REIVINDICANDO A CERVANTES POETA: (II) El soneto con estrambote más famoso

La poesía del divino Cervantes es una cumplida obra maestra del más elevado arte romántico.
(F. V. SCHLEGEL)

En el caso de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), dejaremos de lado su producción en prosa y nos fijaremos exclusivamente en su poesía, en la valoración que se hizo en su momento y en la que se sigue haciendo hoy.

cervantes_juan_de_jaureguiHay que comenzar diciendo, porque a veces se olvida, que el número de versos escritos por el de Alcalá[1] es superior al de algunos de sus coetáneos que lo superaron y lo superan en fama y honores literarios poéticos: Garcilaso, fray Luis, san Juan, e incluso el propio Góngora. Desde 1569, fecha de sus composiciones poéticas más antiguas, hasta el Persiles, publicado póstumamente en 1617, Cervantes no dejó de escribir poesía. Aunque, a renglón seguido haya que decir que la cantidad no es sinónimo de calidad y que lo bueno, si breve, dos veces bueno, siguiendo a Gracián. El propio Cervantes lo tenía claro en la Adjunta al Parnaso:

 «Item, que todo poeta, aunque no haya compuesto poema heroico, ni sacado al teatro del mundo obras grandes, con cualesquiera, aunque sean pocas, pueda alcanzar renombre de divino, como le alcanzaron Garcilaso de la Vega, Francisco de Figueroa, el capitán Francisco de Aldana y Hernando de Herrera».

Puede un poeta escribir miles de versos y no ser reconocido, no lograr obra alguna que le habilite su reconocimiento. Puede haber poetas que con muy pocos versos hayan sido elevados al altar de la valía poética universal. Puede haber poetas que, aun habiendo escrito mucho, solo una pequeña parte de su poesía es la que le eleva al altar del reconocimiento.

Cervantes vivió en la encrucijada poética de los siglos XVI y XVII, lo que no le benefició o bien porque no supo adaptarse o porque no quiso. Siguió aferrado a los cánones poéticos renacentistas de origen italiano cuando estos ya habían sido superados y soplaban nuevos vientos[2] que engendrarían cánones culteranos y conceptistas rompiendo el equilibrio entre fondo y forma poética, base del credo cervantino, ora a favor de la forma (culteranos), ora a favor del fondo (conceptistas). Por ello no entró a formar parte de las Flores de poetas ilustres castellanos (1605) de Pedro de Espinosa[3], una de las antologías más significativas del cambio de centuria que traía la «nueva poesía».

En su día ya fue considerado como poeta de segundo orden, incluso mal poeta. Los argumentos de entonces y ahora se resumen en no ser un poeta nato, en carecer de voz propia, estar privado de temblor y de fuego lírico, adolecer de numerosos defectos técnicos (prosaísmo, pobreza de rima, falta de suavidad, uso frecuente de epítetos y frases hechas, exceso de retórica). No fueron ajenas a estas acusaciones las rencillas literarias con sus contemporáneos entre los que hay que significar a Lope de Vega («ninguno hay tan malo como Cervantes»), Suárez de Figueroa, Melo («poeta infecundo»), Espinel, Gracián o Villegas («el mal poeta de Cervantes»).

Pero, quizá, el argumentó que más contribuyó a su valoración negativa como poeta fueron las mismas palabras de Cervantes en el prólogo a las Ocho comedias, El Quijote (I, 6), la Adjunta al Parnaso y sobre todo los archiconocidos versos mal interpretados del Viaje del Parnaso:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

Estos versos se deben analizar e interpretar a la luz de la retórica clásica, que es la que se sigue en la estructura del poema. Forman parte del inicio de este, en concreto de lo que los griegos y latinos llamaron captatio benevolentiae: en ella el autor se presenta como indigno de tal quehacer literario, otros muchos lo podrían hacer mejor, y todo para conseguir el favor y la aceptación de sus lectores, la predisposición positiva hacia el mensaje que se va a transmitir. Por tanto, los versos no se pueden interpretar literalmente como se ha hecho en numerosas ocasiones, sino como necesidad retórica, tópico de la falsa modestia.

