LA PERSONALIDAD EN LA OBRA UNAMUNIANA EL OTRO: II LAS PREOCUPACIONES UNAMUNIANAS FUNDAMENTALES

Aunque no se puede hablar de un sistema filosófico propio de Miguel de Unamuno y de obras filosóficas unamunianas sensu estrictu, sí se puede hablar de un ahonda preocupación filosófica latente en toda su obra, independientemente del género literario al que pertenezca y de la forma de elocución elegida.

La filosofía no es en el escritor bilbaíno una actividad puramente intelectual, ni un conjunto sistemático de verdades racionales, sino problemas vitales encarnados en don Miguel y que fueron los tormentos que le acompañaron durante su vida. La filosofía fue su compañera de viaje.

Entre los problemas vitales unamunianos destaca el de la INMORTALIDAD, eje sobre el cual gira todo cuanto escribió. Después de que se produjera la crisis religiosa en Unamuno y este perdiera su fe, se produce en él la dramática lucha entre lo que la fe le insta a creer, la inmortalidad espiritual en un  mundo del más allá, y lo que la razón le hace ver con los lazos de la lógica: la imposibilidad de que el hombre perdure en el mundo del más allá. Esta dramática lucha se evidencia claramente en su novela San Manuel Bueno, Mártir, donde don Manuel, párroco de Valverde de Lucerna, ha perdido la fe y, sin embargo, sigue acrecentándola en sus feligreses; aquí, don Manuel es un trasunto de Unamuno que tratará de perdurar en las cosas que son creación propia, sus novelas –nivolas, como él las llamaba-, sus poemas y sus dramas, y en las que le han hecho suyo, como Salamanca -aquí llegó como catedrático de griego de la universidad salmantina en 1891 y aquí vivió hasta su muerte acaecida en 1936, salvo los periodos de destierro-, ciudad a la que dedica el poema que lleva por título el nombre de la ciudad y a la que el poeta pide que le haga inmortal, lo mismo que la montaña de Valverde de Lucerna se reflejará eternamente en el lago; es la consistencia de la naturaleza frente a la inconsistencia del hombre. En definitiva, el grave problema que le atosiga a Unamuno es el de qué será de su yo después de que el hombre haya muerto. Así lo expresa en su célebre poema del que he seleccionado los siguientes versos:

Mi  Salamanca

Alto soto de torres, que al ponerse
tras las encinas que el celaje esmalta,
dora a los rayos de su lumbre el padre
Sol de Castilla;

bosque de piedras que arrancó la historia
a las entrañas de la tierra madre,
remanso de quietud, yo te bendigo,
¡mi Salamanca!

[…]

Del corazón en las honduras guardo
tu alma robusta; cuando yo me muera
guarda, dorada Salamanca mía,
tú mi recuerdo. 

Y cuando el sol al acostarse encienda
el oro secular que te recama,
con tu lenguaje, de lo eterno heraldo,
di tú que he sido.

Íntimamente ligado al problema de la inmortalidad aparece en Unamuno el de la PERSONALIDAD, cifrado no en lo que los demás creen que somos o en lo que creemos ser, sino en lo que realmente queremos ser; de aquí que el problema de la inmortalidad condicione en él la personalidad, pues al no tener solucionado el de la inmortalidad del yo, el querer ser choca con una limitación: la de no poder sobrepasar la barrera del tiempo; esto llevará a la angustia vital y hará que el otro, una vez que ha dejado de ser lo que quería ser (ha dejado de ser su yo) se suicide, porque la existencia ya no tiene explicación racional.

El tercer gran tema de la obra unamuniana es el de ESPAÑA y su regeneración, siendo como era Unamuno el representante genuino de la generación del 98 incardinada en el movimiento más amplio de los regeneracionistas de fines del siglo XIX. Este problema fue el que dio origen al nacimiento de la generación citada –sin necesidad ahora de discutir si cumple o no los postulados de Julius Petersen- y el que lleva a estos escritores a intentar solucionar la decadencia española finisecular desde la tribuna de las letras. Intentarán buscar la esencia de España, que para Unamuno no radica en los periodos de esplendor de los Austria, sino en la intrahistoria de cada español. Así pues, relacionado con este tema estará el de la personalidad de cada individuo, puesto que la desmembración de la nación se debe a la carencia de personalidad de sus individuos, en definitiva, a la carencia de personalidad individual y social del colectivo español. A España le ha faltado el querer ser, que era el eterno problema de Miguel de Unamuno.

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