EL ÚLTIMO CALERO DE LA UÑA (LEÓN)

Quizá sería conveniente comenzar este post aclarando con qué significado utilizan los  usuarios de la lengua española en La Uña (León) y su entorno la palabra calero, así como su categoría gramatical, ya que su uso no coincide con la normativa del DRAE. Seis son los significados que de dicha palabra da el diccionario de la RAE y dos categorías gramaticales las que admite. Como adjetivo, tanto en femenino como en masculino, se usa para referirse a lo «Perteneciente o relativo a la cal» o «Que participa de ella». Estos significados no nos interesan por no se de uso en este lugar. Como evidencia el título, aquí lo estoy utilizando como sustantivo masculino. Y en esta categoría gramatical el DRAE da dos significados: «Hombre que saca la piedra y la calcina en la calera» y «Vendedor de cal». Ninguno de ellos se ajusta a nuestro uso y tampoco es utilizado allí. Como sustantivo femenino, calera, aparecen los dos últimos significados en el DRAE: «Cantera que da la piedra para hacer cal» y «Horno donde se calcina la piedra caliza». Con este último significado, el de horno, es con el que exclusivamente se utiliza en esta comarca y con el que nosotros utilizaremos la palabra en este post, pero no en femenino, sino en masculino: el calero. Aquí tenemos, pues, un desvío en el uso de la lengua estándar española y un uso peculiar del habla de La Uña y su zona. Es lo que se conoce en lingüística como una variante diatópica, de posible origen dialectal.[1]

Entremos ya en materia. Desde hace décadas, la CAL ha sido prácticamente relegada al olvido como material «ligante» en los morteros de la construcción. El cemento, nacido en 1824 en Pórtlan (Inglaterra) le ha ganado la batalla del uso. Sin embargo, hoy se está produciendo un movimiento reivindicativo de la cal a cargo de los defensores de la llamada «bioconstrucción» por sus ventajas frente al cemento, al ser un producto natural, y vuelve a ser utilizada.

» cal aérea

Antes de seguir adelante, tengo que aclarar que aquí me referiré solamente a la cal aérea, que era la que se utilizaba en La Uña y su entorno en la albañilería,  y no a la dolomítica ni a la hidráulica. La primera, la aérea, es la que se obtiene de la roca caliza pura y endurece en contacto con el aire una vez ha perdido el agua del amasado.

» el mortero

La cal forma parte de un tipo de mortero utilizado como material de construcción en la albañilería conocido como argamasa o pasta –nombre este último con el que comúnmente se conoce en la cantería-, que es una mezcla de cal, arena y agua en diversa proporción y que se utiliza como asiento y enlace de la piedra -u otro material- utilizada en la construcción de una pared o muro. Según Antonio Ibáñez Valdeón (n. en 1919), cantero de profesión toda su vida, la proporción utilizada era la siguiente: seis paladas de arena por una de cal; el agua, la necesaria hasta conseguir una pasta untuosa que pudiera moverse con facilidad con la paleta.[2] Si la calidad de la arena no era la adecuada porque contenía tierra, debía subirse la proporción de cal. Esta nueva mezcla quedaba al saber del maestro cantero.[3] Como norma general para presupuestar un trabajo de albañilería, se consideraba que con un metro cúbico de cal viva se podían edificar unos 40 metros cuadrados de pared de piedra de entre 50 y 55 centímetros de espesor.

Además del mortero, la cal se utiliza en revestimientos y pinturas. Su función es la de servir de aglomerante entre los diversos materiales que se mezclan. Al secarse, constituye un cuerpo sólido, duro y resistente.

» obtención y antigüedad en el uso de la cal

La cal se obtiene de la roca caliza pura (carbonato de calcio) sometida a un proceso de cocción de unos 900 grados de temperatura, que conlleva la pérdida aproximada de un 45 % de su peso por la evaporación del gas carbónico.

Su utilización es muy antigua. Se ha encontrado ya mortero de cal en el asiento neolítico[4] de Çatalhöyük (Turquía), conjunto urbano mejor conservado en Oriente Próximo. También se utilizó en el Antiguo Egipcio, en el imperio Asirio, en el mundo griego y romano; igualmente lo utilizó el pueblo maya, el inca y el azteca, así como las primeras dinastías chinas. El libro más famoso de arquitectura de la Antigüedad grecorromana es el de Vitrubio (s. I. a. C.) titulado Los diez libros de arquitectura, que he citado en nota a pie de página. En él, encontramos ya un capítulo entero dedicado a la cal: el cinco del libro dos, cuyo título es «De la cal y elección de la piedra para cocerla». En otros capítulos aparece como elemento integrante de los morteros, de los estucados o de las pinturas. Esto es solo un ejemplo de la importancia que la cal tenía en la construcción y de los diversos usos que se le daban ya.

