MAESTROS «TEMPOREROS» DE LAS MONTAÑAS DE LEÓN EN ASTURIAS EN LOS SIGLOS XIX Y XX: (2) La enseñanza de las primeras letras en la provincia de León y en la de Asturias en las zonas rurales en los años 20 del siglo pasado

La preocupación de las autoridades locales leonesas por la enseñanza, derivada e impuesta por la de los padres, es un hecho evidente a lo largo de los siglos XIX y XX. Existía la mentalidad en el padre de que su hijo estudiara, se formara para que llegara a ser más que él, saliera de la ignorancia en la que sumía la no existencia de escuelas. Que prosperara y pudiera vivir mejor que él. Se podría decir que ligaban el futuro mejor de sus hijos al saber.

Existe un libro de un maestro y profesor de la Escuela Normal de Palma, Luis Bello, publicado en Madrid en 1926 con el título Viaje por las escuelas de España, que es una verdadera radiografía de las diferentes provincias por las que pasó y del trato y atención que ayuntamientos y juntas vecinales dispensan a la enseñanza, plasmada en la existencia o no de escuelas y en el adecuado mantenimiento y dotación de estas.

Al hablar de la provincia de León dice que es esta modelo educativo con sus 1439 escuelas y con una tasa de analfabetismo sensiblemente inferior a la de la media de España. Mientras a nivel nacional la tasa se sitúa en el 30 %, en León baja hasta el 9 %.

Sírvanos de ejemplo de lo dicho anteriormente lo que Bello cuenta de la escuela del pueblo Sosas de Laciana (León). Tiene el pueblo 52 vecinos. La escuela ha sido construida por él. Es amplia, clara, limpia, magnífica. Tiene su propia biblioteca. Leña y carbón suficiente para que el maestro y los niños se calientan durante el largo y frío invierno. Asisten 58 niños. En marzo y abril faltan algunos niños (uno de cada cinco) porque sus padres les envían a guardan las veceras[1], pero el resto del año acuden todos a clase. Los propios vecinos reprochan a quienes no mandan a sus hijos a la escuela. No hay analfabetos en el pueblo. Este cuadro será muy diferente del que veremos en algunos pueblos asturianos.

NIÑOS DE LA ESCUELA DE SOSAS DE LACIANA DEL SIGLO PASADO

En el caso de Asturias, Luis Bello, al pasar de la zona de Villablino (León) al concejo de Cangas de Tineo[2] (Asturias), tras quedar prendado de la hermosura de sus montañas, esto es lo que dice de las escuelas de dicho concejo, vivo contraste con lo expuesto anteriormente sobre la zona leonesa:

La población de estas Cangas se halla esparcida en pueblos y aldeas, la mayoría sin maestros. Cangas de Tineo reúne en un solo Concejo cerca de setenta lugares. No llega a tener cuarenta escuelas. En invierno las comunicaciones son penosas; quedan las aldehuelas de aquellas brañas aisladas por la nieve. Los niños no pueden exponerse a los azares de una caminata de varios kilómetros.

Como segundo documento, tomaremos una novela, calificada por su autor como verdadera historia, novela histórica. Se trata de Entre montañas (La novela de un maestro rural), publicada en Madrid en 1922. Su autor es Antonio Juan Onieva Santamaría (1886-1977). Fue maestro y después inspector de enseñanza. A Asturias llega en 1914, y allí permanecerá varios años ejerciendo su labor inspectora de enseñanza, por lo que conocerá bien las escuelas de los pueblos asturianos.

La acción se sitúa en un pueblo de montaña, zona rural, llamado Castrido. Allí llega un joven maestro (26 o 28 años), a su primer destino como maestro después de haber estudiado la carrera de magisterio y haber sacado la oposición. Es, por tanto, un maestro titulado. Lo primero por lo que se interesa al llegar a su destino es por la escuela. Por ello, se pone en contacto con el alcalde pedáneo que se halla segando hierba y que no le hace mucho caso. La opinión del pedáneo sobre la escuela es reveladora: «No es demasiado buena, pero para lo que el pueblo es, aun le sobran elegancias». Continua su conversación con el nuevo maestro, al que califica por su vestimenta como «maestro señorito» y manifiesta que prefiere a un maestro babiano. Respecto de su época de niñez dice que «Cuando yo era rapaz, dábamos las letras debajo de un hórreo, y nadie se quejó jamás». Una vez que el maestro ha encontrado la llave de la escuela, que se utiliza como morgue en los días que llueve, se dirige hacia ella. Se encuentra con un destartalado edificio, situado entre la iglesia y el cementerio:

«se alzaba una pareducha ruinosa de piedras desnudas e irregulares, rematada con un tejadillo cubierto de musgo y hierbajos. En la pareducha citada, que era nada menos que la fachada principal del local de la escuela, había una puerta rota y desquiciada que mal tapaba un hueco lo suficientemente bajo para tropezar en su dintel al menor descuido y una ventana con el marco desclavado, podrido y sin un solo cristal en sus cuarterones».

