caballeresco medieval aparecen en la pluma de Quevedo sometidos a un proceso de degradación, de burla, de chanza. Lo noble y ejemplar lo convierte en vil y aborrecible. Así aparecen los personajes principales: Orlando (el Roldán de la corte de Carlo Magno), Angélica y Medoro.

Es este poema, sin lugar a dudas, una de las obras maestras de Quevedo, muchas veces olvidado. Se puede considerar que es la «culminación de su poesía satírica burlesca y un compendio de los recursos de su vena festiva». Junto con La gatomaquia de Lope de Vega, es el poema paródico más importante del Siglo de Oro español.

3. VERSO ONOMATOPÉYICO

Francisco de Quevedo es el representante más eximio del conceptismo barroco: prima la idea, el concepto, sobre su expresión. Su originalidad no reside tanto en el mundo conceptual que nos da a conocer, sino en la organización de este, en su ordenación y sobre todo en su expresión, en su ornato elocutivo. Más en la forma que en el contenido.

Como adalid del conceptismo, en sus obras predominarán, desde el punto de vista estilístico, los tropos y las figuras de pensamiento, pero no le serán ajenas las de dicción en su afán de dar expresividad a sus textos, él que es el gran artífice de la palabra. Dentro de estos últimos recursos encontraremos el uso de la onomatopeya, que es lo que ahora nos ocupa.

Al poema antes citado y a su primer canto pertenece la siguiente octava real (estrofa de origen italiano muy utilizada en la épica), en la que se describe al gigante Gradoso practicando el juego de la pelota:

Un poderoso príncipe reinaba,
de grande tarazón[3] del mundo dueño,
donde la India empieza y donde acaba
la murria[4] el sol y la Tricara[5] el ceño.
Gradaso el rey que digo se llamaba,
rey que tiene más cara que un barreño[6],
y juega, ¡ved qué fuerza tan ignota!,
con peñascos[7] de plomo[8] a la pelota (vv. 89-96).

El último verso, de gran expresividad, es un verso claramente onomatopéyico, envuelto, a su vez, por la hipérbole (la pelota es un peñasco de uno de los metales más pesados, el plomo), ese recurso tan querido por Quevedo en sus creaciones burlescas y satíricas.

Desde el punto de vista fónico, en esta octava nada relevante hallamos en el campo de las vocales, ya que no hay desviaciones significativas en cuanto a su uso. Solo apuntar, por lo que veremos más adelante, que la vocal o (vocal media posterior) tiene una desviación negativa del -3,42%.

En cuanto a las consonantes se refiere, es reseñable el uso de los sonidos nasales y el de [d] (dental oclusiva sonora) con una desviación positiva de casi un cuatro y medio por ciento; el sonido [p] (bilabial oclusivo sordo) no llega a una desviación positiva de uno y medio.

En el análisis del verso que nos ocupa, en el plano de las vocales se observa que la vocal o ha disparado su uso hasta un 20,31% por encima de la norma. Por su forma redonda es la pelota.

Por lo que se refiere a los sonidos consonánticos, [p] es el que más destaca por su desviación significativa y positiva de un 15,17%. Es  el sonido de la explosión, del ruido.

Así pues, se observa que los sonidos [o] y [p], por su forma el primero y por su contenido fónico el segundo, son los que confieren el carácter onomatopéyico a este verso y mediante los cuales Quevedo quiere imitar el ruido sordo que la enorme pelota de pesado plomo produciría al golpear contra el suelo: ¡pom!, ¡plof! Además, se remarca el sonido consonántico [p] por ser el que aparece encabezando (lugar preeminente) las tres palabras claves: peñascos, plomo y pelota. Contenido fónico y posición de consuno.

Finalizo: ¿Acaso no es [p] el sonido que encabeza las palabras onomatopéyicas que utilizamos para indicar determinados ruidos de la realidad relacionados con el golpe, como en pum, pom, paf, plas, etc.?


[1] Las musas eran divinidades femeninas de la cultura griega. En un principio su número era variable. Desde la época clásica se impuso el número de nueve. Eran las diosas inspiradoras y protectoras de la poesía, las artes y las ciencias. Estos eran sus nombres y atribuciones: Calíope (épica), Clío (historia), Euterpe (flauta), Erato (lírica), Melpómene (tragedia), Polimnia (pantomima), Talía (comedia), Terpsicore (danza) y Urania (astronomía).

[2] En la edición de la poesía de Quevedo, la musa séptima es Euterpe; la octava, Calíope y la nona, Urania.

[3] TARAZÓN: Trozo que se parte o corta de algo.

[4] MURRIA: Tristeza y cargazón de cabeza que obliga al hombre a andar cabizbajo y mustio. Aquí el ocaso del sol.

[5] TRICARA: Palabra inexistente en español. Es un neologismo creado por Quevedo para referirse a la luna. La llama así por las tres caras diferentes correspondientes a sus tres fases: llena, cuarto menguante y cuarto creciente. La mitología clásica la identificó con la diosa Hécate, que se representaba con tres cabezas. Es la diosa de la triplicidad.

[6] BARREÑO: Vasija de barro, metal, plástico, etc., de bastante capacidad, generalmente más ancha por la boca que por la base.

[7] PEÑASCO: Peña grande.

[8] PLOMO: Uno de los metales más pesados.


 

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