VERSOS PARA RELEER Y NO OLVIDAR DEL ROMÁNTICO ESPAÑOL JOSÉ DE ESPRONCEDA

La confusión ha estado en el origen de mi vuelta a Espronceda (1880-1842). Un amigo y seguidor de mi blog me envió un correo solicitando el nombre del autor de la quintilla probablemente más famosa de la literatura española:

Hojas del árbol caídas

juguetes del viento son:

las ilusiones perdidas,

¡ay!, son hojas desprendidas

del árbol del corazón.

Este hecho me obligó a contestarle con una pequeña introducción de la obra a la que pertenecían dichos versos, a la vez que le enviaba la composición completa,  y de paso volví a releer El estudiante de Salamanca, que hacía años que no lo hacía. Y como he visto que en Internet hay páginas que reproducen esta composición plagada de errores y con título inventado, me he animado a plasmarla en este blog como se la envié. La sorpresa fue que me contestó dándome las gracias, pero diciéndome que yo no era el destinatario del mensaje, se había confundido.

El Prado

RETRATO DE ESPRONCEDA REALIZADO POR ANTONIO MARÍA ESQUIVEL (1806-1857)

Pero antes de entrar en la composición poética que me ocupa, ¿quién no ha estudiado a este poeta del Romanticismo español? ¿En qué oídos no ha sonado ese canto a la libertad sin puertos que es la «Canción del pirata»? ¿Y el nombre de Espronceda? ¡Quién no lo sabe!  José. Pues es el que que figura en la partida de bautismo: José Ignacio Javier Oriol de la Encarnación Espronceda Delgado. ¡Menos mal que lo hemos reducido a tan solo José de Espronceda!

No me resisto a transcribir la composición completa, sin copiar antes el inicio del Estudiante de Salamanca porque sus versos me han vuelto a envolver con el manto del misterio fantasmagórico del Romanticismo:

Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrega envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.

Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;

 en que, tal vez, la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.

 El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.

Todo, en fin, a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes…

Y ahora sí vuelvo a la composición a la que pertenece la quintilla del comienzo.

Forma parte del poema narrativo el Estudiante de Salamanca (1840), que lleva como subtítulo Cuento. Es este una leyenda fantástica de contenido simbólico que tiene como protagonista a don Félix de Montemar, un donjuán diferente al de Zorrilla. En concreto, se encuentra esta quintilla en la parte segunda (es la segunda composición) de las cuatro en que se divide el poema, centrada en doña Elvira que, abandonada por don Félix,  enloquece de pesar y muere, después de escribir una apasionada carta a su donjuán. La composición carece de título, está puesta en boca del narrador, tiene como protagonista a Elvira loca de amor y pasión y comienza así:

Blanca nube de la aurora,
teñida de ópalo y grana[1],
naciente luz te colora,
refulgente precursora
de la cándida mañana.

Mas, ¡ay!, que se disipó
tu pureza virginal,
tu encanto el aire llevó
cual la ventura ideal
que el amor te prometió.

Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
las ilusiones perdidas,
¡ay!, son hojas desprendidas
del árbol del corazón.

¡El corazón sin amor!
¡Triste páramo cubierto
con la lava del dolor,
oscuro, inmenso desierto
donde no nace una flor!

Distante un bosque sombrío,
el sol cayendo en la mar,
en la playa un aduar[2]
y a lo lejos un navío
viento en popa navegar;

óptico vidrio presenta
en fantástica ilusión
y al ojo encantado ostenta
gratas visiones, que aumenta
rica la imaginación.

Tú eres, mujer, un fanal[3]
transparente de hermosura.
¡Ay de ti, si por tu mal
rompe el hombre en su locura
tu misterioso cristal!

Mas, ¡ay!, dichosa tú, Elvira,
en tu misma desventura,
que aún deleites te procura,
cuando tu pecho suspira,
tu misteriosa locura:

que es la razón un tormento,
y vale más delirar
sin juicio, que el sentimiento
cuérdamente analizar,
fijo en él el pensamiento.

firma


[1] Ópalo y grana = Color rojo
[2] Aduar: Pequeña población de beduinos, formada de tiendas, chozas o cabañas.
[3] Fanal: Campana transparente, por lo común de cristal, que sirve para que el aire no apague la luz puesta dentro de ella o para atenuar y matizar el resplandor.

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Una respuesta a VERSOS PARA RELEER Y NO OLVIDAR DEL ROMÁNTICO ESPAÑOL JOSÉ DE ESPRONCEDA

  1. Gran poema y gran Espronceda. Solemos tener la mala costumbre de sacar las cosas de contexto y perdernos el todo y lo que es peor, algunos incluso lo modifican, censuran o modernizan sin criterio y, ciertamente, encuentras auténticas aberraciones literarias en la red. Gracias por compartir buenas versiones 😉

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