COMPRA REGATEADA

¿Conoces las leyes –tácitas o expresas- que regulan el trato? ¿Existen realmente o es un cuento pueblerino? Si tienes paciencia, hallarás la respuesta.

Dicen que desde que el hombre se constituyó en sociedad comenzó el cambio, el trueque de objetos. Más tarde vendría la compra, el invento dinerario. Ya se podían adquirir objetos  a cambio de unas monedas. Y tanto en el primer momento como en el segundo el regateo seguro que estuvo presente.

—Te cambio una flecha por dos abarcas.
—No, cada abarca por una flecha.

¿El resultado final? Dependiendo de las necesidades.

Todavía hoy he visto regatear en el rastro. Al final, se suele ceder por las dos partes, aunque no es fácil conocer el término medio en el que se va a producir la transacción comercial.

Ese saber vender y comprar adquirido a lo largo de los años se ha acuñado en refranes, la expresión filosófica del pueblo, la acuñación precisa, mnemotécnica  y literaria de su saber. Y esos refranes de compraventa regateada los vi aplicar desde mi niñez.

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SIERO EN 1958 (FOTO CEDIDA POR SANTIAGO DEL COTILLO)

Todos los días 6 de cada mes se celebraba en Riaño (León) la feria. ¿Quién no recuerda La Feriona (el 6 de noviembre) donde se vendía y compraba para realizar la matanza y preparar la llegada del invierno? Era un  día especial para la gente de la montaña. Allí se acudía a vender o a mercar o simplemente a pasar el día: dar un garbeo por la feria, tomar unos vasos y comer la asadurilla en casa de Ulpiano el de la gaseosa La Piconera, la ensaladilla rusa en el Borín, los filetes de ternera de la montaña en el Orejas, las mollejas en El Central… Y vuelta a la rutina del pueblo, que la ceba del ganado esperaba. Se me olvidaba: entonces no había coches de alquiler; la bici era el medio más utilizado por aquellos que iban de mirantes; los demás, con sus ganados formando piaras, a pie; y la vuelta de nuevo a pie. Pongámonos en la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta del siglo pasado. Más tarde, nos modernizamos y nos llevaba y traía el coche de línea de Quico.

Dependiendo de la época del año, a la feria se llevaba ganado vacuno, caballar, lanar, caprino, etc. Las ferias eran estacionales. Por san Andrés, León se convertía en la feria por excelencia del ganado caballar del norte de España. Y la feria del gocho en El Cristo de Guardo.

Bien pronto te levantabas aquel día de feria. Y contento. A la hora convenida estabas en la plaza del pueblo con tu vara de avellano; allí se iba a formar la piara de ganado que se iba a llevar a la feria. Ibas a conocer tres pueblos nuevos: La Villa, Pedrosa y Riaño. Había que estar en la feria a primera hora y los catorce kilómetros de carretera había que recorrerlos arreando el ganado que llevabas sin que ninguna res abandonara la piara (Hasta la feria de El Cristo de Guardo había 20 kilómetros y se llevaban los gochos pequeños a vender en el carro (acompañado por el incesante gruñido de los gochines) tirado por vacas por aquellos caminos polvorientos y llenos de baches y huyendo del asfalto tan perjudicial para las pezuñas de las vacas, aunque estuvieran bien herradas). Entrabas en Riaño y pronto te desviabas por la izquierda hacia el ferial, situado en aquella gran explanada junto al río Esla, que se puede apreciar en la foto. Allí se iban concentrado el ganado y los ganaderos de los diversos pueblos, que iban amarrando las reses a postes clavados en el suelo o las mantenían sujetas con el ramal en la mano. Los tratantes habían llegado en sus camiones que aparcaban fuera del recinto ferial. Con sus guardapolvos azules (quizá ya grises por el paso del tiempo)  y su vara de avellano en la mano se dirigían al ferial a comprar. Los había especializados: unos compraban solamente terneros; otros, vacas viejas destino Noreña; otros, novillas; otros, caballos, etc. Raro era el que compraba de todo.