En La Uña, y en su zona, la cal se utilizó hasta que la piedra dejó de ser usada como materia de construcción en las paredes de edificios o muros, sustituida por el ladrillo o los bloques,  que utilizaban como aglomerante el cemento. En la década de los ochenta del siglo pasado fue cuando se dejó su uso general, utilizándose después de forma esporádica.

Como ya se ha dicho, la cal se obtiene de la roca caliza pura, abundante en La Uña y su entorno, pues no en vano se halla en las estribaciones del gran macizo calizo de Picos de Europa. Se producía

IMG_20141007_133004LA PEÑA DE LA TORBENERA, UNA DE LAS ABUNDANTES MUESTRAS DE ROCA CALIZA EN LA UÑA

en hornos artesanales construidos en las cercanías de los lugares en los que se hallaba la roca caliza. El producto obtenido del horno se llama cal viva –piedra blanquecina- (óxido cálcico) que se había de convertir en cal muerta –pasta blanca untuosa- (hidróxido cálcico) para su uso en la albañilería. Este proceso se lleva a cabo mojando la piedra de cal viva con agua, cuyo contacto provoca una reacción química que desprende una gran cantidad de calor, deshace la piedra y la convierte en pasta.

La calidad de la cal muerta varía dependiendo del grado de pureza de la roca caliza utilizada: a mayor pureza -cuanto menor sean los porcentajes de arcillas y carbonatos de magnesio-, menos piedra sin cocer quedará; la cal será más untuosa y se trabajará mejor. Antonio Ibáñez Valdeón habla de la buena calidad de la cal de uno de los caleros de Burón, no así de otro posterior cuyo resultado tenía abundante piedra sin cocer y que dificultaba su uso.

» el calero

Como ya se ha apuntado, la cal en La Uña se producía mediante un proceso artesanal llamado CALERO, y que describiré a continuación gracias a la paciencia y el relato pormenorizado de Antonio del Blanco Valdeón (n. en 1931). De ese proceso productivo hay numerosos testigos, como son los pozos con su meseta de acceso que todavía se conservan en varios lugares, como La Torbenera, El Navarín, Los Majadones, Guspepe, la valleja de La Cantera, Majada Vieja, detrás de Peña Podre, Las Hazas, etc.

IMG_20141007_134253RESTOS DEL CALERO DEL COLLADO DE LA TORBENERA, CON UN FONDO DE ROCA CALIZA

» ubicación

El que recuerda Antonio del Blanco cómo funcionaba se hallaba en la valleja de La Cantera. En este lugar, en la actualidad hay tres pozos que pueden dar lugar a confusión. El más cercano al monte es el resultado de un primer interno para instalar allí el horno, en el lugar más cercano a las fuentes de aprovisionamiento de leñas y materiales calizos; esta idea tuvo que ser abandonada por sus creadores, porque encontraron abundante roca en el lugar donde iba el horno y no pudieron darle la profundidad y dimensión que debía tener. Los otros dos, el más cercano a la carretera y el que se halla en una situación intermedia, sí que tienen que ver con el último calero que funcionó en La Uña. El cercano a la carretera fue excavado como lugar en el que los operarios descansaban y tenían sus pertrechos. El verdadero horno fue instalado en el segundo de los pozos que aún se puede contemplar.

Según nuestro informante, que entonces era un niño y llevaba diariamente los víveres a su padre, estuvo en producción tres años y no recuerda muy bien si fue en 1944 o 1945 cuando dejó de funcionar.

Los operarios y socios de tal industria fueron Fidel del Blanco Teresa, Pedro Díez Miguel y Feliciano Pellón Ibáñez, los tres vecinos de La Uña.

El lugar elegido para levantar el horno debía reunir tres condiciones: que el lugar tuviera cierta pendiente para facilitar la excavación, que estuviera cerca de la cantera de la que extraer la caliza y también cerca del monte del que tenían que abastecerse de la abundante leña que se necesitaba para alimentar el horno.

» fase preparatoria

Una vez elegido el lugar, se iniciaba lo que llamaremos fase preparatoria y acarreo de materiales. Sin que suponga orden de prelación alguno, estas eran las tareas, costosas y duraderas, que se debían realizar:

  1. Recogida de la piedra de grano, que se hallaba extendida por el campo ya que aquí no hay canteras de tal tipo de piedra, y traslado al lugar donde se iba a levantar el horno.
  2. Extracción de la roca caliza y traslado hasta las proximidades del horno.
  3. Corta del roble y de las escobas que se habían de utilizar en la alimentación del horno. Esta tarea se debía realizar con cierta antelación para que la leña preparada se secara antes de su uso. Una vez seca, se trasladaba y se recortaba para su uso.

