ASUSTADORES DE NIÑOS: (3) «LOS LOBOS»

Una única leyenda, en vez de las cuatro previstas, constituye esta tercera entrega de asustadores de niños. Al final, ella sola se ha bastado para llenar el post. Vuelvo a insistir en que las ya publicadas con anterioridad, esta y las tres que quedan fueron las que yo oí de boca de mis mayores y viví en Siero (León)[1], sin que ello signifique, ni se ha pretendido nunca, que con en este conjunto se agote el repertorio general de asustaniños en España, que es amplísimo: más de 150 cita Dingo en «Cocos o asustaniños en el folclore ibérico», http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=1470.

LOBO

CANIS LUPUS

Los lobos siempre han sido temidos por grandes y pequeños en todos los pueblos de la cultura griega y romana, a pesar de que la tradición romana afirme que los hermanos gemelos Rómulo y Remo fueron alimentados por una loba. El miedo que inspira este animal salvaje lo atestiguan los numerosos autores que a lo largo de la historia han escrito tratados de historia natural o sobre cacerías, en los que el lobo ha sido objeto de análisis. Se le teme porque con el ganado se muestra voraz cual no lo hace otro animal salvaje. Se caracteriza por matar todo lo que puede antes de comer, mientras que el resto de los animales salvajes, como norma general, matan para comer. Sentado lo anterior, se cuenta que cuando tiene hambre y no tiene ganado al que atacar, si se presenta el hombre también es atacado. En el encuentro entre el lobo y el hombre, se dice desde la Antigüedad que, si el lobo es el que primero ve al hombre, a este se le eriza el vello, enmudece y se paraliza, momento que el lobo aprovechará para atacarle. De esta pérdida del habla tenemos testimonios en Plinio el Viejo, Historia Natural, VIII, 80, y en Teócrito, Idilios, XIV, 23. Así lo cuenta el poeta Virgilio:

vox quoque Moerim
iam fugit ipsa: lupi Moerim uidere priores

«hasta incluso la voz falta a Meris:
antes que Meris los viera, los lobos a él lo avistaron».
(Bucólicas, IX, vv. 53-54)

Esta creencia la hallamos también en Bernardo de Valbuena (1568-1627),  uno de los numerosos escritores españoles que en español la han ido transmitiendo a lo largo de la historia y que yo escuché en numerosas ocasiones de boca de mis mayores, que afirmaban haberlo experimentado:

La voz también, cual ves, quiso dejarme,
y los lobos primero a mi me vieron
que yo pudiese dellos recatarme.
(Siglo de Oro en las selvas de Erífile, Égloga VII, vv. 73-75 del poema segundo)

Por ello, no es de extrañar que se haya convertido en asustaniños para que estos no abandonen en sus juegos el núcleo urbano y se olviden de sus excursiones campestres sin la compañía de los mayores: podía aparecer el lobo en cualquier momento u oirse su terrible y espantoso aullido. Y desde luego que surtía efecto en una zona en la que el lobo siempre ha sido un habitante asiduo de los montes leoneses y bien conocido de sus habitantes.

De niños, allá por la década de los años 50 del siglo pasado,  convivíamos con la madre Naturaleza durante todo el año. Vivíamos en medio de ella, rodeados por ella. Conocíamos su flora y su fauna. En primavera recorríamos los prados de La Serna y comíamos acederas, tallos, lechugas, etc. Buscábamos cilingreñas en La Cuesta. Pateábamos el pueblo y el entorno en busca de nidos, como ya conté en otros post. Recogíamos la flor de la cirisuela en mayo. En el verano ayudábamos a recoger la hierba y la paja. En el otoño hacíamos la madurera para el invierno de manzanas del monte, ayucos y avellanas. Y en invierno, el frío y la nieve nos mantenía en casa o haciendo resbaleros para competir a ver quién era el que más metros recorría. No me olvido, de nuestra obligación fundamental: de septiembre a junio íbamos a la escuela, en jornada de mañana y tarde.

