CUALQUIER TIEMPO PASADO / FUE MEJOR

Me llama mi joven inquiridor preocupado porque ha oído en la pantalla tonta a una figura de relumbrón decir que la frase «cualquier tiempo pasado fue mejor» hoy no tiene sentido. Recaba mi opinión. Yo le contesto que es una de las frases –dos versos- cuyo contenido es claro ejemplo del relativismo frente a la verdad absoluta y de los tópicos literarios.[1] Y que bajo estos presupuestos se ha de interpretar. Además, le recuerdo que Juan Carlos de Borbón ya lo dijo en su tiempo: «La realidad es muy difícil de soportar para quienes creen que cualquier tiempo pasado fue mejor». Debiera decir para él. Y seguro que los presupuestos no los conocía.

Me pregunta si es un refrán o una frase proverbial como se puede leer en la gran Red. Y yo le contesto que no, que no cumple norma alguna para que así lo sea. Ya lo he indicado más arriba, es poesía, son dos famosos versos manriqueños, es una de las lexicalizaciones del tópico de la añoranza realizada por el poeta ¿palentino de Paredes de Nava? Jorge Manrique (1440-1479) en las Coplas a la muerte de su padre. Ya no lo recuerda y eso que estudió primaria, secundaria y hasta una carrera universitaria, y en su momento leyó las Coplas. Se une así a la caterva de ignaros que se jactan de no leer y menos poesía. ¡Parece como si el sistema de enseñanza de este país, de una parte a esta otra, estuviera concebido y preparado para que sus alumnos tardaran en olvidar las cosas mucho menos tiempo del que les llevó aprenderlas. Además estoy seguro que lo hacen sin esfuerzo alguno. Mucho tiempo lleva ya sin funcionar el aserto de que «lo que bien se aprende tarde se olvida».

JORGE MANRIQUE, DE JUAN DE BORGOÑA (1494-1536)

JORGE MANRIQUE,  DE JUAN DE BORGOÑA (1494-1536)

Como no es de los que rehúsa las explicaciones y está dispuesto a aprender, le indicaré el origen y el significado de esos versos manriqueños plurisignificativos –como toda obra literaria-, pertenecientes a la primera copla, escritos entre 1476 y 1479 y muy probablemente en el verano de 1477. Pero primero volvamos a releer estos versos con que comienza la elegía más lograda de la poesía española de todos los tiempos dedicada a su padre don Rodrigo Manrique (murió el 11 de noviembre de 1476),  maestre de la Orden de Santiago:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;

cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor,
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Ya he dicho más arriba que los dos últimos versos de esta segunda sextina manriqueña es una de las formalizaciones del tópico[2] –lugar común- literario de la añoranza: la nostalgia, el recuerdo, hacen que se idealice la vida pasada -toda o en parte-, que se la considere como una época maravillosa de grato recuerdo, que se ponga en valor sus momentos, sus personajes, sus ideas. A este tópico pertenecen también el paraíso perdido, la edad dorada o el ubi sunt, etc.

Los versos manriqueños hunden sus raíces en la literatura veda, en la árabe, pero puede que le llegaran al poeta, y a sus contemporáneos[3], a través de la Biblia, el libro de los libros, la obra más conocida y leída de todo el Medievo; en concreto vía Eclesiastés, 7, 11: «Ne dicas: Quid putas causae est quod priora tempora meliora fuere quam nunc sunt? Stulta enim est  huiuscemodi interrogatio». («No digas: ¿Cómo es que los tiempos antiguos fueron mejores que estos? Pues no procede de sabiduría el que acerca de esto preguntes»). Este versículo nos dice que hay que aceptar el destino tal como llega, sin querer explicarlo. Obsérvese que la pregunta bíblica en Manrique se ha sustituido por el enunciado afirmativo que ha sido su origen.

RELOJMEDIDOR ANTIGUO DEL PASADO, DEL PRESENTE Y DEL FUTURO

Para poder entender estos versos manriqueños, y por ende las Coplas, conviene recordar que pertenecen a un poema elegíaco que ha sido definido como sermón y que yo considero como meditación sobre las vidas y las muertes allá por la década de los setenta del siglo XV. Por ello, aunque sea de forma sintética, explicaré cómo se consideraba la muerte a finales del siglo XV, en el prerrenacimiento, y los tres tipos de vida que se distinguían.

Por influencia de la Iglesia, que ponía el acento en la vida del más allá, el hombre del Medievo vivió atosigado por la idea de la muerte. Esta se convirtió en tema central de la prédica cristiana  y de un género literario conocido como «danzas de la muerte». Aquí se la representa como un ser tétrico, temida y temible, que llega sin avisar («tan callando»), que no diferencia clases sociales, que acaba con el goce y disfrute de todos los placeres terrenos –en un momento que el vitalismo avanza-, que no ofrece nada  y que supone el final de esta vida. Frente a esta concepción negativa, nos encontramos con otra que considera la muerte no como un mal, sino como un bien porque posibilita el tránsito de la vida llena de lágrimas y sufrimientos a la verdadera del más allá, la vida del goce y disfrute con Dios, o como dirá Manrique a la vida del honor.

