ETAPAS EDUCATIVAS EN ESPAÑA EN EL SIGLO XVI: (1) Hasta los diez años

1. PRESUPOSICIONES

Finalizaré esta serie de post relacionados con la universidad española con uno breve, como le gustan a mi inquiridor. Y lo dedicaré a precisar, dentro de lo que cabe y se puede, cuáles eran las etapas educativas en España en el siglo XVI, la época del Renacimiento, del humanismo y del inicio de nuestro Siglo de Oro de las letras.

Comenzaremos diciendo que en el siglo XVI en España no existe una ley general que regule la enseñanza. Esta no llegará a España hasta 1857 con la conocida como Ley Moyano. A pesar de ello, sorprende la escasa legislación civil sobre la enseñanza de las primeras letras en el siglo XVI, lo que se puede interpretar como el resultado de la falta de interés de la Corona por el tema educativo. Por ello, la regulación de los centros de enseñanza, así como de su profesorado, dependen más del interés de la Iglesia o de los municipios. Así y todo, es una normativa escasa, diversa y dispersa.

Solamente un ejemplo de la dejadez de la Corona en este asunto. Habrá que esperar a la segunda mitad del siglo XVII para que se constituya la Hermandad de San Casiano, una organización gremial de los maestros, que supuso la primera regulación y control del acceso y ejercicio de los maestros. La Corona delegó en dicha organización la facultad de examinar a los maestros y se reservó para sí la facultad exclusiva de expedir el título. En la práctica, suponía la primera regulación seria de la función docente en las escuelas de primeras letras.

Otro aspecto que se debe considerar es que la documentación sobre la que se deben realizar los estudios sobre la familia en el siglo XVI es escasa y proviene generalmente de las familias de los nobles y los ricos; son representativos solo de la élite, no de la sociedad en general.

La diferenciación entre la ciudad y el campo es otro hecho que se debe tener en cuenta. El tratamiento que darán a la enseñanza será diferente, como diferente lo será entre los ricos y los pobres.

La familia del siglo XVI es de corte patriarcal. Esto significa que el padre es quien toma las decisiones importantes sobre el hogar, la crianza y la educación de los hijos.

La enseñanza se reserva para los hijos, mientras que para las hijas la educación iba dirigida al aprendizaje de las tareas del hogar, las llamadas tareas propias de su sexo como la costura, el bordado, el encaje, la preparación para ser damas de honor, el ingreso en monasterios o la preparación para el matrimonio. Esto no quiere decir que no hubiera mujeres que adquirieron una gran formación intelectual, pero es la excepción que confirma la regla. No había escuelas de niñas.

Estos presupuestos habrá que tener en cuenta a la hora de analizar las cuatro etapas en que dividiremos el sistema educativo del siglo XVI en España, teniendo en cuenta que las edades señaladas son aproximadas, generales,  ya que no existía normativa que estableciera la edad de paso de una etapa educativa a otra y la duración exacta de estas, salvo para los estudios universitarios.

2. EN EL HOGAR (0-7 años)

De los cero a los siete años los niños permanecen en el hogar paterno. Atendidos por su nodriza, mimados por los sirvientes, cuidados para que no enfermaran, su actividad fundamental era el juego. Esto en las casas de los ricos. En las casas de los pobres el cuidado estaba a cargo de sus madres o hermanos mayores. El juego seguía siendo su actividad fundamental

Aparte del juego, se puede decir que tres eran sus obligaciones principales: aprendizaje del aseo y el vestir, respeto a la autoridad paterna y participación en los rituales de la fe católica.

3. PRIMERAS LETRAS (7-10 años)

A los siete años comenzaba una nueva etapa: la «edad de la discreción». Se iniciaba esta  con la primera comunión, ya que la Iglesia consideraba que a esa edad el niño había adquirido lo que se llamaba «uso de razón»; el niño tenía ya capacidad de raciocinar. Cambiaba su estado religioso: pasaba a pertenecer al grupo denominado «almas de comunión». Incluso cambiaba su atuendo en el vestir.

En general, a esta edad los niños seguían caminos diferentes dependiendo de su origen social y de su estatus económico:

  • a la corte como pajes;
  • a la residencia de amigos o parientes para aprender el arte de la caballería y de la guerra;
  • a los monasterios o al servicio de un prelado;
  • a buscar trabajo como sirvientes o domésticos;
  • a aprender un oficio con un maestro artesano;
  • a desarrollar tareas agrícolas y ganaderas;
  • a iniciarse en la enseñanza.

Para el último de los grupos citados, era, pues, el inicio  de la enseñanza formal y rigurosa de las letras y la religión.

En el plano de la enseñanza, esta etapa se la conoce como la de las «primeras letras». Se centraba en cuatro saberes:

– aprendizaje de la escritura del castellano;

– aprendizaje de la lectura, primero en voz alta y después de forma silenciosa;

– aprendizaje de las cuentas u operaciones matemáticas de sumar, restar, multiplicar o dividir, con sus tablas que se recitaban en voz alta y con aplicaciones a la vida real;

– aprendizaje de la doctrina cristiana a través de los catecismos, como los de Astete o Ripalda.