También conocíamos la fauna bien a través de experiencias en vivo, bien a través de la contemplación de animales muertos. En nuestras tareas de ayuda en la casa, éramos pastores de corderos, chivos o jatos; ayudantes en las veceras de cabras, ovejas y vacas, y también ayudábamos a recoger la hoja del monte para las cabras y las vacas, íbamos a bellotas, gamones y cardos para los cerdos, etc. En todas estas actividades teníamos la oportunidad de conocer a la raposa, el esguilo, el corzo, el venado, el jabalí, la garduña, la liebre, el turón… Sin embargo, había dos animales salvajes que más que conocerlos los imaginábamos, su visión para los pequeños era imposible: el oso y el lobo. El oso estaba protegido y no se podía matar. Y el lobo… muchas veces vi ovejas y cabras mordidas por este animal salvaje, pero verlo… casi ni muerto. Vagos recuerdos tengo de que en alguna ocasión algún vecino de poblaciones no muy lejanas había matado un lobo e iba a pedir con él al pueblo… Así que la imagen del lobo como animal salvaje temido por todos, enemigo de todos los lugareños por los daños que causaba en la cabaña ganadera a pesar de perros mastines tan buenos como el Cholo y el Chato y atacante del hombre, era personaje más imaginado que real, modelado por los relatos de los mayores y por las recreaciones imaginativas nuestras. Además, cuando la noche era de las que la oscuridad no dejaba ver absolutamente nada oíamos decir a nuestros mayores que «era más oscura que la boca del lobo»; el peligro extremo con resultado de muerte se escenificaba en la frase «se metió él solo en la boca del lobo», etc.

Así pues, primero fue el relato de los mayores, las experiencias siempre negativas y después será el cuento infantil el que contribuya a acrecentar el miedo al lobo haciéndole uno de los asustadores más temidos al verte mordido por sus afilados dientes y desgarradas tus carnes. ¡Cuántos sueños terribles tenían como protagonistas los lobos! Algunos ejemplos de cuentos:

  • Caperucita es atacada por el lobo.
  • Los tres cerditos son perseguidos por el lobo.
  • El lobo quiso engañar a las siete cabritillas
  • Pedro se reía del lobo hasta que este mató sus ovejas
  • Bella será rescatada por Bestia de unos lobes feroces.
  • Blancanieves, perdida en el bosque, solo verá ojos de lobos.
  • Etc.

Como en el caso del coco, también se ha convertido inexplicablemente hasta donde yo sé en protagonista de canción de cuna en la que el emisor/a se comporta de manera amenazante. Me recuerda mi hijo esta nana de versos hexasílabos, que le cantaba su madre:

Duérmete, niño,
duérmete ya,
que viene el lobo
y te comerá.

Esta es de Olmeda del Rey (Cuenca), de versos octosílabos:

A dormir, que viene el lobo
y si no, viene la loba
preguntando de casa en casa
cuál es el niño que llora.
(Recogida por Pedro Cerillo)

De Barrado (Cáceres) es la siguiente, de versos hexasílabos:

Duermite, niñu,
que viene el lobu,
y se lleva a los niñus
que duermin pocu.
(Recogida por Fernando Flores del Mazo)

Ahora os quiero contar una historia, como colofón,  de las que adoban las leyendas de asustaniños, que oí a mi padre y que había sucedido en el pueblo vecino de Valverde de la Sierra (León) a comienzos del siglo XX. Es, evidentemente, una historia de lobos y de miedo. Es una historia que nos traslada, como muchos otras que se narran en los libros de zoología a lo largo de la historia, la visión negativa que se tenía del animal, el cual, a pesar de ser domesticado en apariencia, no puede escapar de su naturaleza y acaba siendo la bestia sanguinaria de siempre.

