IR A NIDOS…en Siero (León)

Hay momentos del pasado más remoto que se despiertan como tocados por la varita mágica del retorno y sin que uno conscientemente busque su rescate. Y esto fue lo que me sucedió el martes pasado -podía haber sido cualquier día- cuando vi que un pardal capitalino se metía en un hueco abandonado al azar de una de las pilastras del transitado puente de Los Leones. Iba cargado. Su pico sostenía una vedija de lana, que vete tú a saber de dónde la había sacado en estos tiempos sin vareamiento de colchones. Me recordó otros tiempos vividos en contacto con la naturaleza en aquel pueblo que me vio nacer y crecer hasta los diez años. Con la naturaleza animal doméstica –perros y gatos eran huéspedes familiares, y vacas, ovejas, cabras, el burro y la yegua los vecinos que había que atender y proporcionaban sustento económico-,  con la flora y la fauna de montes, laderas y valles. Vinieron de pronto y amontonados otros meses de marzo y de febrero, de mayo y de abril, meses que con los mayores habíamos aprendido a relacionar con los pájaros, observando sus idas y venidas, su volar, su comportamiento, sus nidos, sus huevos de tamaños y colores diferentes, sus pajarines, etc.

Metido en estos berengenales llegué al puente que dicen de san Marcos, ya en pie en el siglo XII para dar servicio al hospital de peregrinos, construido de nuevo en el siglo XVI de acuerdo con los tracistas Felipe y Leonardo de la Cagija y reconstruido en el siglo XVIII para sacarle de su estado ruinoso. Allí pude contemplar en uno de los salientes de una de sus bases una pata que estaba agüerando ajena a la mirada de curiosos y al ruido del embravecido Bernesga en estos días. Alguien dijo: «Tiene 18 huevos, que se los he contado esta mañana. Y que suerte ha tenido en colocar el nido en alto, que los de la isleta se los ha llevado la riada».

Con esta agradable imagen grabada en mi retina me di la vuelta, continué mi camino y comencé a recordar cómo se despertaba nuestra curiosidad de niños y nuestra preocupación porque se cumpliera la llegada de la cigüeña a su nido de siempre, que ni el viento ni la nieve invernales podían con él, y que estaba bien alto, casi en la copa de aquel poderoso chopo de la orilla del río, junto al puerto. Todos sabíamos que tenía que llegar por san Blas, el tres de febrero, para anunciar el paulatino regreso de los otros pájaros que también se habían ido a pasar el invierno a África –eso decían- y que habían dejado el pueblo casi vacío: los pardales eran nuestros acompañantes asiduos en el pueblo en los fríos días de invierno, que se cobijaban en las portaladas y, si te descuidabas, te acompañaban en el pajar en la ceba- y los tordos en las afueras, a la vera de los espinos y salgueras del río . A nadie se le olvidaban aquellos versos que decían que tenía que venir la cigüeña en tan señalada fecha para que trajera los bienes, para que pudiéramos ir a oírla «machacarr el ajo» en la peña del Hurniello:

Por san Blas,
la cigüeña verás;
si la vieres,
año de bienes;
si no la vieres,
año de nieves.

CIGÚEÑALo de los bienes y las nieves para nosotros era lo de menos. Lo importante era que viniera, que llegara el tótem, el pájaro que era pecado matar, que nos pudiera enseñar su maestría en colocar los palos en el nido sin que se cayera ninguno y su largo pico, cómo dormía sobre una sola pata, cómo andaba erguida por los prados, cómo llevaba en su largo pico sapos y culebras, cómo «machacaba el ajo», cómo… Queríamos cantarle una año más a voz en grito para que nos oyera:

Cigüeña barreña,
ponte en la peña,
di al pastor
que toque el tambor,
di a la abuela
que toque la vihuela.

Y cuánto tiempo tardamos en saber que el «machacar el ajo» no era nada más que un símil con el sonido que se produce en el mortero de madera cuando la mano choca con el fondo cuando las madres machacaban rítmicamente el ajo para condimentar las comidas. Y eso nos parecía a nosotros que hacía la cigüeña: buscaba los ajos silvestres y se entretenía en la peña del Urniello en machacarlos. Tardamos en enterarnos de que a las cigüeñas se las consideraba pájaros mudos, porque el peculiar sonido rítmico que emitían lo hacían con el pico y no en la siringe, al mismo tiempo que movían las alas y torcían su largo cuello hacia atrás hasta formar una línea paralela con su dorso; ese sonido era su canto, que los entendidos llamaban crotorar (del latín CROTOLARE).