Continúa la descripción indicando que sobre la puerta principal se hallaba pintado el escudo nacional, símbolo distintivo de las escuelas nacionales, que las diferenciaba de las municipales o de otra índole. Otra muestra del abandono en que se halla la escuela es que sirve de refugio para las gallinas, que dentro se encontrará el nuevo maestro. El suelo es de tierra, el techo es de teja vana que deja pasar la luz, el agua y el frío. Las paredes sin revocar. Como dotación de material escolar, media docena de libros escolares sin principio ni fin, unas cartulinas con las letras, un banco para los niños hecho de rudos tablones colocados sobre troncos de madera y una mesa para el maestro también de tablones. Este era el local que funcionaba como escuela y en el que el joven maestro tendrá que impartir sus enseñanzas.

De la novela histórica pasemos a la realidad que nos brinda de nuevo Viaje por las escuelas de España. Así describe la escuela de Brañas de Arriba (Asturias), en la que una maestra interina, de una vecina localidad, impartía clase y con un periodo invernal que podía durar de tres a cuatro meses, en el que el pueblo permanecía tapado por la nieve. Estas eran las condiciones del edificio y su dotación académica:

Brañas de Arriba tiene una escuela de montaña. Un albergue… la estrechez y pobreza de sus cuatro paredes, la vejez de sus vigas, por donde fue filtrándose el humo de muchos inviernos y la modestia de su menaje… Aquí tienen pocos libritos, pocas comodidades. Siéntanse en sus tachuelos[3], dejan las madreñas arrimadas a la pared… (p. 228).

BRAÑAS DE ARRIBA

Pues bien, a esas numerosas aldeas asturianas -sin maestros, con escuelas como las antes descritas o sin escuelas- no solo de Cangas de Tineo, sino también de otros concejos,  es adonde irán a dar escuela cada invierno numerosos leoneses de sus montañas –sin titulación alguna- de las zonas limítrofes con Asturias, bien fueran de la montaña oriental, bien fueran de la montaña central. La proximidad geográfica determinaba su destino y así vemos como al concejo de Ponga acudirán los maestros temporeros de Valdeburón (especialmente de La Uña)  y al de Cangas de Tineo los de Las Babias (Omaña, Babia y Laciana).

Se les contrataba por temporada, con salario que suele oscilar entre 30 y 40 duros y su labor se desarrollaba normalmente entre los meses de noviembre y abril, aunque había contratos de menor duración: diciembre-marzo, ambos incluidos. Su obligación era dar clase durante el día a los niños y por la noche a jóvenes y adultos. Las juntas vecinales serán las contratantes actuando el maestro titulado de una localidad vecina como asesor y examinador del nuevo maestro temporero.

Se valoraba su dominio correcto de la lengua castellana sin los modismos de los bables locales imperantes en Asturias, su saber, su rudeza y experiencia para transmitir dicho saber a los niños y su fortaleza para resistir los crudos inviernos en las aldeas asturianas.

Se les conoce con diferentes nombres: maestros de medio año (duración del período en que impartían escuela), ambulantes, lazariegos, catapotes (porque comían cada día en una casa), aunque la denominación más común es la de maestros babianos, llamados así porque procedían de lo que llamaban Las Babias. De estas comarcas leonesas acudían todos los años un numeroso grupo de hombres sin titulación a dar escuela al concejo vecino de Cangas de Tineo o a otros más lejanos como el de Ibias en el límite con Galicia. Y esto hasta la década de los sesenta del siglo pasado.


[1] Las labores agrícolas y ganaderas han sido las causantes de que en algunos casos los padres no enviaran a sus hijos a la escuela de primera enseñanza, que desde 1857 era obligatoria de 6 a 10 años, y los dedicaran a dichas actividades.

[2] En 1927 pasó a llamarse Cangas de Narcea.

[3] Taburetes pequeños.

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  1. santiago dijo:

    Revista LIBERTAD, núm. 4, 4 de Julio 1931. Los partidos judiciales con menor numero de analfabetos son: Santander, Riaño y Murias de Paredes, con 7, 9 y 10 por ciento. En cuanto a los reclutas León y Castilla la Vieja están a la cabeza con un 8,6 por ciento.

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