ASUSTADORES DE NIÑOS: (2) «EL COCO», «EL TÍO DEL SACO», «EL TÍO DEL UNTO» Y «EL TÍO DE LA SANGRE»

Continuamos con el segundo capítulo de las leyendas que tienen como protagonistas a los asustadores de niños dentro del folklore popular leonés, que tienen escaso contenido narrativo,  y que fueron oídas y vividas en primera persona en Siero (León) en el siglo pasado, allá por los años cincuenta. Le toca el turno al coco y a los tíos del saco, del unto y de la sangre. Todas ellas muy efectivas en el sistema educativo familiar de entonces.

EL COCO es sin duda la leyenda más conocida de cuantas se utilizaban para meter miedo a los niños. Se podría decir que es de alcance universal, ya que los registros no solo son de España y Portugal, sino también de numerosos países hispanoamericanos donde aparecen  con nombres muy parecidos: côco, coco, cucay, cuco, cuca, etc.

EL COCO es sin duda la leyenda más conocida de cuantas se utilizaban para meter miedo a los niños. Como ha escrito Federico García Lorca, forma parte del mundo infantil.[1] Se podría decir que es de alcance universal, ya que los registros no solo son de España y Portugal, sino también de numerosos países hispanoamericanos donde aparecen  con nombres muy parecidos: côco, coco, cucay, cuco, cuca, etc.

El coco en Siero es un personaje cuya fisonomía se desconoce, desdibujado, pero que causa mucho miedo.

Se trata de una abstracción poética, y, por eso, el miedo que produce es un miedo cósmico, un miedo en el cual los sentidos no pueden poner sus límites salvadores, sus paredes objetivas que defiendan, dentro del peligro, de otros peligros mayores, porque no tienen explicación posible.[2]

El niño lo considera como un personaje real, desconocido, peligroso y malvado, pero no de ficción, que es lo que es en la realidad de la narración adulta. Los destinatarios de la leyenda son los niños pequeños: desde los recién nacidos hasta los que tienen uso de razón. Va siempre unido a la oscuridad, ese mundo mágico y simbólico por los peligros fantasmagóricos que encierra, y simboliza el miedo a lo desconocido. Por eso, se utilizaba para que fuéramos obedientemente a la cama, nos durmiéramos pronto y, sobre todo, no abandonáramos la cocina durante la noche. Abrir la puerta de la cocina, después de haber oído ruido en el portal o en las habitaciones superiores era correr todo un riesgo: encontrarte con el coco. No digamos nada de si se nos ocurría asomarnos a la puerta de la calle en una noche de gélido frío y oscuridad cerrada. Considérese que entonces no había iluminación pública.

Mucho se ha discutido sobre el origen y la caracterización física del coco. Lo cierto es que no hay consenso entre los estudiosos. Hay quien sostiene que su origen está en Brasil, amparándose en que el término español coco viene del portugués, como señala la RAE (COCO: fantasma con que se mete miedo a los niños). Como decíamos, tampoco hay un acuerdo sobre su apariencia física, ya que dependiendo del país puede ser un monstruo indefinido, un dragón, un bulto, un hombre con cabeza de calabaza o coco, un monstruo, etc. También desconocíamos el lugar en el que se escondía. Solo sabíamos que estaba oculto y dispuesto a aparecer en cualquier momento saliendo de la oscuridad.

La datación de este asustaniños en España es temprana. Lo encontramos ya en la Edad Media en el Cancionero de Antón de Montoro (1445). De 1518 es el Auto da barca do Purgatorio de Gil Vicente, en el que se halla una canción de cuna portuguesa cuyo protagonista es el coco. El texto literario más conocido de nuestra literatura se halla en el Lazarillo de Tormes (1554). En el tratado primero, Lázaro tiene un hermano («mi madre vino a darme un negrito muy bonito») de padre negro:

«como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:

—¡Madre, coco!
Respondió él [el padre] riendo:
—¡Hideputa!»