Durante el mes de febrero y el de marzo se completaba la nómina de los pájaros: a los que se habían quedado se unían los migrantes y podíamos ver en el pueblo o en sus alrededores golondrinas, vencejos, murciélagos, barrilenguas, trucheras, verderones, jilgueros, tocineros, carboneras, reyes de la gatera, tordos y otros muchos. Estaba ya todo el plantel: los que resistían el frío y el invierno, los que se habían ido a la búsqueda de un clima más benigno, los que residían en el pueblo y los que habitaban en valles, laderas y montes. Siempre me llamó la atención de entre los que vivían en los montes el pequ. Mi padre me decía que era un niño convertido en pájaro y que no había aprendido nada más que dos letras que iba repitiendo en su canto: la p y la q.

Ya podíamos comenzar a recitar una tercerilla de versos hexasílabos –que entonces no sabíamos que era eso- que nos iría marcando el recorrido de ir a nidos, la tarea de los meses venideros:

marzo, nialarzo;
abril, güeveril;
mayo, pajarayo;
por san Juan, volarán.

Nido_de_PajaroDurante los días de diario, después de salir de la escuela, cuando ni madre ni padre mandaban algo, Milianín (¡Qué pronto pagaste el tributo a la Parca!) y yo nos juntábamos en el lugar de siempre, a la vera de la fuente, y allí urdíamos la treta para ir a buscar nidos sin que fuéramos vistos por otros, que se mantendrían en secreto y solo se diría el número y el pájaro al que pertenecían. Cuanto mayor era el número, mayor era el crédito entre la

CARPINTEROchavalería. Uno de nuestros sitios favoritos era el Hurniello. De la fuente al vallejo, de este, pasando por detrás de la peña, al valle, y del valle a las veredas y siguiendo estas hasta la majada el Sortijón; otras veces el recorrido era diferente: por la Fuentelavega, la Cuesta, Valdeté, Valdefraes, la Llama, el Castiello, la Rebisquera, la Vaniella, etc. En la majada el Sortijón la búsqueda se centraba en nuestras dos debilidades: nidos de águilas y aguiluchos –por el tamaño diferenciábamos los diferentes individuos de las aves rapaces, que no sabíamos más-, sobre todo, de pájaros carpinteros.

Llegaba abril y a controlar la puesta de los huevos, pero sin tocarlos ni espantar a la pájara para que no aborreciera ni el nido ni los huevos. Más de un disgusto nos costó en casa el

NIDO CON HUEVOScontrol de los huevos de los pájaros carpinteros porque teníamos que subir a los robles y en alguna ocasión volvíamos con los pantalones rotos. También nos recompensaban las gallarotas y los frailes que encontrábamos y que nos servirían de entretenimiento con sus originales formas y abultamientos.

Y así hasta mayo. Se rompían los cascarones de los huevos y aparecían unas feas criaturas, que no tenían más que pico y estaban peludas. Poco a poco veíamos como se iban cubriendo de plumón y después de plumas.

NIDO CON  POLLOS_0001Así llegabas a junio y observabas que ya estaban a punto de dejar el nido, pero no éramos capaces de controlar el cuándo. Hasta que llegabas un día y ya habían volado. Una desilusión, como más que desilusión fue lo que nos costó no ir un domingo al rosario por acudir sin que nadie nos viera a ver si ya había volado un enorme pájaro que tenía el nido de un águila, que cada vez que nos acercábamos nos amenazaba con sus graznidos y su pico corvo. El domingo siguiente pasamos el rezo del rosario de rodillas y con los brazos en cruz en el presbiterio. Lo que ya no me acuerdo es si fue con libros en las manos o sin ellos. Peaje de los tiempos. Pero nosotros habíamos visto cómo el pájaro del águila iniciaba su primer vuelo siguiendo la estela de su majestuosa madre.

PÁJARO DE AGUILAEsto era el ir a nidos de dos chavales de diez años, guiados por los versos de dos breves poemas aprendidos al amor de la lumbre.

 

 

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