TABERNAS DE «EL COMÚN»

Leyendo las «Respuestas Generales» del Catastro del marqués de la Ensenada de La Uña (León) de 1753 nos encontramos con un buen número de palabras que hoy pueden resultar raras o incluso desconocidas. Las hay conocidas, pero que nos sorprenden porque están utilizadas con significado incomprensible por ser diferente al actual. Son las palabras de ese Catastro testimonio de un vivir en aquella época de mediados del siglo XVIII de los habitantes del último pueblo leonés, vecino de la Tarna asturiana. Vistas desde hoy, son el ejemplo mudo de los cambios que opera la Historia.

¿Qué nos dice hoy el pie, el paso, la vara o la legua como medidas de longitud? Ante la asfixia de los impuestos actuales directos o indirectos, ¿reconocemos las alcabalas, las tercias, la sisa, el fumazgo, el diezmo, el rediezmo, las primicias? Si nos hablan del alcalde, el regidor, los justicias o el fiel de fechos ¿sabríamos referir cuáles eran sus funciones? ¿La hemina, la fanega, el costal, el cuarto, el celemín, el cuartillo, como medidas del grano, les suenan a los agricultores modernos? ¿Y qué decir de la aparcería y su esquilmo?

Para no cansar, tendré que decir que la palabra PUEBLO, en uno u otro significado general, solo la he encontrado una sola vez. En su lugar se utiliza constantemente LUGAR con el significado de población pequeña que es menor que la villa y mayor que la aldea. Villa, lugar y aldea eran los tres tipos de poblaciones que configuraban el hábitat de la montaña leonesa. Para referirse al conjunto de los habitantes de esas poblaciones, tanto el escribano como los testigos, utilizan el término COMÚN, con categoría de sustantivo. Lo que me parece que no es necesario aclarar es el significado de TABERNA. Todo el mundo se acuerda de la Taberna de MOE. Y ya tenemos claros los tres nombres que necesitamos para poder continuar.

TABERNA DE MOE

A mediados del siglo XVIII, las poblaciones montañesas estaban saturadas de habitantes y las fuentes de alimentación eran más bien escasas. Por ahí encontramos los arvejos, que hoy tan de moda se están poniendo en la gran RED, pero solo en algunos lugares o villas. Así no nos sorprende que un buen puñado de hombres de estas poblaciones se dedicaran al pastoreo y los encontremos entre los jornaleros de los dueños de los grandes rebaños de merinas de Extremadura, Castilla-La Mancha o Madrid.

Lo que sí había en todas estas poblaciones era iglesia, escuela y taberna, tres instituciones que servían de reunión social, de lugar de encuentro.

Antes y después de la celebración de los actos religiosos –que eran muchos y de obligado cumplimiento- el encuentro y la tertulia en el patio o fuera eran habituales y hasta prolongados, dependiendo del día y de la época.

La escuela era para los más pequeños –en tiempo de no faena agrícola-ganadera- no solo lugar de aprendizaje, sino también de encuentro y diversión.¡Picalvo, gocha, pincho, escondite, bolos, ñita, arre morro, etc.! (Cuarenta reales pagaba El Común al maestro frente a los 150 del cirujano).

¿Y qué decir de la TABERNA? En terminología actual se podría decir que era el hogar social, punto obligado de encuentro para beber y divertirse, además de estar obligada a suministrar el vino a los hogares del lugar. Como veremos más adelante, desarrollaba su función social y por eso El Común la consideraba como establecimiento “obligado”. ¡Que todo no iba a ser trabajo para jornaleros, pastores o labradores de pan coger! De la importancia que se confería a este establecimiento comercial-social nos da muestra la pregunta 29 del «Interrogatorio» del Catastro de Ensenada y su respuesta. Tanto una como otra son suficientemente explícitas de lo que venimos diciendo y no necesitan aclaración alguna. Veámoslo:

  1. ¿Cuántas tabernas, mesones, tiendas, panaderías, carnicerías, puentes, barcas sobre ríos, mercados, ferias, etc. hay en la población?

A la vigésimo novena, que en este pueblo, de lo que expresa la pregunta, solo hay una taberna obligada, y, por no ser lugar de paso ni consumo, solo porque se conserve y ni falte el consumo, paga el Común al tabernero trescientos reales al año. Hoy está a cargo de Esteban Diez, vecino de este lugar.

¿No llama la atención que El Común subvencione un negocio con 300 reales de vellón al año para que no falte el consumo (fundamentalmente de vino), cuando el sueldo de un jornalero por día trabajado era de dos reales? ¿Puede ser que El Común de entonces viera en la taberna algo más que un lugar donde se iba a beber y a divertirse? Es evidente que allí se bebía, que el tabernero tenía la obligación de abastecer a los vecinos que por sus medios no podían acudir a Santas Martas, Los Oteros o Valdevimbre con sus carros y sus carrales a por el vino para todo el año, y que era lugar de encuentro y diversión. El vino, que desde antaño era parte fundamental de la dieta montañesa junto con el pan (dos refranes lo certifican: «Quien tiene pan / de hambre no morirá» (Rosal, 1560); «con pan y vino / se anda el camino» (Rosal, 1560)),  formaba parte de la raíz de esa cultura: no solo estaba en la taberna, sino también en los hogares, en las reuniones, en las celebraciones, en los contratos, en las hacenderas, etc. Recuerdo las dos tazas de plata que poseía El Común de Siero (León) y que se utilizaban para convidar a los vecinos con vino en ocasiones especiales. Así pues, la taberna cumplía claramente una  función social. Por ello, la subvención obedecía a criterios de rentabilidad económica-social.

Hoy, comienzos del siglo XXI, nuestros pueblos se mueren –algunos hace ya años que sucumbieron- y en las largas, frías y duras noches de invierno, en las horas de ocio, en los tiempos sin actividad laboral, la soledad se apodera de los pocos habitantes que aún sobreviven en estas poblaciones. Las relaciones sociales han quedado reducidas a la mínima expresión, languidecen por las solitarias calles. Son fantasmas del pasado.

Hace ya tiempo que por estas latitudes las escuelas sucumbieron por el envite de la vejez. Las iglesias apenas se abren; se han quedado prácticamente sin parroquianos. Y las tabernas –ya sé que hoy debemos llamarlas bares, ni siquiera cantinas- han cerrado sus puertas. ¿No habría que volver al pasado del siglo XVIII y subvencionar de nuevo las tabernas de El Común? Con esta subvención,  ¿no habría algún vecino que se animara a volver a abrir las puertas de estos hogares sociales? Quizá El Común actual haya cambiado de opinión o quizá se haya dejado llevar por la fuerza del individualismo, del egoísmo. Lo que es cierto es que en muchos pueblos de la montaña leonesa –y en los que no son de montaña- las relaciones sociales han muerto. ¿Acaso el ser humano ha dejado de ser un animal social?

Enhorabuena aquellas juntas vecinales –modernos representantes de El Común de siempre- que han visto que la taberna del pueblo era tan necesaria como el médico y han vuelto a subvencionarlas, aunque todavía son una excepción dentro de la norma. Se puede morir de enfermedad física, pero también de soledad y esta muerte es mucho más dolorosa porque mata el alma. ¡Enhorabuena por revivir el pasado para que no muera el presente y tenga vida el futuro! Y que nadie espere que de fuera vengan a solucionarle el problema.

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