DESDE “MARIVINOS” A “LA TRICARA” . 1. MARIVINOS

Uno, que ya va teniendo años, guarda recuerdos, anécdotas, que, a veces, sirven para ilustrar su preocupación por la lengua que mamó en un pueblo de la montaña de Riaño, el español, y por lo que quedaba de la antigua habla leonesa.

En un largo fin de semana de la década de los noventa del siglo pasado nos desplazamos desde León a Osera (Orense) a bucear en los archivos del monasterio cisterciense allí ubicado. Dentro de aquellos imponentes muros de piedra pasamos algunos días, con noches que ni la potente calefacción era capaz de calentar aquellas gélidas celdas. Acostarse tarde y levantarse pronto era la práctica para combatir el frío invernal.

 

MONASTERIO CISTERCIENSE DE OSERA (ORENSE)

Terminada la investigación, una mañana de domingo iniciamos el regreso a León. Por el camino debíamos realizar una parada en El Barco del Valdeorras para rendir tributo a la amistad de un compañero de fatigas archivísticas.

Era la hora de comer y la visita tendría lugar más tarde. Tanto mi acompañante como yo descocíamos la población. Nos dirigimos al centro. Allí nos recomendaron un restaurante en el que podíamos saciar nuestras ganas de comer y que tenía buenos precios. Hicimos bueno el consejo y a él nos encaminamos. Yo ya sabía que la zona tenía fama de buenos vinos desde los tiempos de los romanos, por lo que, una vez acomodados en una mesa, elegimos el menú. El vino pedimos que fuera de la comarca, lo que el camarero nos aseguró, diciendo que, además, era casero. El dueño del restaurante alternaba los fogones con la industria de Baco.

Estábamos aprovechando la espera del servicio de comedor para realizar un recuento de nuestros hallazgos sobre el monje leonés Cipriano de la Huerga (c. 1509-1560), humanista y maestro de sagrada escritura. No nos percatamos de cómo había llegado a la mesa una botella de vino, casero y de la comarca, sin etiquetar, por supuesto. Cuando llegó el primer plato, que, por cierto, eran lentejas estofadas, me dispuse a servir el vino. Primero a mi acompañante, como manda la «educancia». Al coger la botella en la mano observé algo raro en la parte entre los hombros y el cuello, pero no le di mayor importancia. Me serví y nos disponíamos a brindar por los éxitos conseguidos cuando observo que en el vaso de mi compañero y también en el mío, aunque en menor cantidad, había MARIVINOS. La sorpresa fue mayúscula, seguida de un ataque de risa. Acudió el camarero y le mostramos el vino y sus acompañantes. Mil perdones pidió y explicaciones dio que no vienen al caso.

EL BARCO DE VALDEORRAS

Es muy posible, sufrido lector, que ya sepas de qué estoy hablando: de mosquitos en el vino o lo que es lo mismo marivinos, con permiso del genial Francisco de Quevedo (1580-1645), a quien se debe el neologismo.

La palabra no obedece en su creación a un capricho ni carece de explicación lógica. Es el resultado del conceptismo quevedesco aplicado a la lengua: en una sola palabra condensa el significado de una o varias frases. Esto solo lo puede hacer el genio, uno de nuestros mejores artífices y conocedores de la lengua española: Quevedo.

El cómo se ha creado dicha palabra es el siguiente.

Partimos de la palabra  MARIPOSA. Sabemos que esta está compuesta de dos lexemas: MARI (apócope de María) + POSA (del verbo posar). También sabemos que si hay mariposas en una habitación cerrada y a oscuras, cuando se enciende la luz acuden a ella y allí se queman, mueren y caen al suelo.

ATRAPAMOSQUITOS

Ahora prescindimos del segundo elemento de la palabra en cuestión y lo sustituimos por VINO (en plural) y ya tenemos MARIVINOS. El resultado es lo que hoy conocemos como una palabra compuesta, en la que el primer lexema mantiene su significado originario y se carga de uno nuevo. Es un neologismo por comparación condensada, en terminología de Emilio Alarcos García[1], que no tuvo continuación en su uso y por eso los diccionarios no lo registran. (Partiendo también de mariposa crea Quevedo diabliposa: «diablo de aspecto agradable»).

Utiliza Quevedo dicha palabra para referirse a los mosquitos que caen a los toneles del vino, allí se ahogan y, si el tabernero no tiene cuidado, se los sirve al cliente.[2] Lo mismo que le sucede a las mariposas con su cercanía a la candela. Quevedo, con una sola palabra, nos transmite las ideas para las que nosotros necesitamos un conjunto de palabras para poder expresarlas.

El porqué de tal creación es aún más fácil: el afán paródico, satírico, burlesco de don Francisco de Quevedo, no muy amigo de los taberneros «aguanosos» a los que apoda «falsificadores de las viñas» y «fregonas de las uvas».

FRANCISCO DE QUEVEDO

Ya es hora de que podamos acudir al maestro y regocijarnos con sus palabras:

Bebe vino precioso con mosquitos dentro

Tudescos moscos de los sorbos finos,
caspa de las azumbres más famosas,  
que, porque el fuego tiene mariposas,          
queréis que el mosto tenga marivinos;       

aves luquetes, átomos mezquinos,  
motas borrachas, pájaras vinosas,               
pelusas de los vinos envidiosas,           
abejas de la miel de los tocinos;          

liendres de la vendimia, yo os admito           
en mi gaznate, pues tenéis por soga    
al nieto de la vid, licor bendito.            

Tomá en el trago hacia mi nuez la boga,              
que, bebiéndoos a todos, me desquito          
del vino que bebistes y os ahoga.

(FRANCISCO DE QUEVEDO)

NOTA

OTRAS PALABRAS QUEVEDESCAS CREADAS SIGUIENDO EL PROCEDIMIENTO DE LA CONDENSACIÓN:

DIABLIPOSA, QUINTAINFAMIA, MATUSGONGORRA, ALCAMADRES, LIBROPESÍA, DEMONICHUCHO, CORNICANTANO…



[1] «Quevedo y la parodia idiomática», Archivum, 5 (1955), pp. 3-38.
[2] La presencia de los mosquitos en el vino no fue un hecho casual; por eso, antiguamente existían los atrapamosquitos del vino.

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