SANA, SANA / CON UNTO DE RANA…

Nací un 17 de mayo de 1951. En Siero (León). A la orilla del río. En casa, como se hacía antes. Arropado por las mayores de la familia y atendido por la partera del pueblo.

Crecí en el pueblo, con calles sin asfaltar y llenas de piedras. En días de lluvia, el barro era su sustento. Allí comenzábamos nuestro aprendizaje: en la carrera, cómo evitar las piedras y no caerte; en la calle embarrada, cómo saltar los charcos y no mancharte, y en medio el barro, cómo pisar sin salpicarte.

Una vez liberado de los brazos maternos y de aquellos tacatás de madera, las caídas eran frecuentes. Tanto en casa como fuera. Aquí, siempre había alguna piedra que se interponía. Las consecuencias las esperadas: descalabro de rodillas y manos, cuando no de morros. Era la forma de inmunizarnos los de pueblo. Los pantalones largos protectores solo los llevaban los hombres. Los niños lucíamos pantorrilla, rodilla, muslo y brazos al descubierto.

Dicen que era llorón y que tenía un miedo atroz a la sangre. Todavía me lo recuerda mi hermana: «En el momento que veías la sangre, berrabas como un descosido. Si estabas en la calle, corrías como alma que lleva el diablo a casa, a que te lavara y te curara madre».

En la memoria todavía tengo alguna cura entre lloros. En casa no había agua corriente. Solo algún caldero estaba lleno para las faenas del fregado. Para cocinar y beber se acudía a la fuente con las ollas de barro y el botijo.

Cuando me estrellaba contra el suelo y veía la sangre, fuera la herida pequeña o grande, estuviera cerca o lejos de casa, la reacción siempre era la misma: correr para casa alborotando con los lloridos. ¡Mama, pupa! ¡Mama, pupa!… Mi madre me cogía y me llevaba a la orilla del río, junto a la lavadera de casa de Adolfa, en la junta de los dos ríos, que entonces todavía eran ríos limpios y cristalinos. Allí me sentaba y me lavaba con cuidado rodillas rotas, brazos sangrando y, en ocasiones, también los morros reventados. Al agua le acompañaba el jabón de Lagarto como desinfectante. Una vez que había parado de sangrar, vuelta a casa, a vendar las heridas. El lino era el material de aquellas vendas caseras, primorosamente rematadas en sus costados y que se usaban y usaban desinfectadas en agua hirviendo. No había más productos.

Cuando las heridas no eran de consideración, una vez lavadas, se dejaban al descubierto. Y si todavía seguían los berridos, que era la más de las veces, una nueva cura. Esta vez, cura de madre. Con tres nuevos productos medicinales, combinados sabiamente. Y terminaban por curarlo todo, hasta te quitaban los picores y el dolor. El primer remedio era el de los brazos y a acorcollarte. Le acompañaba con aquella canción, con voz materna y amorosa, propia de nana, que decía:

Sana, sana
con unto de rana,
si no sanas hoy,
sanarás mañana.

Y seguido soplaba sobre la herida –mi madre hablaría de echar el eneldo- con mayor o menor intensidad según los lloridos. Aquel aire parecía el bálsamo de Fierabrás. El picor desaparecía y el dolor se iba calmando. A repetir el procedimiento. Así, hasta que el dolor cesaba y salías de nuevo corriendo a la calle. Mucha maestra.

Cuando el trompazo no producía sangre, sino una simple contusión, el procedimiento era el mismo, pero con una pequeña diferencia: el lugar dolorido era masajeado suavemente a la vez que se le aplicaba el bálsamo del aire; en ocasiones, el masaje se sustituía por el beso.

Hasta la próxima caída, que no tardaría.

¿Alguna vez te has preguntado por qué se soplaba sobre la herida o el lugar magullado? La contestación puede ser muy fácil: recurso casero de madre. Pero, ¿de dónde puede venir tal recurso medicinal que hoy llaman disparate?

La contestación en el próximo post que titularé BEBER MÁS QUE UN SALUDADOR.

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4 respuestas a SANA, SANA / CON UNTO DE RANA…

  1. Una infancia con experiencias y golpes y seguro que feliz, muy feliz. La saliva de cualquier mamá, o el simple soplido siguen siendo remedios milagrosos no superados ni por el mágico bálsamo de Don Quijote 😉

  2. Santiago dijo:

    Me recuerdas los pocos años que vivi en el pueblo a cargo de mis abuelos. En mi caso la enfermera era mi abuela. ¡¡ Bendita mujer ¡¡. Gracias por ayudarme a recordar aquellos aquellos días de rapaz.

  3. Emilio Geijo dijo:

    “De niño se vive y después, se sobrevive” dijo algún poeta vinculado a Astorga. Yo sigo haciendo lo mismo a mis nietos: masaje suave si no hay sangre y soplo sobre las heridas. Ignoro el porqué.

  4. Mª José F. dijo:

    Y a día de hoy sigue funcionando… No sabría contar la de veces que apliqué dicho remedio -con la variante “culito de rana” a mis hijas y nietos. Con éxito garantizado.

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