AFÁN DESTRUCTOR

Te vi nacer. Te cree. Vi cómo crecías. Naciste más fuerte que tu hermano. Y más alto. Pero resististe menos.

Fue por la tarde. Rememorando tiempos pasados, caminé hasta el final de la playa de A Bouga. Entre las rocas gastadas por el embate del mar me senté. Iba acompañado. De repente recordé lo que aquel extranjero con sombrero de paja había levantado otros años. Me dije: «este año, que no hay ninguno, voy a continuar tu obra. Levantemos un pequeño bosque de hitos». Un monumento a la nada.

Comencé a buscar piedras. Las más adecuadas. La más grande de base. Las siguientes encima, en orden decreciente de tamaño. ¡Qué mal os llevabais! No queríais estar una sobre otra. La más grande empujaba y, zas, la nueva al suelo. Tuvo que poner empeño y buscar la forma de que fueras creciendo. La ayuda me vino de otras piedras en forma de cuña, menos manoseadas por las olas, más pequeñas, dispuestas a ayudar. Colocándoos por un lado y por otro, evitando el demasiado roce, logré que fuerais resistiendo, que os fuerais aguantando. Y así, al cabo de un rato, logré situar la torre del homenaje. Al día siguiente, una mano constructiva, respetuosa, había levantado pequeñas torres.

¡Como lucías entre las rocas embestidas por las olas! Allí estabas, erguido, viendo el mar en lontananza. Casi te dormías por el arrullo marino.

Se acercaba el oscurecer. El sol se iba sobre el mar para ir desapareciendo por Fisterra. Allí quedaste, solo, expuesto a todo. Al día siguiente te visité por la mañana. Seguías allí majestuoso, casi chulo. Me animé y te di un hermano.

El nuevo nació más grande y alto. Las piedras eran más grandes. Se llevaban peor. Me costó más vencer su resistencia a soportar el peso de las otras. Pero, como pude, os fui colocando. Una piedra rectangular apareció allí. Sirvió de remate. Nueva torre del homenaje. Saludaste a tu hermano, y allí quedasteis los dos a ver pasar el día. El sol apretaba, pero la coraza pétrea os protegía.

Por la tarde os fui a ver. Al más joven ya lo había inmortalizado. Iba dispuesto a hacer lo mismo con su hermano. Antes de llegar, un hombre mayor, acompañado de un niño, os observaba. Daban vueltas alrededor. Me iba acercando. De repente, aquel hombre comenzó a derribarte. Le voceé. No cejó hasta dejarte casi totalmente derruido. Cuando me vio acercarme huyó cobardemente, sin mirar atrás como hacen los cobardes cuando son descubiertos,  profiriendo: ¡no es más que un montón de piedras! Solo acerté a contestarle: yo lo he levantado, es un monumento a la soledad y tiene derecho a contemplar el mar, a oír el murmullo arrollador de sus olas. Formaba parte de un nuevo bosque. No contestó el energúmeno. El poder destructor que llevaba dentro te había herido de muerte. Huyó rápido pisando de roca en roca. No tuve valor para recrearte.

Quedaba tu hermano mayor y más pequeño. Allí estuvo algunos días. No muchos. Me dijeron que también había sido pasto del poder destructor del hombre.

(AGOSTO DE 2018)

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