EL PODER CREADOR DE LA PALABRA

DE CÓMO SE PONE NOMBRE A LAS NUEVAS REALIDADES y DE CÓMO ESTAS CAMBIAN DE NOMBRE

Dos de las funciones esenciales de toda lengua son constituir y estructurar las sociedades mediante el establecimiento de la comunicación social y dominar la realidad interna y externa del individuo. Esta última función del logos (palabra) se halla recogida y desarrollada en la Antigüedad clásica por los teóricos de la ciencia lingüística. Pero quizá el texto más conocido sea el de la Biblia:

Al principio existía la Palabra, y la Palabra existía con Dios, y la Palabra era Dios. Ella existía al principio con Dios. Todos se hizo por medio de ella, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. (Jn, 1, 1-3).

Alude este texto al hecho de que la creación la realiza Dios mediante la palabra; con esta da vida a la realidad al nombrarla.

Ese comportamiento del verbum latino lo trataré de ilustrar –recordando viejos tiempos de profesor- con la palabra RETRETE[1], de la que se podría afirmar que en la actualidad, salvo las personas de edad avanzada, ya no se conocen sus significados y su uso es escaso; me atrevería a decir que en España, entre los niños, jóvenes y personas de mediana edad está en desuso.

No es palabra que haya entrado pronto en la lengua española. Su aparición es tardía: la encontramos por primera vez en el Corbacho del Arcipreste de Talavera en 1438:

Y pintolo, como he dicho, en casa del ermitaño secretamente, en un retrete muy secreto que ninguno no lo sabía, salvo él y aquel caballero. (Parte 4.ª, cap. 1).

El significado es claro: «aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa y más apartado y así se dijo de retro» (Covarrubias, 1611).

Con un significado similar lo recoge en 1737 el Diccionario de Autoridades: «Cuarto pequeño en la casa o habitación, destinado a retirarse».

Y el siglo XVIII se inicia en España con una nueva casa real de origen francés: los Borbones. También el siglo XVIII es el siglo de la Ilustración, movimiento cultural e intelectual de origen francés que pone en el centro del universo al hombre y la búsqueda de su felicidad, y que iba a tener una gran influencia en la segunda mitad de este siglo en España, durante el reinado de Fernando VI (1746-1759) y, sobre todo, el de Carlos III (1759-1788).

Una de las reformas que intentó Carlos III, auspiciada por la razón ilustrada, fue la sanitaria, y dentro de ella hacer que las calles de Madrid[2] y el resto de las ciudades dejasen de ser lodazales y lugares inundados por los excrementos humanos y animales mediante el establecimiento de redes de alcantarillado y nuevos sistemas de limpieza e higiene. Uno de estos consistió en evitar que los orinales[3] –asentados durante siglos bajo las camas y en lugares oscuros- con los excrementos y orines humanos se vaciasen en la calle al grito de «¡Agua va!»[4]. Para ello propugnaba que se dotara a las viviendas, siguiendo el modelo que hacía tiempo funcionaba en Francia, de instalaciones adecuadas –léase lo que hoy conocemos como taza de váter y entonces se llamaban vasos- que hiciesen posible que su vaciado no se realizara en la calle y sí en los lugares creados ex profeso.

¿En qué estancia de la casa se instalaron entonces sudodichos artilugios? No en la principal, como es lógico, sino en la más apartada y secreta, para evitar los desagradables olores. ¿Y qué nombre se dio a esta nueva estancia y a sus nuevas instalaciones? Aquí entró en funcionamiento el proceso creador y «nominalizador» de la lengua de nuevas realidades, y, desechando acudir a otras lenguas (extranjerismos), a la creación de nuevas palabras mediante la composición o la derivación[5], se optó por utilizar una palabra ya existente, a la que se cargó con el significado de la nueva realidad, y que no fue otra que RETRETE. Con lo que la palabreja pasó a tener doble significado: el antiguo y el nuevo. Podríamos decir que este nuevo significado se produjo por lo que en la lengua se llama metonimia o contigüidad.

