19 de marzo: Cuando la hila se acababa

Con esta afirmación tan taxativa, la del título, comentaba no hace mucho tiempo Rosa María Lario, de La Uña, la fecha en la que se terminaba LA HILA en su pueblo: el día de la fiesta de san José de marzo —y con fiesta moceril—, que entonces era fiesta de las de guardar, y no como ahora que se trabaja todos los días, sean fiestas o no lo sean. Se lo había oído en reiteradas ocasiones a su abuela, que ella ya no fue de las hileras. Cuando le llegó la mocedad, ya había desaparecido la hila. Preguntada por la razón, la respuesta fue también rotunda y en primera persona, como si ella lo hubiera vivido. Era una forma de recrear el pasado del que le habían hecho depositaria. «Es que estábamos ya en primavera y había que comenzar las tareas agrícolas y ganaderas propias de estas fechas, comenzaba la faena y había que madrugar más. Normalmente la nieve ya se había ido, los días eran más largos que los del duro invierno y comenzaba a salir al campo el ganado vacuno joven, porque las ovejas y las cabras solo se quedaban en la cuadra cuando había mucha nieve: en el momento que había una terreñera, ya se soltaban, que había poca yerba y esta era para las vacas. También había que comenzar a arar de nuevo –en unos caso arromper y en otros abinar– las tierras para prepararlas para sembrar el trigo, la cebada, la corricasa, la avena y el centenico, sin olvidar la preparación de los huertos caseros con arado o con azada en los que se comenzaría plantando las cebollas y los ajos. Tampoco había que descuidar la preparación de las tierras de las patatas, que luego llegaba el mes de mayo —allá para el quince— y había que sembrarlas (Recuerdo en mis tiempos mozos haber ido varios años a arar las

SAN JOSÉ, DE CORREGGIO (1517)

SAN JOSÉ, DE CORREGGIO (1517)

linares el día de Jueves Santo por la mañana para aprovechar el día, porque por la tarde había que ir a los oficios). Otra labor requerida era la de la preparación de los prados: rastrearlos para deshacer el abono y las ratoneras, hacer nuevas presas y limpiar las ya existentes para que estuvieran preparadas para el tiempo del riego. Y todo suponía levantarse primero y no dormir tanto como en el invierno, donde la tarea principal era atender el ganado a dos o tres horas, dependiendo de pueblos y gentes».

Volvamos atrás y explícanos qué es eso de la hila. «Bueno, hace ya muchos años que no hay hilas. Allá por los años sesenta, o igual antes, se acabó. La hila era una reunión de los mozos y las mozas del pueblo en la cocina de un vecino, al amor del fuego, después de la cena para charlar y divertirse: los hombres charlaban y jugaban a las cartas; las mujeres  charlaban y hacían calceta abierta. A veces, la partida era mixta». ¿Y los viejos y los niños? «¡Que a la hila no iban los viejos, ni los casados ni los niños! Te repito que la hila era cosa de mozos y mozas –lo dice casi enfadada-; había casos en que los casados iban a casa de familiares o amigos, pero uno o dos, y eso no eran hilas».

Se iniciaba la hila después de cenar y de salir los mozos de la escuela de cuentas (Durante el invierno los mozos iban a clase por la noche, de siete a nueve aproximadamente; se llamaba ir a cuentas. Esto era así en la dura postguerra, porque más adelante, allá por los años sesenta,  ya iban también las mozas). Duraba aproximadamente hasta las doce de la noche.