Las primeras letras se impartían o bien en el hogar o fuera de él, en las escuelas.

La enseñanza a través del ayo venía de la antigüedad Clásica y fue el sistema que se utilizó en el Medievo por la realeza, la nobleza y la aristocracia del dinero. Y así pasaría al siglo XVI. El ayo vivía en el hogar del niño, y era la enseñanza de mayor prestigio, pero la menos común, porque esta educación particular resultaba muy cara. Ya recoge Nebrija en 1495 la palabra con este significado docente (“que enseña niño”) y que precisa muy bien Autoridades en 1726: «La persona a cuyo cuidado está el criar, educar e instruir algún niño en buenas costumbres y modo civil. A las mujeres pertenece esta incumbencia hasta que llegan los niños al uso de la razón, y desde aquí en adelante a los ayos».

También en el hogar en el siglo XVI se producía la enseñanza a través de maestros, que eran contratados por horas, pero que no vivían en el hogar. Su función era estrictamente docente. Este medio no fue tampoco general.

Una conjunción de factores políticos, religiosos, sociales, económicos  y culturales (de pensamiento)  hicieron que en el siglo XVI, por primera vez en España, apareciera una red de centros de primeras letras que se unieron al tradicional método de enseñanza del ayo.

Esta enseñanza fuera del hogar fue la más habitual en el siglo XVI. Se impartía en escuelas públicas (municipales) o privadas, que existían en la mayoría de las ciudades y en las cuales enseñaban los conocidos como «maestros de primeras letras». Entre las privadas se pueden distinguir las escuelas monacales, catedralicias, obispales, parroquiales, las creadas por órdenes religiosas como los jesuitas o los escolapios, los centros de educación especial para los niños pobres, expósitos y huérfanos, vagabundos y pícaros. Añádanse las clases impartidas por clérigos particulares en sus domicilios o en dependencias eclesiásticas.

La técnica pedagógica, según Richar L. Kagan, se puede resumir de la siguiente forma: «memorización, repetición y repasos interminables, ejercitación y copia permanentes, siempre ayudadas por la libre aplicación de la vara a los aburridos, desatentos, flojo y traviesos». Es esta técnica la que perduró durante siglos, y que defendía que «la letra con sangre entra.» Con lo cual, los maestros llevaban consigo la reputación de brutalidad y crueldad.

Para esta primera enseñanza se disponía ya en el siglo XVI de cartillas de abecedario, gramáticas españolas, cuadernos de lecturas, cartillas-catecismos y catecismos, diversas versiones del Catón, todos ellos publicados en número creciente desde el advenimiento de la imprenta a España en el último cuarto del siglo XV. Para la lectura, una vez dominada la técnica del silabeo, palabra y oración, se utilizaban libros autorizados por la Corona y la Iglesia, como los de caballerías, los pastoriles, los de romances y otros. No obstante, hay que seguir reseñando que los materiales impresos seguían siendo caros.

Parece ser que ya en el siglo XIV, en época de Enrique II de Castilla (1369-1379), se dictaron ya normas para regular el procedimiento de adquisición del título de maestro de primeras letras, aunque estos documentos hoy se consideran apócrifos. En el siglo XVI esta función de examen la realizaba el Consejo Real.

En definitiva, la Corona a través del Consejo Real, La Iglesia y las autoridades municipales eran quienes velaban porque las escuelas de primeras letras cumplieran con su función y que las enseñanzas allí impartidas se ajustaran a los principios del catolicismo. En 1573 se decretó que fueran excluidos de la profesión de maestros los conversos y cuantos hubieran tenido ascendentes condenados por la Inquisición.

Esta etapa educativa finalizaba a los diez años y los niños que se educaban con ayos o asistían a escuelas, bien fueran públicas o privadas, laicas o religiosas, tenían que haber adquirido la competencia lectora en su lengua, el castellano; haber aprendido la escritura correctamente; dominar las operaciones básicas aritméticas (con sus tablas respectivas) y haber adquirido el saber religioso que el catecismo le ofrecía y la Iglesia le exigía.

Se preparaba en esta etapa para acceder a las escuelas de gramática latina.

No obstante, hay que reseñar que el analfabetismo en el siglo XVI en España siguió siendo generalizado. A la enseñanza no tuvieron acceso los hijos de los pobres, las mujeres, determinados grupos sociales como el de los moriscos, etc. Ello ha llevado a considerar a los estudiosos del tema que el 90 % de la población era analfabeta.

Por último, y como caso significativo, continuando con el enfrentamiento secular entre campo y ciudad, cabe remarcar que en las áreas rurales el analfabetismo era aún mayor que en la ciudad. Siguió siendo general por la escasez de escuelas y por la falta de interés de su población y dirigentes por la alfabetización.

 

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