Tres serán las vidas de que nos habla Jorge Manrique en la copla XXXV y que anuncian los nuevos aires, los del humanismo renacentista, encarnados por un ejemplo eximio de la conjunción de «armas y letras». La Muerte, que ha venido a llamar a don Rodrigo, convertida en personaje, es quien las presenta: la vida terrena (temporal y perecedera), la vida del más allá (eterna y verdadera) y la vida de la fama (mejor que la terrena, aunque ni eterna ni verdadera); esta última es la que le ofrece en persona la Muerte al maestre para que «no se le haga tan amarga / la batalla temerosa / que esperáis».

Con estos parámetros podemos acometer la interpretación de los tres últimos versos de la primera copla. El verso número 10, «a nuestro parecer», indica claramente el relativismo de la interpretación de los dos siguientes, signo ya de falta de unidad de opinión sobre si el tiempo pasado es mejor que el presente y el futuro o a la inversa. Rompe, así,  Manrique con la propuesta de verdad absoluta del Eclesiastés: «no procede de sabiduría el que acerca de esto preguntes». La propuesta es que todos deben aceptar el aserto sin poner en cuestión su validez. Así pues, el poeta palentino parte del libro bíblico, pero introduce una variante significativa: el relativismo.

ALEGORÍA DEL TIEMPO

ALEGORÍA DEL TIEMPO,  DE DOMENICO PIOLA (S. XVII)

Cuatro eran las razones de quienes en el siglo XV admitían el aserto manriqueño «cualquier tiempo pasado / fue mejor».

1.ª Los tiempos pasados son mejores que los presentes porque la nostalgia así los presenta, así los hace ver. Se recuerdan como momentos felices, gozosos, favorables, verdaderos. Se idealizan y se borra todo aquello que pudiera contribuir a presentarlos peores que los presentes. Suele surgir del enfrentamiento entre la misma realidad vista desde el pasado o el presente. Si yo te dijera…, si yo te contara…, entonces las cosas eran de otra manera.

2.ª La muerte es una realidad ineludible para el ser humano, realidad temida y temible como ya hemos dicho. Lo pasado es lo más alejado de la muerte, de ese momento fatídico en que todo se acaba: lo presente y lo futuro; así pues, el presente, y no digamos nada del futuro, más próximos a la muerte serán peores que lo pasado sobre el que ya no puede actuar.

3.ª Del futuro el hombre siempre ha desconfiado porque no sabe qué le deparará, no tiene el control sobre lo que va a suceder, produce el miedo  a lo desconocido. Esta desconfianza convierte lo pasado, conocido y experimentado,  en mejor que aquello que sucederá, aunque nos lo quieran presentar como algo positivo.

4.ª El cristianismo imperante en el Medievo exhortaba al hombre a vivir sin pecado, a vivir en gracia, porque la muerte le podía sorprender en cualquier momento y llevarlo al reencuentro con la eternidad: salvación o condenación eternas. Si lo hacía estando en gracia, su vida del más allá sería feliz y dichosa, de goce y placer; por el contrario, si le sorprendía en pecado, los tiempos pasados siempre serían mejor que los futuros del más allá, aunque los terrenales hubieran sido de dolor y sufrimiento. El dolor y sufrimiento de la vida del más allá en nada serían comparables con los de acá para el hombre que muere en pecado. Así lo explicaba Gonzalo de Figueroa (s. XVI) en la glosa a estos dos versos manriqueños:

Y es tan grave el aflicción
que acullá se te ha de dar
si no tienes contrición,
que por no hallar pasión
do la pueda comparar
dexo la comparación.

Que, aunque acá mil años fueses
con graves penas penado
y gran dolor,
dirías si allá te vieses:
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

GLOSAS, DE GONZALO DE FIGUEROA

GLOSAS, DE GONZALO DE FIGUEROA

Como se podrá ver, la inmensa mayoría de las explicaciones que se dan a los versos manriqueños y que se pueden leer en la red de redes son reducionistas, descontextualizadas y sin base alguna. Si obviamos el contexto, mal se puede interpretar el texto. Y es que el valor literario de las Coplas de Jorge Manrique no radica en la originalidad de las ideas, métrica, recursos retóricos, patentes ya en los poetas anteriores y contemporáneos, sino en el acierto en la elección del molde literario, en la formalización lingüística de las ideas, en la estructuración de los contenidos. En definitiva, en la adecuada combinación de FONDO y FORMA. El resultado una obra clásica en el sentido de que fue valorada en su momento, lo ha sido a lo largo de la historia y es de presumir que lo seguirá siendo.


[1] Remito a mi post titulado Relativismo perverso: https://literaturayotrosmundos.wordpress.com/2014/06/12/relativismo-perverso/.

[2] TÓPICO LITERARIO: idea o frase cliché que arranca de la Antigüedad y se va repitiendo a lo largo de la historia; los literatos la incorporan a su obra porque la consideran como una idea válida o una expresión feliz, la más adecuada a ese momento preciso de la comunicación.

[3] Con otra modulación se puede encontrar el tópico en poetas de la segunda mitad del siglo XV como Juan de Mena, Diego López de Haro o Pedro López de Guevara.

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