Si se interpretaran los versos anteriores en sentido literal, mal concordarían con versos del mismo poema que revelan que Cervantes tenía un alto concepto de su labor poética y de sus poesías: «Yo soy aquel que en la invención excede / a muchos»; «Yo el soneto compuse que así empieza / por honra principal de mis escritos»; «¡Oh Adán de los poetas, oh Cervantes».

Para leer a Cervantes poeta hay que hacer un ejercicio de olvido, diríamos de amnesia felipeiiliteraria, con la mente en blanco. No hay que recordar que fracasó en el mundo de las tablas, porque su fórmula clásica ya no competía con la triunfante del gran Lope, así como que fue el más grande en la prosa; tampoco nos dejemos arrastrar por esa crítica negativa que desde el siglo XVII le ha perseguido hasta nuestros días.

Con estos presupuestos, en un claro ejercicio de subjetividad, de relativismo literario que espero tengo una grado elevado de consenso, propongo la lectura de un soneto con estrambote[4] que por sí solo, sin más ayuda, debe ser el aval de gran poeta para su autor y figurar en todas las antologías[5] de la mejor poesía española de todos los tiempos[6]. Va por Cervantes:[7]

[AL TÚMULO[8] DE FELIPE II EN SEVILLA]

«— ¡Voto A Dios, que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo! Cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!

Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente».

Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
lo que dice voace, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente».

Y luego, encontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.[9]

COLOFÓN: Quien mediante la palabra escrita, sin más aditamentos, sin contextualizar, es capaz de hacernos ver la escena dramática, de mostrarla plásticamente, de hacerla vivir, es que es un verdadero genio, un grandísimo poeta. Y ESO ES LO QUE HACE CERVANTES Y LO QUE ES EN ESTE POEMA.

(CONTINUARÁ)


[1] Así lo evidencia la edición de la poesía  de Cervantes en dos tomos realizada por Vicente Gaos, Castalia, 1973 y 1981.

[2] El poeta Gerardo Diego ha dicho de Cervantes que estaba fuera de su tiempo («es un poeta arcaico, retrasado») y que la poesía no perdona esta deslocalización temporal («estos pecados de retraso y anacronismo»).

[3] Publicada en Valladolid donde a la sazón vivía Cervantes.

[4] Estrambote: los tres últimos versos. Se añaden al final de algunas composiciones poéticas, especialmente los sonetos, «para mayor expresión, lucimiento y gracejo» (Autoridades). El propio Cervantes dice de los estrambotes que «cantados encantan, y escritos suspenden» (Quijote, II, 38). Este tipo de soneto fue muy estimado en los Siglos de Oro.

[5] Marcelino Menéndez Pelayo no incluyó poesía alguna de Cervantes en Las cien mejores poesías de la lengua castellana, Madrid, 1908.

[6] ¿Habría necesitado Quevedo haber escrito algo más para ser un gran poeta español después de haber compuesto el soneto en que el amor vence a la propia muerte y que comienza «Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra / que me llevare el blanco día»? NO.

[7] Si conoce la historia de Felipe II y los fastos que conllevaba la muerte del monarca, debe leer el soneto sin hacer caso de lo dicho en esta nota. Si no es así, debe tener en cuenta que Felipe II murió el 13 de setiembre de 1598 en San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Allí fue enterrado al día siguiente. De acuerdo con lo establecido en el protocolo, las ciudades celebrarían honras fúnebres por el rey difunto. Estas tendrían lugar en las iglesias más representativas. En Sevilla tuvo lugar en la catedral, que inauguró el fastuoso túmulo el 24 de noviembre. Su erección se realizaba para enaltecer la figura real, evocada por la corona y el cetro colocados encima de este. Por último, parece que el propio Cervantes recitó este soneto ante el monumento funerario el día 29 de diciembre.

[8] Túmulo: «Armazón de madera, vestido de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto» (DRAE). Pretendía simular la presencia del difunto.

[9] Cito por la edición de Vicente Gaos, ya que existen versiones distintas de este soneto.

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