Llama la atención en este monstruo el hecho de que se haya convertido en el protagonista de una canción de cuna o nana, esas canciones que seguramente desde los inicios de la civilización todos los pueblos han cantado a los niños y que tendrían como objetivo arrullar a los bebés para que se durmieran mecidos por los sonidos armónicos de la canción. Nana que combina palabra, música y vaivén, y que es esencialmente efectividad.  Por eso, digo que llama la atención el hecho de que se utilice la archiconocida nana del coco para dormir a los bebés; en ella, el personaje asustañiños es el protagonista de la canción que va dirigida a niños que no entienden todavía el idioma y, por tanto, no pueden reaccionar ante la amenaza:

Duérmete, mi niño,
que viene el coco,
y lleva a los niños
que duermen poco.

Duérmete, niño,
duérmete ya
que viene el coco
y te comerá.[3]

¿Cómo se ha producido el cambio? ¿Cuál es la razón de su uso? ¿Quizá haya creado esta nana la impotencia de la madre cansada de arrullar a su hijo y de que este no se duerma? ¿Será un intento desesperado, el último recurso, aunque irracional, de trasladar al bebé el efecto certero que el coco produce en el niño mayor? Muchas son las preguntas y nulas las respuestas ciertas que tengo tanto del porqué como del proceso seguido.

Las tres leyendas restantes de este capítulo tienen varios elementos en común: van dirigidas a niños con uso de razón; el miedo a la muerte violenta; se utilizan para que el niño no se separe del entorno cotidiano conocido y dominado, no se aleje del pueblo; y la prevención en el trato con las personas que se acercan al entorno y son desconocidas. ¡Cuántas veces huimos despavoridos y llegamos a casa sin resuello al encontrarnos con algún desconocido en los alrededores del pueblo o ver parar a algún vehículo en la carretera! El miedo que nuestros mayores nos habían metido en el cuerpo con los asustadores de niños era la alarma que se activaba y que iba actuar en esos momentos como recurso de autoprotección.

La de EL TÍO DEL SACO cuenta que llegará un hombre desconocido y a los niños que se hallen fuera de su ámbito familiar se los llevará al hombro metidos en un saco para degollarlos.

Relacionados con la medicina, estarían las leyendas del tío del unto y el de la sangre. La primera, EL TÍO DEL UNTO,  hace referencia al hecho de que hombres malvados se acercan a los pueblos en coche y secuestran a los niños para sacarles el unto (unto es el término que se utiliza en la montaña oriental leonesa para referirse a la grasa de los cerdos y, en este caso, la de origen humano) y venderlo clandestinamente con fines medicinales espurios.

EL TÍO DE LA SANGRE es similar al anterior. En este caso, el rapto y la posterior muerte tienen como fin  sacar la sangre del cuerpo del niño y venderla igualmente de forma clandestina con fines medicinales espurios, como curar la tisis.

Es muy posible que tanto esta leyenda como la anterior tengan un fondo de realidad: el secuestro y muerte de algún niño del que se dijo que había sido utilizado para los fines que antes he mencionado. No es de extrañar que relatos macabros de este tipo, con muerte violenta de niños,  hayan aparecido en pliegos de cordel o formado parte de aquel periódico sensacionalista que se llamaba El Caso, que se nutría de lo más sórdido y macabro que producía la sociedad.


[1] «Canciones de cuna españolas», en Obras completas, México, Aguilar, 1991, T. III, pp.282–300.

[2] Ibídem, p. 289.

[3] Son dos estrofas de arte menor, de versos hexasílabos, con rima consonante en la primera y asonante en la segunda  en los versos pares; se trata de dos coplas. Para los interesados en el tema, existe una recopilación extraordinaria de nanas acompañada de CD: María Menéndez-Ponte y Ana Serna Vara, Duérmete, niño. Antología de nanas, SM, Madrid, 1999.

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