MAESTROS «TEMPOREROS» DE LAS MONTAÑAS DE LEÓN EN ASTURIAS EN LOS SIGLOS XIX Y XX: (3) Maestros de La Uña (León) en Asturias en los siglos XIX y XX

La Uña en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del siglo XX, al igual que hoy, era un pequeño pueblo de la montaña oriental leonesa situado en la cabera del río Esla y levantado entre montañas. En 1850, según el Diccionario de Madoz tenía 23 casas y 90 almas.

No limita con Asturias, pero su territorio es cercano y a través del puerto de Ventaniella o de La Fonfría se llega pronto a los pueblos asturianos del concejo de Ponga. Se utilizaba para ello fundamentalmente la calzada romana que comunicaba Asturias y León por el puerto antes citado de Ventaniella. Venía desde Riaño siguiendo el curso del río Esla hasta La Uña, de donde tomaría rumbo por el valle de Valdosín hacia el puerto de Ventaniella. De aquí a San Juan de Beleño, capital del concejo de Ponga, para enlazar con el valle del Sella.

CASERÍO Y ERMITA DE VENTANIELLA

Antonio del Blanco dedica un capítulo de su libro El pueblo de La uña  y su entorno (2011) a lo que él llama «Jóvenes maestros». En él afirma que desde tiempos inmemorables y hasta 1920 hombres jóvenes de La Uña, una vez finalizadas las tareas agrícolas propias de la estación veraniega y recogido ya el ganado en las cuadras, se dirigían a tierras asturianas (Ponga, Cangas de Onís, Corao…) a lo que se denominaba «dar escuela» o lo que es lo mismo, ejercer de maestros de primera enseñanza en los cientos de escuelas temporeras existentes en Asturias[1].

De 1846 es este documento referido al concejo de Ponga, que presenta y define este tipo de escuelas ligadas a las juntas vecinales:

Desde inmemorial tiempo los pueblos de este concejo cada cual tuvo su escuela de primeras letras para la enseñanza de niños manteniendo y pagando su maestro con los fondos del común y con aportaciones de los asistentes, cuyas escuelas jamás fueron de año y sólo desde Todos los Santos o desde primeros de noviembre hasta primeros de mayo de cada año en que se cierran atendiendo no solo a la miseria de los pueblos, sino también a la necesidad indispensable que en la estación de verano tienen los padres de valerse de sus hijos tiernos alumnos para el pastoreo de sus ganados de que este país subsiste. Los pueblos con equidad ajustaban los maestros y les pagaban con la misma según las bases que para ello fijaban.[2]

El regreso de estos maestros leoneses viene marcado por el cierre de las escuelas que iba ligado al inicio, tanto en la montaña asturiana como en la leonesa, del nuevo ciclo agrícola y ganadero que requería en sus respectivos lugares la mano de obra de alumnos y profesores: preparación de las tierras para la siembra y suelta de los ganados estabulados al campo.

CONCEJO DE PONGA

Los elementos definidores de estos maestros rurales LEONESES eran los siguientes:

– Carecen de titulación alguna.

– Desempeñan su labor docente en los pequeños y recónditos pueblos de la montaña asturiana: «escuela vecinal».

– Durante el día dará clase a los niños y por la noche a jóvenes y adultos («ir a cuentas»).

– Son contratados por las juntas vecinales. Estas se encargaban de buscar al maestro, firmar el contrato, habilitar el local para escuela (no siempre había un edificio ad hoc)[3] y fijar el programa escolar que el maestro debía desarrollar[4]. Como veremos al hablar de los maestros babianos, eran examinados por un maestro titulado de las localidades vecinas en que iban a ejercer.

– El salario solía ser muy bajo: se habla de que no solía pasar de los 40 duros por temporada. Esto hacía que también ejercieran otros oficios al margen del de maestros. Se conocen ejemplos de maestros que implementaban su sueldo como amanuenses, madreñeros, herreros, etc.

– Comían y dormían en las casas de los vecinos que enviaban niños a la escuela, de acuerdo con el número de estos («maestros cata-potes»).

– Cuando repiten como maestros, no siempre van al mismo pueblo.

– Son, por tanto, temporeros.

Ahora cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué estos pueblos asturianos contrataban a personas leonesas para que ejercieran de maestros en sus pedanías hasta la década de los sesenta del siglo pasado?

La respuesta parece obvia: no había suficientes maestros nacionales titulados para desempeñar su labor docente en estas poblaciones pobres, atrasadas y remotas de la montaña. Los titulados se quedaban en las poblaciones que tenían mayor número de habitantes, mejores condiciones de vida y mayor salario.

La razón de que fueran leoneses ya he hablado de ella en el post anterior:

– Por su dominio correcto de la lengua castellana sin los modismos de los bables locales imperantes en Asturias.

– Por su saber, su rudeza y experiencia para transmitir dicho saber a los niños.

– Por su fortaleza para resistir los crudos inviernos en las aldeas asturianas, ya que venían de zonas en las que el invierno era similar o más crudo.

– Por su disposición a dormir y comer de forma ambulante.

