ESTILOESTADÍSTICA. (2) VERSOS ALITERADOS: «Mi mamá me mima»

Uno de los recursos que convierten un texto en literario es lo que se conoce convencionalmente como figura retórica. Lázaro Carreter la define como «un adorno del estilo, un resultado de una voluntad de forma por parte del escritor». Es, pues,  un recurso lingüístico que tiene como objetivo convertir el texto en belleza, en arte. Se convierte así en uno de los resultados de la función poética del lenguaje que es la que predomina en la obra literaria considerada y analizada como un acto de comunicación. No lo olvidemos: el arte es comunicación, goce, disfrute estético.

Pero no pensemos que las figuras retóricas son exclusivas de la literatura. En nuestra conversación diaria las utilizamos constantemente. En el supermercado nos ponemos a la cola (metáfora). Nos tomamos de vez en cuando en el bar una copa (metonimia). Por las mañanas, nos aseamos con colonia (metonimia). Desordenamos intencionadamente las frases para incidir en el significado que nos interesa: Me gusta tu vestido (hipérbaton). Exageramos: Te lo repito una y mil veces (hipérbole). Cuando la escarcha se ha fundido por efecto del sol decimos que «el campo se alegra con el sol» (prosopopeya). Etcétera, etcétera.

La diferencia entre el uso literario y el coloquial radica en la cantidad: más cantidad de recursos en el literario, menos en el uso coloquial. Como ha escrito Dámaso Alonso «entre el habla usual y la literaria no hay una diferencia esencial, sino de matiz y grado».

Dos son los tipos de figuras retóricas que se distinguen: de dicción (relacionadas con la forma y sonido de las palabras y con la sintaxis) y de pensamiento (relacionadas con el significado de las palabras o el contenido global).

Entre las primeras encontramos la aliteración, objeto de nuestro estudio. Si nos preguntamos con qué palabra se anexiona el significado de «se dice de lo que tiene falta de variedad, que es repetitivo» seguramente que no dudaremos en hacerlo al adjetivo MONÓTONO. Y ¿qué observamos en esta palabra? Que el sonido vocálico [o] es el único y se repite cuatro veces. Monotonía aliterativa.

Así pues, se puede definir la ALITERACIÓN como la repetición en una palabra o en palabras contiguas de un sonido con frecuencia superior a lo normal y con valor estilístico: lo fónico al servicio de lo semántico. La aliteración tiene la virtud de captar la atención y provocar un efecto de musicalidad y sonoridad. Subraya fónicamente algún rasgo de significado de la palabra, de la frase o de un texto más amplio.

ARTHUR RIMBAUD

Se parte de que el literato, especialmente en poesía, es consciente del valor simbólico que tienen los sonidos o que él les quiere dar. Anexiona conceptos a los sonidos vocálicos y consonánticos. Ya decía Cascales en sus Tablas poéticas en 1617 que el poeta ha de tener buen conocimiento de las virtudes de las letras (léase sonidos). Incluso a las letras que los representan se les concede valor significativo. Recordemos el soneto del poeta francés Arthur Rimbaud (1854-1891) en el que identifica los colores con las vocales:

A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul: vocales,
diré algún día vuestros latentes nacimientos.

Hay que decir que el simbolismo de los sonidos no es fijo. Varía y se concreta según el contexto histórico, situacional o lingüístico. Así, el sonido [i], representado por la grafía i, se puede utilizar para simbolizar una aguja, el fluir de la saliva o, si lo escribimos de forma invertida, la lluvia. Es a posteriori cuando adquieren los sonidos significados. Recordemos, para terminar, el famoso verso de Góngora «infame turba de nocturna aves», en el que la sílaba –tur- nos transporta hasta la oscuridad de la gruta de Polifemo por mor de la oscuridad de la articulación del sonido [u].

GRUTA DE POLIFEMO, DE MIGUEL REGODÓN

Vuelvo a citar las palabras de fray Luis de León al referirse al acto creativo literario: «de las palabras que todos hablan, elige las que convienen y mira el sonido de ellas y aun cuenta a veces las letras, y las pesa y las mide y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura».

El problema radica en saber qué valor estilístico daba el autor a los sonidos en el texto, ya que lo que sí se puede comprobar es que hay determinados sonidos que tienen una desviación significativa en su uso cuando lo comparamos con los usos generales de la lengua o de la obra que es objeto de nuestro estudio. Y esa desviación no es casual, sino buscada. Responde a lo que Lázaro Carreter llama «voluntad de forma».

Lo que pretendo a partir de ahora es explicar de forma objetiva cuál creo yo que es el valor estilístico que el autor da a los sonidos, porque puede suceder que no coincida dicho valor con el que el receptor del mensaje les da.

Comenzaremos por una serie de ejemplos sueltos, de los que se pueden hallar en cualquier repertorio que analice la aliteración, pero siempre contextualizándolos, para que la figura retórica se perciba, se entienda y se comprenda. Que se capte el valor estilístico que tiene dentro del texto del que forma parte.

MI MAMA ME MIMA

Este ejemplo está tomado de aquella cartilla con la que aprendimos a leer y escribir miles de españoles en la antigua escuela. Se trata de la oración «Mi mamá me mima». No forma parte de un texto más amplio, pero me parece muy significativo y perteneciente al nivel popular.

a) Respecto del significado creo que poco hay que aclarar: mimos de madre expresados desde el yo del niño.

b) En el campo de las consonantes, obsérvese que solo se utiliza una: la eme (nasal, bilabial, sonora, consonante suave), repetida seis veces (cincuenta por ciento de los sonidos totales), formante de todas y cada una de las palabras de la oración. Su uso normal en español es del 17 %, por lo que aquí hay una desviación significativa: 83 %. Es un ejemplo claro de aliteración que refuerza los tres conceptos con su repetición y su presencia en las palabras claves: el yo (me, mi) y mimos de madre (mamá, mima).

c) respecto de las vocales hay que indicar que también son seis (el otro cincuenta por ciento):

– 2 íes (33 %).

– 3 aes (50 %).

– 1 e (16 %).

Las tres pertenecen a las que Dámaso Alonso ha llamado vocales claras (articulatoriamente vocales abiertas y semiabiertas), tiernas se podría decir. Si tenemos en cuenta la estadística del uso de dichas vocales en la lengua española se observará lo siguiente:

– La desviación más significativa en el uso es la a: un 20 % por encima del uso normal.

– La e se sitúa solo 5 puntos por encima del uso normal.

– Y la i, con tres puntos es la que menos desvío tiene de la norma.

Desde el punto de vista simbólico, hay que decir que se ha optado por las vocales abiertas, claras, con predominio de la a de alegría, que es lo que rebosa esta frase infantil.

Podríamos concluir diciendo que la fonética de las palabras, debido a la naturaleza articulatoria y acústica de sus sonidos, está contribuyendo significativamente a robustecer el significado oracional, a fijar la atención del receptor del mensaje en el significado y su referente.

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