EL PAN DE LA VIEJA (D)EL MONTE: SIERO (LEÓN)

Siero es un pequeño pueblo de la provincia de León situado en su zona noreste. Está ubicado en el cruce de dos riachuelos procedentes de los montes que circundan esta pequeño población que antaño vivía de la ganadería, a la que ayudaba una agricultura de subsistencia. Es, pues, zona rural, en la que han sobrevivido algunos de los mitos y leyendas que recorren las montañas de León de este a oeste y que explican algunas de las vivencias de sus habitantes. Una de estas leyendas –que no mito- es la de El pan de la Vieja el Monte, que con tanta pasión vivíamos los niños en Siero en los días que alguna de las veceras tocaba en casa. Son, por tanto, recuerdos de niñez, creídos a pies juntillas, como creíamos en los Reyes Magos o en el ratoncito Pérez.

SIERO EN 1958
SIERO EN 1958

El gobierno institucional del pueblo recaía en la Junta Vecinal, elegida por el concejo en votación secreta para un periodo de cuatro años. Entre sus competencias estaba la de administrar los montes de utilidad pública propiedad del pueblo, y que eran el 431 llamado Rollo y Valdemolinos y el 433 denominado Valdeguiza. El pasto, la madera y la leña de dichos montes era de aprovechamiento comunal, regido por las normas que el concejo había dispuesto en sus ordenanzas.

Como ya dije antes, la principal fuente de riqueza era la ganadería en sus diversas especies: vacuna, ovina, caprina y caballar. El aprovechamiento de los pastos comunales se realizaba por medio de las veceras, o lo que es lo mismo, las reses de cada especie y categoría formaban un rebaño que era llevado a los pastos por uno o varios pastores. Según el tipo de ganado, cada propietario cuidaba el rebaño el número de días que le correspondía en función del número de reses que tuviera. Los ganaderos estaban agrupados en la llamada Sociedad de Ganaderos, regida por la Junta de Ganaderos, elegida el día uno de enero de cada año. Dicha junta era la que aplicaba las normas que regulaban el funcionamiento de las veceras y el cuidado de los toros.

Ahora quiero centrarme en la vecera de las cabras. Por cada cuatro cabras se guarda el rebaño un día. Normalmente un solo pastor era el que por la mañana, después del pertinente toque de campana, siempre con la pequeña y no con la grande y antiguamente con el turullo, sacaba de su cuadra sus cabras, se dirigía al salido en La Llama y después de que se hubieran congregado allí todas las de la vecera comenzaba su guía y cuidado hasta su regreso al ocaso del sol.

El pastor tenía tres acompañantes: su perro carea, y sus dos guardines mastines, el Cholo y el Chato, protegidos sus cuellos con punzantes carrancas. Como debía pasar todo el día fuera, llevaba su merienda en la vieja y usada zurrona de piel de cabra, colgada del hombro y acomodada en la espalda. Uno de los componentes indispensables era el pan, envuelto en el áspero papel de estraza.

La mañana iba transcurriendo por diversos parajes: Gonzalo, el collado san Miguel, Los Vallejos, Campososas,  Albao, Las Solanas… hasta llegar al mediodía a La Corona -en otro tiempo, asentamiento cántabro-, donde bajo seculares robles sesteaban las cabras, comía la merienda el pastor y el Cholo y el Chato tenían su ración de leche recién ordeñada y depositada en sendos cuencos tallados a navaja en el lomo de una vieja raíz que se había liberado de la presión de la tierra.

Según el relato popular, en la ladera que mira hacia el arroyo de Las Solanas, había una gran cueva habitada por una vieja, viejísima mujer –nunca se llegó a saber su edad- , toda vestida de negro, con un mandil de fondo negro recorrido por rayas grises, que tenía como misión amasar oscuro pan de centeno para el pastor y para que llevara de regalo a sus hijos pequeños. Todavía se pueden ver restos pétreos en esta ladera y que bien pudieran haber formado parte de la hornera en la que nuestra Vieja del Monte horneaba diariamente su pan. Como contrapartida, el pastor debía proveerla de leña para realizar el siguiente amasado y para caldear su cueva en las frías noches de la montaña.

