ESTILOESTADÍSTICA. (3) VERSOS ALITERADOS: Era un aire suave, /de pausados giros

1. PRESENTACIÓN

Uno de los poemas más conocidos de Rubén Darío (1867-1916) es aquel en el que evoca la belleza de la naturaleza de esos jardines versallescos del siglo XVIII y de los bailes que en ellos se celebraban. Es el que comienza «Era un aire suave, / de pausados giros», que abre el libro rubeniano Prosas profanas (1896), obra modernista por excelencia del poeta nicaragüense.

Solo dos pinceladas del modernismo literario. Su objetivo es la búsqueda y expresión de la belleza, la evasión de la realidad circundante por fea, prosaica, a la búsqueda de otras realidades pasadas o futuras en las que reine la armonía. Y esto se refleja en los temas y en las formas: refinamiento de la expresión, cuidada sonoridad de la lengua utilizada. Todo por y para lo bello.

  1. EXPLICACIÓN SIGNIFICATIVA

El objeto de nuestro estudio es el primer serventesio del poema. Es el que sigue:

Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.

Se inicia el poema con la referencia al baile que se está celebrando en el jardín versallesco. Todo lo preside la diosa Harmonía, convertida en hada por el poeta nicaragüense, diosa griega de la armonía y concordia. Bailan las parejas al son de la música de los violoncelos[1] en un ambiente suave en el que las palabras se acompañan de tenues suspiros y la música se convierte en sollozos[2] que envuelven todo el conjunto. La adjetivación (suave, pausado, vago, tenue) desdibuja la escena, la esfuma.

Desde el punto de vista retórico, encontramos en estos versos algunas de las recurrencias que se irán repitiendo a lo largo de la poesía. Señalemos la presencia de la mitología, la adjetivación (aire suave, pausados giros, frases vagas, tenues suspiros), el quiasmo de los versos 1 y 3, la metáfora «los sollozos de los violoncelos», la sinestesia de «aire suave» y la aliteración general de los cuatro versos.

3. LA ALITERACIÓN

3.1. VOCALES

57 son las vocales de estos cuatro versos, por 63 consonantes. Este es el reparto de las vocales:

  • a > 15 > 26 %
  • e > 14 > 24 %
  • o > 13 > 22 %
  • i >  8 > 14 %
  • u > 7 > 12 %

Es destacable el descenso de aes y es en favor de la u, que duplica su presencia respecto del uso estándar. Pasa del 6 % al 12 %, convirtiéndose en una desviación significativa. ¿Tendrá que ver con la música y el movimiento? A pesar de ser una vocal áspera, oscura, gutural, su sonido articulatorio se suaviza al ir en contacto con las vocales abiertas (diptongo) o con la

alveolar s: aire suave, pausados giros, sus vuelos, tenues suspiros[3]. Podríamos decir que su forma nos transporta al movimiento ondulatorio de la escena de baile mezclado con la la respiración profunda y entrecortada a causa del llanto que los dedos del chelista arranca de las cuerdas (sollozos del violoncelo).

3.2. CONSONANTES

Entre las consonantes estas son las más repetidas:

  • s > 19 > 30%
  • r > 8 > 12 %
  • l > 8 > 12 %
  • m+n > 8 > 12 %
  • b+v > 6 > 9 %
  • d > 4 > 6 %

Lo más significativo es la aliteración del sonido fricativo alveolar [s]. Dobla su uso si lo comparamos con el estándar. Creo que está ayudando a recrear esa escena de baile regida por la música entrecortada de los violoncelos. A representar esa atmósfera vaporosa y sutil contribuye el sonido [s] con su musicalidad, con su suavidad, igual que el aire: s s s s s s s s s s s s s. Fusión de lo fónico articulado con la música y la plasticidad de la imagen. Es el sonido de suave, pausado, suspiros, sollozos, etc.

4. CONCLUSIÓN

El inicio del poema es un claro ejemplo del tratamiento temático y formal que Rubén Darío realizará a lo largo de toda la composición poética: todo al servicio de lo armónico, de lo bello, de la plasticidad. En particular, la aliteración de los sonidos [u] y [s].


[1] Amancio Prada: Dicen que el violonchelo es el instrumento que mejor canta, el más próximo a la voz humana. A mí también así me lo parece y de hecho ha sido el instrumento que más y mejor ha acompañado mi canto junto a la guitarra en grabaciones y conciertos.

[2] En 1917 repitió García Lorca en Nocturno apasionado la misma imagen metafórica de Darío: «Mis sollozos son sonidos de violonchelos».

[3] Qué diferencia de la sílaba –tur-, que ya hemos citado en un post anterior, en la que la vocal u va rodeado por consonantes duras o ásperas (oclusiva dental y la vibrante) que contribuyen a plasmar la nocturnidad en el poema de Góngora.

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