ETAPAS EDUCATIVAS EN ESPAÑA EN EL SIGLO XVI: (2) después de los diez años

ENSEÑANZA DE LA GRAMÁTICA

La segunda etapa educativa en la España del siglo XVI es la que se conoce como «enseñanza de la gramática». Pero ¿de qué gramática se trata? La respuesta es la gramática latina, porque en esta etapa la enseñanza giraba alrededor del latín. Es la etapa educativa que vendría a coincidir con lo que no hace muchos años se llamaba segunda enseñanza o enseñanza secundaria.

Las razones por las que el latín se convirtió en el eje sobre el que giraba la enseñanza en esta etapa son varias y evidentes en este siglo del Renacimiento del mundo clásico grecolatino, del humanismo español.

El latín era la lengua de la Iglesia, su lenguaje vehicular. En latín estaban escritas las obras fundamentales de la Iglesia, como la conocida como Biblia Vulgata, en latín se enseñaba en los centros eclesiásticos y en latín se comunicaban los clérigos.

Además, el latín era la lengua general de la cultura y la ciencia. Era el lenguaje universal para el mundo científico. En la lengua de Cicerón se encontraban escritos la mayoría de los libros científicos, aunque su lengua de origen fuera otra.

En la Universidad, en latín se hablaba y se impartían las clases y en latín estaban escritos los libros de texto. Estaba prohibido dentro del recinto universitario hablar otra lengua que no fuera el latín, prohibición que tardaría en levantarse siglos. El Reglamento general de instrucción pública de 29 de junio de 1821 estableció en su artículo 46 que la enseñanza de las asignaturas en la Universidad se haría en castellano, excepto en teología, derecho canónico y derecho romano.

Esta preponderancia del latín sobre el español es uno de los elementos que configuran la dura batalla que las lenguas romances tuvieron que librar en Europa durante siglos para convertirse en lenguas de cultura y de enseñanza.

Esta etapa se solía comenzar a la edad de diez años, aunque dicha edad podía variar hacia arriba o hacia abajo. Variaba en función de las circunstancias personales de los alumnos, de su preparación intelectual. Solía durar entre cuatro y seis años. Las variaciones se debían a que no existía normativa al efecto que estableciera el fin de una etapa y el inicio de otra.

Se iniciaba una vez que los alumnos de primeras letras dominaban la lectura y la escritura del castellano, habían aprendido las reglas básicas de la aritmética y lo esencial de la doctrina cristiana.

¿Cuáles eran las enseñanzas que se impartían en esta etapa? Como ya se ha dicho, la asignatura clave era el aprendizaje del latín. Se estudiaba su gramática, su léxico, sus autores, etc. Para este aprendizaje el libro de texto más usado fueron las Introductiones latinae de Elio Antonio de Nebrija, cuya primera edición es de 1481. De 1495 es la tercera y definitiva edición. Los autores que se leían eran César, Cicerón, Horacio, Tito Livio, Virgilio, etc. Además de continuar con la enseñanza de la doctrina cristiana, había otra serie de enseñanzas que se impartían en esta etapa, como la geografía, la historia, las matemáticas, la filosofía y la retórica.

Estas enseñanzas se impartían en el hogar, a través  del ayo, o en los «colegios» o «escuelas de gramática». Y así nos podemos encontrar escuelas palatinas, cátedras universitarias, privadas, municipales, seminarios conciliares, escuelas monacales, escuelas de latinidad de los jesuitas, así como obras pías destinadas a tal fin. Estos centros podían ser de titularidad municipal, eclesiástica o particular.

Los edificios en los que se impartía esta enseñanza dependían del titular. En ellos vivía el profesorado y se impartían las enseñanzas. En muchos casos, eran edificios mal dotados y peor acondicionados.

Comencemos por la enseñanza de la gramática en el hogar. Era este el procedimiento elegido por la aristocracia, como lo era también para esta clase social en las primeras letras. El ayo o preceptor era por lo general un joven titulado universitario en artes o filosofía que más allá de la gramática latina y su literatura enseñaba a sus alumnos lenguas modernas, matemáticas, historia y astrología. Añadía la enseñanza de artes marciales y caballerescas con el objetivo de conseguir crear al «gentilhombre», cuyo modelo inmortalizara Baltasar Castiglione en El cortesano (1528). Este procedimiento fue el más elegido en la educación de los hijos de los grandes desde el siglo XVI hasta el XVIII.