» la portalada

Finalizada la fase anterior, se comenzaba la construcción del horno excavando una meseta de unos dos metros y medio de ancha, y con la profundidad que exigiera la base del horno; tenía que dar acceso a la boca del horno; la tierra extraída se depositaba en los laterales para que sirviera de pared donde apoyar las maderas que transversalmente se colocaban para formar una portalada. Sobre estas maderas, que actuarían como lo que allí se llaman cabrios, se colocaban abundantes ramas de escoba y en la posición adecuada para que funcionaran como aislante para evitar que penetrara el sol y la lluvia y sirviera de protección al operario que en ese momento estaba encargado de mantener y alimentar el horno y la leña allí almacenada para su uso inmediato. El suelo de esta plataforma debía estar aproximadamente un metro más bajo que la base de la boca del horno para que los operarios no tuvieran que agacharse en la tarea de la alimentación de este. Esta era la portalada.

» el horno y la cocción

El segundo elemento del calero y el más importante era el horno. Se cavaba un pozo de forma cilíndrica donde finalizaba la portalada, cuyas medidas aproximadas eran tres o tres metros y medio de diámetro y otro tanto de profundidad. En la parte contigua a la portalada, a ras de suelo, se abría en el horno una boca en forma de herradura que comunicaba con la portalada. Una vez excavado el pozo, la pared de tierra se revestía en su interior hasta un metro aproximadamente de altura con piedra de granito, sin olvidar de dejar la boca a la que antes he aludido. Se utilizaba este tipo de roca por su resistencia a las altas temperaturas, lo que impedía que se fundiera. A continuación, con piedra grande de caliza se va conformando también en su interior una bóveda de arco apuntado, para que la resistencia fuera mayor y soportara sin derrumbarse el peso de la piedra que se iba a depositar sobre ella. Encima de la bóveda, la superficie vacía restante del pozo se rellena de piedra caliza más pequeña que la utilizada en la bóveda para facilitar la cocción.

Cargado el horno de piedra caliza, por la boca dejada se rellenaba el horno de leña de roble y, sobre todo, de escoba, de gran poder calorífico, a la que se daba fuego y no se dejaba apagar durante diez días aproximadamente, tiempo que duraba la cocción de la piedra. En turno de doce horas, dos personas, día y noche, atizaban el horno para que no se apagara y mantuviera constantes los aproximadamente 900 grados de temperatura necesarios para que se llevara a cabo la combustión de la piedra caliza.

Pasado este periodo y finalizada la cocción, se recubría el horno con tapines, dejando un pequeño hueco en el centro que actuaba como chimenea por la que salían los gases que se seguían produciendo en su interior. Así estaba cuatro días hasta que la roca caliza, convertida en cal viva, se enfriaba.

» venta de la cal

A continuación venía el proceso de la venta. La cal se iba sacando por la boca del horno, a medida que se necesitaba rellenar la medida que tenían para vender y que era un cajón de madera de medio metro cúbico de capacidad. Finalizada la venta de toda la cal que llevaba el horno, se volvía a reiniciar el proceso si había demanda de más cal y las condiciones meteorológicas lo permitían. Recordemos la dureza del invierno en esta zona que hacía imposible el funcionamiento del calero durante este periodo.

Y así es como se conseguía la cal aérea de tres usos fundamentales: ese preciado y necesario aglomerante para la albañilería, uno de los componentes de los estucos o como pintura.


[1] Calero se ha formado mediante derivación: al lexema cal se le ha añadido el sufijo –ero, que en este caso significa ‘lugar’, no ‘profesión’.  Recuerdo un topónimo de Siero (León) que nos indica que allí hubo un horno para cocer la caliza: el hoyo El Calero. También hay que recordar que en Internet son mucho más  numerosas las entradas donde la palabra que hace referencia al horno es calera y no calero; esta última se utiliza normalmente con el significado de oficio: el que saca la piedra de la calera, el que se encarga de convertir la caliza en cal en el horno o el que vende la cal.

[2] Vitrubio, Los diez libros de arquitectura, II, 5: «Después de apagada, se hará el mortero en esta forma: si la arena fuera de mina, a tres partes de ella se pondrá una de cal, incorporándolo todo bien; si fuera de río o de mar, a dos partes de arena, una de cal. Esta regla es la que debe seguirse en la composición del mortero. Si a la arena de maro o de río se añadiese una tercera parte de polvos cernidos de ladrillo cocido, hará una mezcla de mucha mejor calidad.»

[3] Vitrubio, op. cit., dedica el capítulo cuatro del libro segundo a la arena. Dice que en los morteros, lo primero que se ha de procurar es buena arena, que no tenga tierra alguna. Para él las mejores son las de mina y la de río. La forma de saber si la arena tiene tierra o no es sencilla: estregarla entre las manos; si rechina es buena; si no, tiene tierra.

[4] El Neolítico es el periodo comprendido, aproximadamente, entre el 6000 y 3000 a. C.

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