– Y por su bajo salario.

FOTO ANTIGUA DE LA UÑA

Antonio del Blanco, en el libro antes citado, da el nombre y los lugares donde ejercieron algunos de estos maestros temporeros de La Uña:

  • Juan Piñán Valdeón, en Pezeñil-Canga de Onís.
  • Marcelino Valdeón Ibáñez, en Santa Eulalia (Los Oscos), La Borbolla (Llanes).
  • Tomás Rodríguez Paniagua, en Abiegos, Taranes y Tanda (Ponga).
  • Eugenio Paniagua Pellón, en Ambingue (Ponga).
  • Pascual Rodríguez Paniagua, en Tanda y Taranes (Ponga).
  • Valero Valdeón Fernández, en San Juan de Beleño (Ponga).
  • Patricio Rodríguez Paniagua, en Granda (Siero).
  • Víctor Ibáñez Díez, en Caranga (Ponga).

Otros nombres se pueden añadir a la lista anterior:

  • Simón Valdeón Alonso
  • Jerónimo Reguera Piñán.
  • José Lario Valdeón.
  • Pedro Díez Miguel, en Tanda y Taranes (Ponga).
  • Bernardino Paniagua, en Abiegos (Ponga).

Capítulo aparte merecen la institución docente en la que habían conseguido los saberes que les capacitarán para desempeñar la tarea de «dar escuela» y qué currículum enseñaban.

Los conocimientos adquiridos por estos maestros temporeros procedían de cuatro fuentes diferentes:

– De los años que asistieron a la escuela en La Uña en su etapa de niños. Ya hemos dicho que esta etapa educativa era obligatoria desde 1857 (Ley Moyano) y comprendía de los 6 a los 10 años. Más tarde se extendería la obligatoriedad hasta los 14 años. Habría que suponer que fueron los alumnos aventajados los que a posteriori, siendo adultos, pasaron a Asturias a transmitir sus saberes.

– De su asistencia a las clases nocturnas que el maestro de la localidad daba por las noches para jóvenes y adultos, que eran voluntarias y tenían que pagar. Conozco a buen número de personas que «fueron a cuentas» en La Uña con tal o cual maestro/a, como así se llama esta actividad nocturna.

– De su autodidactismo. Siempre ha habido personas preocupadas por seguir su formación docente una vez fuera de las aulas. Para ello utilizan el préstamo o la compra de libros.

– De la competencia en saberes. Este procedimiento es singular y consiste en reunirse varias personas para demostrar quién es el que más sabe de una determinada materia. Esto supone una preparación previa. En el momento de la competición, cada uno plantea a su máximo nivel los conocimientos que tiene sobre ella a través de preguntas o breves exposiciones para comprobar si sus competidores lo saben. Así nos presenta esta actividad en La Uña (León) Hipólito Diez Muñiz en su libro Los años perdidos (2015) al hablar de sus padres:

Tanto mi padre como mi madre tenían estudios, básicos, pero bastante elevados. Mi padre de matemáticas estaba a nivel de cualquier maestro. Se codeaba con el que más sabía del pueblo, el ya mencionado Pascual [Mediavilla], y con Antonio Pellón, «El Moreno», y, alguna vez se juntaban en nuestra casa para competir en matemáticas. (p. 75)

Conviene, por último, dejar claro que ninguno de estos maestros temporeros de La Uña pasó por la cátedra de Latinidad de Lois (León), a pesar de su cercanía y de que estaba funcionando desde 1744. En ella ingresaban los alumnos a los 10 años para cursar los cuatro años de latinidad y humanidades.

En cuanto al currículo que enseñaban estos maestros temporeros, llamados también de primeras letras, hay que señalar que groso modo se ajustaba a lo establecido por la propia Ley Moyano para la primera enseñanza elemental (véase lo dicho en el primer post) y que se podría resumir así:

  • Enseñar a leer.
  • Enseñar a escribir.
  • Nociones básicas de aritmética: sumar, restar, multiplicar, dividir y algunos problemas.
  • Nuevo sistema de monedas, pesas y medidas.
  • Algo de literatura (romances).
  • Doctrina cristiana a través del catecismo del padre Astete.
  • Habría que añadir que también estaban obligados a atender a los jóvenes y adultos que en horario nocturno quisieran asistir a implementar sus conocimientos. Lecciones de noche o de domingo las llama la Ley Moyano en su artículo 106. Por tanto, los contenidos que se impartían en estas clases eran básicamente los mismos que los de la escuela de niños, pero a nivel superior.

[1] Ángel Mato Díaz, «Las escuelas y los maestros de primeras letras (Siglo XIX)», Magister, 23 (2010), p. 26

[2] Ibídem, p. 22.

[3] Ángel Mato nos habla de tendejones, la sacristía, el atrio de la iglesia. Y en la novela de Onieva, Entre montañas, el pedáneo dice que en sus tiempos de escuela se daba debajo de un hórreo.

[4] A veces se incluía la obligación de acudir con los niños a los actos religiosos que tenían lugar en la iglesia.

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