A pesar de su uso a lo largo del siglo XVIII, como atestigua el conde Fernán Núñez (1742-1795) en su Vida de Carlos III al referirse al buen o mal humor del marqués de Esquilache y su paso por el retrete[6], habrá que esperar hasta 1803 para que recoja esta acepción el Diccionario de la Academia, sin que olvide la primigenia:

1.ª Cuarto pequeño en la casa o habitación destinada para retirarse.
2.ª El cuarto retirado donde se tienen los vasos para exonerar el vientre.

Así llegaremos al siglo XXI en el que la institución encargada de velar por la lengua española, la RAE, (recordemos su lema: «limpia, fija y da esplendor») recoge tres acepciones de esta palabra que nos ocupa:

1. m. Aposento dotado de las instalaciones necesarias para orinar y evacuar el vientre.
2. m. Estas instalaciones.
3. m. desus. Cuarto pequeño en la casa o habitación, destinado para retirarse.
dueña de retrete

Aclaramos con el mismo diccionario que dicha frase tiene el siguiente significado: «En palacio, dueña [señora o mujer casada] de inferior clase».

Así pues, la palabra retrete nominó una nueva realidad que nos venía allende las fronteras, de Francia,  y ella misma se ha visto reducida al olvido por otra que también viene allende las fronteras, de Inglaterra: váter. A su vez, esta última ha entrado en competencia con otras que la están desplazando, como escusado, servicio, lavabo, aseo, baño, tocador, etc.

Y es que las cosas relacionadas con las actividades fisiológicas del ser humano siempre han sido o se han convertido en tabú y así tenemos que ir cambiando las palabras que las designan porque nos suenan mal, las consideramos carentes de finura educativa, hasta las llegamos a prohibir, y si no echemos un vistazo a los originales cagar y mear.


[1] Según COROMINAS-PASCUAL, proviene del catalán retret, aunque otros consideran que su origen está en el provenzal.

[2] Así se encontró Carlos III las calles de Madrid en 1760, según su biógrafo Hernán Núñez: «Visto el estado de inmundicia en que estaba la corte de España, merece hacerse mención, para la posteridad, del método que se empleaba para limpiarla, por medio de lo que llamaban la marea, pues como es de esperar que no vuelva a verse, es bueno dar una idea de ello, para que sepan los venideros de lo que les ha librado el Rey. La villa tenía una porción de carros o cajones baxos, sin ruedas, que en lugar de ellas tenían unos maderos redondos, tirados por una mula […] y así se arrastraba todo lo grueso de la inmundicia […] Este paseo, que generalmente se hacía de noche […] venían muchos hombres en una fila, con escobas, que iban barriendo lo que ellos no podían arrastrar. Esta pestífera comitiva, cuya fetidez, como puede creerse, se anunciaba desde muy lejos, se dirigía a varias alcantarillas o sumideros grandes que había en varios puntos de la villa, cuyas casas inmediatas estaban siempre infestadas de sus hálitos». (Vida de D. Carlos III, Madrid, 1898, T. II, pp. 63-64).

[3] Parece ser que el orinal (mătŭla) es un invento romano de los siglos III o II a. C.

[4] La eliminación de los excrementos humanos ha sido a lo largo de la historia un problema tan cotidiano como fundamental, cuya solución ha sido lentísima. Ejemplo de ello es que ese nuevo sistema que propugnaban los ilustrados tardó en imponerse en España a pesar de tan loado intento, ya que en determinadas zonas, sobre todo en las rurales, hasta mediados del siglo XX seguía funcionando el orinal que se vaciaba en la cuadra o en la calleja. Desaparecerá este cuando se instale en las viviendas agua corriente y se dote a las poblaciones de sistemas de alcantarillado público al que se conectan los retretes.

[5] Todavía no funcionaban las siglas y los acrónimos de gran rendimiento productivo en el siglo XX y en la actualidad.

[6] «Preguntaba un negociador todas las mañanas al ayuda de cámara del Ministro [Esquilache] (que era obstruído y aprensivo), antes de entrar a hablar, si había ido al retrete, y arreglaba su conversación o silencio al efecto diario de su estómago, que era la llave maestra del bueno o mal humor del Ministro. (Hernán Núñez, Op. cit., T. I, p. 196).

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