Paras quienes no disponían de recursos suficientes para poder tener su preceptor de latinidad en el domicilio, los colegios o escuelas de gramática fueron el medio elegido. Aunque estos centros ya existían en la Edad Media, en los años siguientes al reinado de los Reyes Católicos fueron creados numerosos centros educativos de este tipo, bien con fondos municipales o privados. Así se llega a finales del siglo XVI con unos 4000, según Fernández de Navarrete. No había ciudad, villa o pueblo grande que se preciara que no tuviera su escuela de gramática organizada. Junto a ellas encontramos a los preceptores independientes o párrocos que enseñaban por su cuenta en las poblaciones de menos habitantes, cobrando un estipendio a los estudiantes. A este desmesurado crecimiento de escuelas de gramática puso coto Felipe IV en 1623 mediante su Pragmática Sanción de 10 de febrero, que supuso una reducción importante del número de cátedras de latinidad.

PALACIO DE LOS CONSEJOS DE MADRID, EN EL LUGAR DONDE ESTUVO LA ESCUELA DE LATINIDAD DE LA VILLA EN EL SIGLO XVI

El régimen de enseñanza podía ser externo o interno. En el primero, los alumnos acudían a las escuelas un determinado número de horas y regresaban a sus casas. En el segundo, denominado sistema de colegios, los alumnos vivían en un internado. Allí desarrollaban su actividad docente.

Un caso singular fue el de la Compañía de Jesús. Esta se convertiría rápidamente en el más importante organizador de la enseñanza de la gramática en la era de los Austrias, frente a las escuelas de gramática municipales y universitarias, en las que su enseñanza era irregular y desigual por la falta de profesores cualificados y entregados a su labor docente. En sus colegios y escuelas había dos tipos de alumnos. Los de enseñanza gratuita, que eran aquellos que acudían a sus colegios como alumnos externos, y los que vivían en el internado a cambio de un estipendio. Su éxito radicó en que ofrecían un programa bien organizado, que duraba entre cuatro y seis años, y contaban con un profesorado entregado a su labor docente.

El aumento de estas cátedras de latinidad, que no estuvo ausente de críticas de sus contemporáneos, se sustentó en dos hechos importantes. El primero de ellos, y fundamental, es de carácter socio-cultural. Se debió a la popularización de saber leer y escribir, tanto en castellano como en latín, traído por el humanismo. A través del latín se accedía al nuevo modelo de hombre y de sociedad que defendían los humanistas y que se hallaba en el mundo clásico, se podía acceder a la universidad y a otros numerosos puestos de trabajo que la sociedad demandaba. Por otra parte, en aquellas poblaciones que no disponían de estas escuelas, se fueron creando por las autoridades municipales para que los padres no tuvieran necesidad de gastar parte de su hacienda en enviar a estudiar a sus hijos fuera de su localidad de origen, como ocurría en Medina de Rioseco (Valladolid).

Como ya he adelantado, varios fueron los nombres que recibieron los profesores que impartían la enseñanza del latín en los domicilios de los adinerados, en las escuelas municipales o eclesiásticas y en su propio domicilio. El nombre más generalizado fue el de preceptor de latinidad, pero también su utilizaron otros como catedrático de latín, lector, bachiller o dómine. Recordemos aquí la caracterización burlesca que realizó Quevedo en El Buscón del dómine Cabra y de su internado de enseñanza instalado en la ciudad de Segovia.

La titulación de los dómines o preceptores de latinidad carecía de regulación legal alguna. Por ello, era variada. Los había que habían conseguido un título universitario de bachiller o licenciado en artes o filosofía. Este grupo, bien formado académicamente, solía regentar las cátedras más reconocidas y mejor remuneradas. Otros, tenían la titulación que sus estudios eclesiásticos les confería. Pero también había profesores que carecían de titulación alguna. Se habían iniciado como ayudantes, pasantes o sustitutos de profesores titulados y en un determinado momento se independizaban y argüían su experiencia docente para ser contratados o regentar sus propias cátedras. No es de extrañar que con este panorama sus contemporáneos los arbitristas nos hablen de un profesorado en el que escaseaban los profesores cualificados y capaces.

El sistema de contratación del profesorado era también diverso. A los preceptores que enseñaban en los hogares de la aristocracia los contrataban los padres de los alumnos de forma individual y directa. Tenían en cuenta su titulación y su fama y el periodo de contratación variaba. En los centros eclesiásticos el procedimiento era el del nombramiento de alguno de los miembros de su propio estado eclesial. En las escuelas municipales, el procedimiento más habitual era el de la oposición. Se convocaba la plaza con los requisitos exigidos como titulación, buena conducta, informe de limpieza de sangre, horas de clase que debían impartir, duración del curso, etc., así como el salario establecido.

Finalizaremos con una breve referencia a la finalidad que perseguían estos estudios de gramática. Como cualquier etapa educativa, sus estudios tienen un fin en sí mismo: aprender unos saberes y formar unas personas. Pero en el caso que nos ocupa, esta finalidad no era la esencial, sino el carácter propedéutico que se daban a dichos estudios: preparar a los alumnos para acceder a los estudios universitarios, para iniciar la carrera eclesiástica o servir de preparación para desempeñar puestos de la administración que la nueva sociedad demandaba.

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