La pérdida de fuerza del sol indicaba a las cabras que era hora de abandonar la siesta e iniciar el regreso a casa, entreteniéndose en ramonear ora unas verdes hojas de roble albar, ora lustrosas hojas de avellano, ora sabrosas hojas de espino o de zarza, ora… Así pasaban la tarde siempre acompañadas por el pastor, el carea y la siempre vigilancia del Cholo y el Chato para hacer saber a las fieras del monte que la vecera tenía amo y que la volverían íntegra a casa.

A la caída del sol, las cabras volvían al pueblo y se dirigían a sus respectivas cuadras. Labor era de los niños encerrarlas, buscar a las rezagadas y ayudar en el ordeño sujetándolas por los cuernos mientras eran ordeñadas. Igualmente, había que echar a mamar a los chivos y, una vez terminada su alimentación, volverlos al cortijo.

Cuando tocaba la vecera de las cabras, esta labor se realizaba más deprisa que nunca, porque había que ir corriendo a casa donde ya nos estaba esperando el pastor, que no era otro que nuestro padre. Ya se había quitado los pesados zapatos, los zajones y la chaqueta de pana y descansaba de la larga jornada sentado en la esquina del banco de madera, reservada al pater familiae. A su lado estaba su acompañante: la zurrona. Al entrar en la cocina, la primera pregunta no se hacía esperar:

– Padre, ¿me ha traído algo la Vieja el Monte?

– Yo creo que sí, mira en la zurrona, a ver qué hay en ese paquete envuelto con papel de estraza.

Los nervios atenazaban la apertura de la zurrona, cerrada por una correa atada con su hebilla a una de las paredes. Allí había un pequeño envoltorio marrón, que sacado a la luz era desnudado rápidamente apareciendo un trozo del oscuro pan de centeno.

– Eso es para ti, hijo. Me lo ha dado la Vieja el Monte.

No duraba mucho tiempo. Los pequeños dientes lo iban haciendo pedazos a mordiscos, que sabían diferente al pan habitual, aquel que la madre cada quince días amasaba en la hornera con leña de haya.

– ¡Qué rico está este pan, padre! Cuando vuelvas a ver a la Vieja el Monte le das las gracias y le dices que no se le olvide darte otro trozo de ese sabroso pan que hace en su horno de La Corona.

P. D. Según otros relatos montañeses, nuestra Vieja del Monte era más pobre que sus vecinas, ya que estas daban a los pastores para sus hijos no solo pan, sino también otras viandas como queso y chorizo, todo ello sacado de su matanza y de su quesería.

P. D. Este relato ya no tiene vigencia, porque hace años que desaparecieron las veceras de las cabras y con ello la Vieja del Monte tuvo que mudarse de lugar para poder sobrevivir. No se sabe a dónde se dirigió.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en LEYENDAS, Literatura tradicional, SIERO y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a EL PAN DE LA VIEJA (D)EL MONTE: SIERO (LEÓN)

  1. Santiago dijo:

    La foto que acompaña el relato es mia. Pero no reclamo derechos de autor. Donde la has encontrado?
    Saludos
    Santiago

  2. Ivlis MoMa dijo:

    Reblogueó esto en la leona-gatay comentado:
    Me gustan estos relatos de costumbres de antaño, donde además se demuestra que la ilusión infantil convierte fantasias en realidad y cualquier mínimo detalle es importante.
    Disfrutar de su lectura.

  3. Càrmine M. Lalli dijo:

    Esplendido relato, me recuerda mucho los años de mi niñez en un pueblito del centro de Italia (a 1000 mts. de altitud) donde tambièn habìa costumbres parecidas. Nos faltaba LA VIEJA DEL MONTE. Gracias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s