LA UÑA (LEÓN) EN TIEMPOS DE LA HILA

LA UÑA (LEÓN) EN TIEMPOS DE LA HILA

Entra en la conversación Antonio Ibáñez —conocido en el pueblo como Antón el de la tía Mercedes—, que vivió muchas porque había nacido en 1919 y completa la historia con otras informaciones muy interesantes. «Hasta 1946 asistí a la hila; lo dejé porque ese año me casé. La hila venía de antiguo, lo comentaban los más viejos del lugar. Y se llamaba así porque entonces las mozas llevaban la rueca y el huso para hilar la lana de oveja o el lino y hacer aquellas ovaladas mazorgas; en ocasiones llevaban también el husiello para convertir las mazorgas en ovillos. Desde 1922 alumbraba la sesión una tenue lucecilla, que

MUJERES HILANDO

MUJERES HILANDO

luchaba por salir de la bombilla, y es que ya funcionaba la fábrica de la luz en La Uña por entonces; pero antes, se celebraba a la luz del candil y de la lumbre, de la luz que brotaba de las llamas de aquellas cocinas que tenían el hogar en el medio». Añade que a la brisca no solo jugaban los hombres, sino también algunas mozas, que las había que sabían tanto y más que los hombres: dirigían la partida (brisca, fea, pasa, pon un triunfín, sube, el as, etc.), llevaban el control de los tantos y de los triunfos, no dejaban pasar una seña… También se utilizaban las hilas para ciertos galanteos, pero con mucho disimulo y cuidado, que no estaba permitido: miradas, roces, palabras, etc. Lo principal, recalcan Antón y Rosamari, era divertirse, pasar un buen rato de las largas noches de invierno cuando se hacía de noche a las seis y no amanecía hasta las ocho.

Vuelven los recuerdos y las preguntas. ¿No se hacía fiesta de vez en cuando? Contesta Antón que en ocasiones señaladas y tenían que ser gratis. Unas veces, la fiesta consistía en robar en casa de los vecinos del pueblo alguna morcilla, un chorizo, un queso, unos huevos, unas patatas, etc., y ya estaba la sobrecena: tortillas acompañadas de morcilla y chorizo, con queso como postre. ¿Y el vino y la copina de orujo? Para eso había que ingeniárselas, que no había ni una peseta: las perronas y las perrinas eran escasas, así que no te digo nada de las pesetas… En otras ocasiones, la sobrecena de la fiesta era más ligera: se reducía a chocolate con pastas y unas copinas. Y todo ello adobado con buen humor, risas y cantos. Aquí sí que se cantaban coplas y romances de los de antes.

En aquellos tiempos de la posguerra, el pueblo estaba lleno de gente; los mozos y las mozas eran muchos. Por eso, no solo había un lugar de hila. En La Uña —continúa Antón— había dos hilas: la de casa de Elisa, que era de mozos y mozas, y la de casa de María, que era sola de mozas. Esta última reunía a las que se creían más que los demás, apostilla Rosamari, que en los pueblos siempre hubo ricos y pobres. Años después, fueron cambiando los lugares de la hila y parece ser que la cocina que la vio desaparecer fue la de Vicente, en la casina, allá por el año 1962, aunque en esto no hay acuerdo. Antón cree que fue antes su desaparición.

Nos quedan dos asuntos por tratar. El primero: ¿cuándo se iniciaba la hila? Aquí interviene Antón de nuevo para indicar, con su autoridad de hombre mayor y de más experiencia por sus muchos años de hilero, que en el samiguel, allá por La Feriona de noviembre, más o menos, que la fecha venía dada por la llegada de la nieve y la necesidad de encuadrar el ganado y dejar toda actividad que no fuese atender a este, hacer madreñas en la portalada o abrir la vereda de las calles para poder andar en madreñas y no tener que utilizar los barajones.

Y esto –dicen al unísono los dos- es lo que era la hila. Entonces surge una nueva pregunta evidente y no prevista, desde que León, su Universidad y sus literatos han convertido los filandones en reuniones a las que acuden sesudos literatos que leen, cuentan, recitan y discuten sobre temas literarios —ya no se charla sobre la vida cotidiana acaecida en los duros días de invierno de los pueblos montañeses. La pregunta fue la siguiente: ¿se leía algún libro en voz alta, o lo que es lo mismo, se hacía una lectura para todos de alguna novela de moda o de alguna vida de santo de las recomendadas por el cura; era habitual que alguien contara cuentos o historias de antes? ¡Quiá, de leer nada! Y de contar cuentos o historias, tampoco; eso lo hacían los abuelos a sus nietos en casa –que entonces la familia era más amplia que ahora y no se abandonaba a los abuelos en residencias- o en las reuniones familiares –mata del gocho, Nochebuena, el cumpleaños- donde había viejos y jóvenes, hombres casados y solteros, mujeres solteras y casadas, niños y niñas.

