BEBER MÁS QUE UN SALUDADOR

Es propio, que no exclusivo, del habla coloquial el uso de frases hechas y de comparaciones expresivas. Se utilizan estas últimas para reforzar el mensaje, impactar al receptor en el hecho comunicativo, hacerle más visible el contenido de lo que se le quiere transmitir, darle plasticidad. De entre los tres tipos de comparaciones que la gramática estudia, superioridad, igualdad e inferioridad, hoy solo nos referiremos a las de superioridad: más que.

PORTADA DE LA EDICIÓN DE MEDINA

PORTADA DE LA EDICIÓN DE MEDINA

El punto de partida será un pasaje del Lazarillo de Tormes (1554), que los estudiosos del tema de los saludadores suelen olvidar. Dice Lázaro de su segundo amo, el cura de Maqueda (Toledo),  encarnación misma de la avaricia y de la hipocresía, que solo él bebía vino en las comidas, pero con comedimiento y nunca comprado, sino de lo que recibía:

De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le turaba [duraba] toda la semana.

Esa falsa contención, que presenta como virtud, era solamente aparente y fruto de su avaricia y mezquindad. Este era el razonamiento que utilizaba el dómine para no hacer partícipe a Lázaro del preciado licor (Lázaro dice que desde niño estaba hecho al vino y moría por él):

—Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto no me desmando como otros.

Sin embargo, el poco virtuoso sacerdote

mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.

Y ahora nos preguntamos qué significa «beber más que un saludador» y quiénes eran estos peculiares personajes, y a la vez tan populares, que encarnaban el prototipo de hombre bebedor en el siglo XVI según el autor del Lazarillo, no sin antes ofrecer este pequeño florilegio de frases comparativas sobre beber mucho (alcohol), amén de la anterior, que la historia ha generado y que, en algunos casos, ya no sabemos el porqué o nos queda muy lejano:

  • Beber más que una vaca.
  • Beber más que un pez.
  • Beber más que un camello.
  • Beber más que un odre.
  • Beber más que un soldado valón.
  • Beber más que un cosaco.
  • Beber más que un cura.
  • Beber más que el chico del esquilador.
  • Beber más que un ruso en Nochevieja.
  • Beber más que un Matatrolls.

Volvamos a los saludadores. Una definición adecuada a nuestra explicación la encontramos ya en el  Diccionario de Autoridades en 1739:

Comúnmente se aplica al que por oficio saluda [sana] con ciertas preces, ceremonias y soplos para curar del mal de rabia.

Como se habrá podido apreciar ya, saludador viene de la raíz de salud, de la que procede saludar ‘preguntar y desear la salud’. Nos estamos refiriendo, pues, a un personal pseudosanitario que tenía una especialidad muy concreta: curar la rabia tanto en personas como en animales mediante palabrería acompañada de soplo.

En fecha tan temprana como 1456 tenemos ya noticias de la existencia de este personal, según Francisco Javier Goicolea Julián. Se trata de un sanador que había llegado a Nájera el 31 de agosto para sanar y al que el Concejo le pagó 100 maravedíes.

Un breve, pero interesante, estudio sobre los oficios medievales de Madrid de José Manuel Castellanos Oñate nos presenta en 1483 a un saludador que había llegado a Madrid –eran eventuales-, al que se le pagó 10 reales por «saludar a varias personas que avía mordido un perro que rraviava».

Y así llegamos ya a 1495, cuando el término se generaliza y lo incluye Nebrija en su Vocabulario.

Estos personajes y su forma de sanar no fueron ajenos a la Iglesia, que bien pronto los condenó, a pesar de que algunos ayuntamientos y obispados convocaran plazas para ejercer dicho oficio y una vez examinados les expedían licencia para ejercerlo. Incluso, la Inquisición mantuvo cierta tolerancia ante un proceder que algunos autores ligaban a lo demoníaco.

PEDRO SÁNCHEZ CIRUELO (Antigua facultad de Medicina de Zaragoza)

PEDRO SÁNCHEZ CIRUELO (Antigua facultad de Medicina de Zaragoza)

Me voy a detener solamente en un autor y su obra que nos aportan datos que hasta ahora no hemos citado, cómo quiénes eran sus santos patronos, en nombre de los cuales sanaban. Se trata de Pedro Ciruelo y su Reprobación de las supersticiones y hechicerías (1538). Les dedica el capítulo VII de la tercera parte de su libro y los emparenta con los «ensalmadores».

Comienza afirmando que intentan curar con remedios (palabras y ceremonias vanas) que se hallan fuera de los remedios naturales que aplica la medicina. Su forma de sanar a las personas afectadas de la rabia radica en el uso de la saliva y el aliento, acompañados de palabras mágicas. En el caso de los animales, la sanación se realiza desde lejos con sus palabras curativas.  Los considera como hijos del diablo con quien mantienen pactos secretos. Para no ser rechazados ni condenados por la Iglesia, se proclaman familiares y devotos de santa Catalina de Alejandría (287-305) y santa Quiteria (119-130), a quienes la

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, DE CARAVAGGIO

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, DE CARAVAGGIO

Iglesia tiene como abogadas a las que se invoca en la curación del mal de la rabia. De estas santas, según los saludadores, han recibido el poder y la virtud de sanar la rabia tanto en personas como en animales. Por ello, llevan tatuados los símbolos de dichas santas: la rueda  con cuchillas con la que se pretendió dar muerte a santa Catalina y la palma símbolo del martirio de santa Quiteria. Para no ser rechazados y que la gente les considere como poseedores de la virtud espiritual de sanar realizan actos que solo pueden tener explicación si son hechiceros ministros del diablo, como tener un rato en la mano carbón o hierro encendido, lavarse las manos con agua o aceite hirviendo, caminar descalzos sobre una barra de hierro incandescente o meterse dentro de un horno encendido. Y todo ello sin quemarse. Advierte, por tanto, que tanto los saludadores como aquellos que les permiten su actuación, sean prelados o jueces, pecan mortalmente contra el primer mandamiento de Dios. Finaliza el capítulo proponiendo remedios naturales para curar la rabia de animales y hombres.