VALVERDE DE LA SIERRA (LEÓN)

VALVERDE DE LA SIERRA (LEÓN)

Como decía, en Valverde de la Sierra vivía un practicante (personal sanitario asimilado a lo que hoy en día son los diplomados universitarios en enfermería) allá por los años de comienzos del siglo XX. Su radio de acción eran todos los pueblos de su entorno, tanto palentinos como leoneses. Su medio de transporte era un hermoso caballo negro de amplio pecho y pata fuerte, de resistencia inagotable, de los que por allí se llamaban percherones. Se hacía acompañar en sus desplazamientos de un lobo-perro, que había rescatado en medio del monte en uno de sus viajes cuando apenas tenía unos días. Lo había llevado a su casa y allí lo había domesticado como si fuera un perro. Durante años fue su fiel compañero de viaje y guarda de su domicilio. En una fría mañana del mes de noviembre, cuando ya las primeras nieves habían hecho acto de presencia, se presentó en su casa de Valverde un vecino de Portilla de la Reina para solicitar que atendiese a un familiar enfermo. Demandante y practicante se pusieron en camino desde Valverde hacia Portilla subiendo por el valle de Valdeguña hasta llegar a la collada de Valderreros donde tomaron el camino de córdel (esa vía creada por la toda poderosa Mesta en la Edad Media por la que los rebaños de merinas subían en primavera a los puertos montañeses y bajaban en otoño a las tierras de La Mancha y Extremadura para invernar, huyendo de los rigores del invierno y de falta de pasto para los ganados). Siguiendo este, dejaron atrás La Loma del Águila, atravesaron las calares de la falda de La Rasa, dejaron atrás los montes de Barniedo y llegaron a Portilla. Allí atendió el practicante al enfermo y después de reponer fuerzas retomó de nuevo el camino hacia Valverde hollando ya una leve capa de nieve, que no era impedimento en el caminar de su fuerte caballo. Quisieron acompañarle dos mozos de Portilla, pero él se negó: había hecho muchas veces el camino y, además, iba acompañado por su fiel compañero el lobo-perro, que en caso de necesidad confiaba en que le defendería. Transcurría su camino sin incidencias, de forma monótona, cuando al llegar a la varga Espayo, todavía lejos de su destino y bien entrada la tarde, oyó el aullido de una manada de lobos en La Corona. Cuál sería su sorpresa cuando su lobo-perro contestó a sus hermanos de sangre. Antes nunca lo había hecho, por eso no le dio mucha importancia, aunque sí tomó dos precauciones: poner al trote a su caballo y dejar a mano la escopeta cargada de gatillos a la vista que siempre le acompañaba guardada en una de las alforjas. Pasado un tiempo, notó que el vello se le erizaba y vio por el rabillo del ojo que le venía siguiendo la manada de lobos: cinco. Como el caballo ya iba cansado, no tardaron en darle alcance; él estaba preparado con su escopeta y confiado en su defensor: su lobo-perro. Pero hete aquí que cuando los lobos llegaron a su altura su fiel protector se unió a la manada y fue el primero que intentó saltar sobre las ancas de su caballo para derribar a este y a su jinete: había dejado de ser lobo-perro para convertirse simplemente en lobo. Se pudo defender gracias a los disparos de su arma y al trote de su caballo. Su lobo-perro le había traicionado y se había vuelto con sus hermanos de manada. Cuando llegó a Valverde, ya entrada la noche y visiblemente nervioso contó lo sucedido; algunos no se lo podían creer, pero los más viejos del lugar le volvieron a recordar lo que él se había negado a aceptar: que el lobo nunca dejaría de ser lobo, o lo que es lo mismo, que estos animales salvajes nunca podrían ser domesticados como sus hermanos los perros y que tarde o temprano quebrantan su lealtad.

PORTILLA


[1] Recordemos, una vez más, que estas leyendas pertenecen a la literatura tradicional  y que su canal de transmisión es el oral, de generación en generación, y que en un momento determinado se puede romper dicho canal.

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Una respuesta a ASUSTADORES DE NIÑOS: (3) «LOS LOBOS»

  1. Luis Fuente dijo:

    Leyendo tu post se me viene a la mente una nana que siempre oí en casa:

    Duérmete niño,
    duérmete ya,
    que viene el lobo
    y te comerá

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