RADIO2

No podía finalizar este interesantísimo tema sin abordar la segunda cuestión de la que hablé arriba. ¿Cuándo se acabaron las hilas? Antón vuelve a hacer gala de su prodigiosa memoria, a pesar de sus 96 años, y dice que a la hila la mató la radio y a este la televisión. La primera que vez que oyó la voz de la radio en La Uña fue en 1922, en casa del maestro Barrallo, que había llevado a los chavales de la escuela a oírla. Dice que lo de oírla es un decir, porque se oía más ruido que palabras. La primera radio estuvo en casa de Bonifacio Cimadevilla, allá por 1942; poco a poco, se fue convirtiendo en una voz más de las cocinas de los vecinos del pueblo. Cuando llegaron las primeras radios a La Uña, aquellos aparatos grandes con su voltímetro negro al lado, la gente iba a escucharla a casa del vecino que la había comprado, que en principio fueron muy pocos. Gustaba oír los famosos seriales y, sobre todo, el parte. Además, como la censura franquista solo dejaba oír lo que le interesaba, las noticias preferidas eran las de Radio Andorra («Aquí Radio Andorra, emisora del Principado de Andorra», era su cartel de presentación); Radio España Independiente, La Pirenaica (emisora del PCE), o Radio París (nombre con que se conocían las emisiones en español de RTF), en silencio, y con la voz del aparato baja porque estaba prohibido oír estas emisoras rojas; el dueño siempre atento a los ruidos externos, no fuera a ser que estuvieran escuchando los guardias y vinieran los problemas. Y con la radio –añade Rosamari- acabó la tele. Se acuerda de la primera que entró en el pueblo: la del mozo Venancio Pellón, su pariente, hacia el año 1968. Desde que se fueron abaratando y todos pudimos comprar una, más grande o más pequeña, la radio ya no se escucha, si acaso se lleva cuando vas con la vecera para no aburrirte.

TELEVISIÓNAsí que la radio mató a la hila; a esta la mató la televisión, y todo sin querer ni darse cuenta nadie, que este es el sino de los cambios y del paso del tiempo.

Y esto es lo que fue la hila en La Uña, y más o menos lo mismo fue en el resto de los pueblos de la montaña de Riaño. Me atrevería a decir en las montañas de León, bien se llamara filandón, fiandon, filandero, filadero, fiandeiro, filandoiro, filorio; bien se llamara hila, jila, hilandoiro; bien se llamara calecho.

 ADDENDA: humeros revienta hilas

Los no mozos y mozas —que a ese estado no se llegaba hasta los 16 años, cuando tras pagar un cántaro de vino como canon se pasaba a formar parte de la Sociedad de Mozos—, cuando las hilas se hallaban en su estado álgido, regalaban a sus partícipes con un buen humero, bien cargadito. Era este un brasero al rojo vivo en el que se vertían gallinazas, azufre y pimiento y que producía un humo que resultaba más picante que el ají o guindilla más picante del mundo. Se tenía que colocar en el portal de la casa en silencio y, si había tiempo, se ataba la puerta de entrada para que no la pudieran abrir al primer intento. Y a esperar, escondidos, a ver la reacción. No tardaba la reacción: se abrían las ventanas, se escuchaban las toses y los improperios y el forcejeo con la puerta de la calle en su intento de abrirla; cuando esta dejaba ver la luz de la cocina,  la carrera estaba asegurada y al que alcanzaban le esperaba una noche caliente en la cama.

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