SANTA QUITERIA. TABLA BARROCA

SANTA QUITERIA. TABLA BARROCA

Sus peticiones no fueron atendidas, ya que en épocas posteriores podemos ver a obispos o a la Inquisición examinando para ser saludador y concediéndoles licencia para ejercer dicho oficio.

Muchos otros son los testimonios que se podrían aportar sobre la actuación de los saludadores. Pero me referiré solamente a dos por su importancia para el tema que abordamos, después de aclarar un aspecto al que no se refiere Pedro Ciruelo y que hemos visto en el Lazarillo: ¿por qué se les considera grandes bebedores de vino? La respuesta está en que necesitaban tener gran fuerza interior, en el pecho,  para expeler su  soplo curativo, que debía ser fuerte y frío, y desde lejos curar con él. La fuerza y el frío, según ellos, se la daba la ingesta de buenos tragos de vino.

Francisco de Quevedo, en los Sueños los coloca en el infierno como condenados por embusteros. De los enfermos que acuden a ellos dice que

siempre les agradecen lo que hacen, y dan contento, porque si sanan el enfermo los regala y si matan el heredero los agradece el trabajo.

Al negar la virtud de sanar a los saludadores, estos se quejan y dicen que era verdad que la tenían. A esto les responde un diablo:

-¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?

Obsérvese la dilogía de la palabra soplando, recurso característico de Quevedo. Por una parte alude a su método curativo, el soplo, y por otra, al consumo de vino.

EL PADRE FEIJOO

EL PADRE FEIJOO

En el siglo XVIII, el padre Feijoo luchó denodadamente contra las supersticiones, contra las falsas creencias, contra los que confundían ciencia y religión. En definitiva, por instaurar el imperio de la razón:

Yo, ciudadano libre de la República de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón.

A los saludadores les dedica el discurso primero del tomo tercero de su Teatro crítico universal. Ahí arremete duramente contra ellos descubriendo las trampas de que se valían para poder pisar barras de hierro al rojo, meterse en un horno, etc. Parte del hecho de que los teólogos están divididos en tres grupos:

«unos tienen aquella curación por lícita, otros por supersticiosa, otros creen que entre los que se llaman saludadores hay de todo».

Su postura, que irá exponiendo mediante un proceso argumentativo y con ejemplos tomados de la experiencia, es que

«ni curan supersticiosamente, ni lícitamente, ni por virtud sobrenatural, ni natural, ni diabólica».

Respecto al soplo curativo y al vino, denuncia que los saludadores crean que la ingesta de vino aumenta la virtud y que sean grandes consumidores del preciado licor.

Terminaré estas referencias de Feijoo con una anécdota significativa: uno de los saludadores, que vivía sin trabajar, se jactaba de que «con soplar los días de fiesta ganaba lo que había menester para holgar, comer y beber toda la semana».

A pesar de las demostraciones de Feijoo, y otros muchos, de que los saludadores carecían de poder para curar (la Divinidad no les había concedido lo que la Iglesia llama gratia gratis data) y que todo era una superstición, que no eran otra cosa que unos embaucadores, intrusos en el mudo de la medicina, estos siguieron ejercitando su oficio y gozando de predicamento dentro de la sociedad española. La razón de tal aceptación se puede hallar en el hecho de que la rabia era una enfermedad para la que la ciencia no tenía remedio y los afectados por ella buscan desesperadamente la sanación en cualquier remedio que se les ofrezca.

La proliferación de esta enfermedad es la que puede explicar que «A fines del XIX había repartidos por diferentes barrios madrileños unos 300 [saludadores], de los que más de la mitad eran mujeres. En la segunda década del siglo XX en algunos pueblos del suroeste de la provincia de Madrid, utilizaban todavía los servicios de saludadores para curar a sus ganados», según Alejandro Peris Barrio. Y se puede añadir que en otros muchos lugares de la geografía española.

Creo que con este excurso habrá quedado claro el significado de la frase beber más que un saludador y les quede claro a quienes siguen explicándola erróneamente acudiendo a José María Sbarbi en su Florilegio o ramillete alfabético de refranes y modismos (1873): «Beber con exceso, aludiendo a los aficionados a echar brindis a la salud de los circunstantes».

N.B.:

Los saludadores eran personas que pertenecían a las clases bajas («gente baja, perdida y de mal ejemplo de vida», dice de ellos fray Antonio de Torquemada) y defendían que la virtud de la sanación de que estaban dotados era virtud innata. Se daba esta en aquellas personas que reunían una serie de circunstancias especiales en su nacimiento. Solo citaré dos como ejemplo: haber nacido el Viernes Santo a las tres en punto de la tarde (hora de la muerte de Cristo) o haber llorado tres veces en el vientre de su madre, manteniéndolo esta en secreto.

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Una respuesta a BEBER MÁS QUE UN SALUDADOR

  1. RAE: 2. m. Embaucador que se dedica a curar o precaver la rabia u otros males, con el aliento, la saliva y ciertas deprecaciones y fórmulas. Por tanto, me decanto favorablemente por el trabajo que has realizado y te felicito por él. Gracias.

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