RIAÑO.FOTO AÉREA1

FOTO AÉREA DEL VIEJO RIAÑO

Y se iniciaba el trato. Las reses estaban expuestas en hileras que conformaban diversas calles. El tratante recorría el ferial visionando el ganado. Una vez que lo había visto iniciaba la compra.

—Me gusta esta novilla. ¿Quién es el amo?
— Yo.
 —¿Y cuánto quiere por ella?
— 25 000 pesetas.
— Demasiado cara.

Se iba. El diálogo se volvía a reproducir tantas veces cuantos tratantes se interesaban por el animal y no se cerraba el trato. A veces sucedía que pasado un tiempo volvía alguno de los tratantes que ya había tanteado el animal.

—¿Cuánto me quitas del las 25 000 pesetas?
—Nada.
 —Te doy 20 000.
—¡Quiá! En ese precio ni te molestes. Para que veas que tengo ganas de vender, te quito 500 pesetas.
—Y yo para que veas que me ha gustado la novilla te doy 21 000 pesetas.
—No. En ese precio no hay trato. Te quito otras 500 pesetas y de ahí no bajo ni una peseta.

En ese momento se acercaba algún conocido que había presenciado el regateo e intentaba mediar. Llamaba al dueño y al tratante, les hacía que se dieran la mano derecha, colocaba la suya encima de las dos y decía: «ni pa uno ni pa otro; vamos a partir la diferencia, la novilla vale 22 500 pesetas». En ocasiones se aceptaba la mediación y en otras no. Si se aceptaba la mediación se producía el trato que quedaba sellado con un apretón de manos. A continuación se procedía a registrar el animal: se miraba que tuviera todas las palas, que no estuviera reventado, que no estuviera cojo, que viera bien, etc. Finalizado el reconocimiento, el tratante sacaba sus tijeras del bolso superior del guardapolvos y marcaba el animal: encima de la cadera, junto al espinazo. La compra se había cerrado. Era la señal para el resto de los tratantes de que aquella res estaba vendida. Ya solo faltaba la entrega, que se producía al finalizar la feria. El dueño entregaba el animal al tratante, se cargaba en el camión y el comprador pagaba en efectivo las 22 500 pesetas en que se había realizado el trato, contando en voz alta, de uno en uno, los billetes verdes. (La primera vez que vi tantos billetes de mil pesetas juntos –todavía no había de 5000- no me podía creer que una sola persona pudiera tener tantos).

La ley que regulaba todo el proceso no estaba escrita, pero todos la conocían y todos la respetaban. Por ella se regía el trato. Ya desde el siglo XVI la acuñó el refranero. Dos son los refranes más acertados. Los encontramos en los Refranes de Francisco del Rosal de 1560 y en La philosofía vulgar de Juan de Mal Lara de 1568. El primero de ellos dice así:

Hasta ajustar, regatear;
y después de ajustar, pagar.

(En Siero se utilizaba con la siguiente variante: Hasta ajustar regatear y después a cada uno lo suyo. Joaquín, el de Omaña, que desde joven anduvo alrededor de la mina y después se fue a hacer las américas a Barcelona, cuando se lo dije no me entendía: en sus 59 años no la había oído. Y eso que era de pueblo como yo, pero no había corrido tanto detrás de las vacas ni arreado la piara hasta la feria de Murias).

La mediación o el partir la diferencia, que no era ley, también se recogía en este refrán:

Diferencia partida, venta hecha.

Otros refranes relacionados con la compra regateada son los siguientes:

Bien merca quien no alterca.

Quien bien alterca bien merca.

Quien bien compra por once, bien compra por doce.

El mal pagador ni cuenta lo que recibe ni regatea en lo que le fían.

PIARA DE VACAS ESTREMEÑAS

PIARA DE VACAS

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