VIOLENCIA VERBAL EN LAS AULAS: EL MOTE

Sucedió hace unos pocos meses. Leí entre indignado e impotente la noticia de que un niño gallego de once años llevaba mes y medio sin acudir al colegio como consecuencia de la violencia que sufría en el centro escolar, al que las autoridades académicas pretendían que volviera y, si no lo hacía, denunciarían a los padres al fiscal de menores por absentismo escolar. No sé cuál fue el desenlace, pero sí me hago la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que se quiera obligar a un niño de once años a que vuelva al colegio que lo violenta? Esta situación me lleva a publicar esta reflexión que hace tiempo escribí para un compañero y que se va a centrar en lo que yo considero como uno de los inicios de lo que puede llegar a tener resultado de muerte: la violencia verbal a través del mote.

Toda persona cuando nace se le inscribe en el Registro Civil. Allí queda asentada con un nombre y los apellidos de sus progenitores. A partir de ese momento el resto de los ciudadanos al dirigirse a ella la nombrarán por el nombre o por los apellidos. Este es el uso normal. De esta forma se cumple lo establecido en la Declaración de los Derechos del Niño proclamada por la Asamblea General de la ONU en su resolución 1386 (XIV), de 20 de noviembre de 1959. En su Principio 3 se establece:

El niño tiene derecho desde su nacimiento a un nombre y a una nacionalidad.

Sin embargo, la realidad es muy otra. Y es que en los pueblos españoles – y el nuestro no es una excepción- a muchas personas y en muchas situaciones se les designa por el mote o apodo. Forman parte de nuestra cultura tanto entre adultos como entre jóvenes. Ya en el siglo XIII, en una de las primeras obras que se escribieron en castellano, Vida de Santo Domingo de Silos de Gonzalo de Berceo, encontramos el mote en su peor acepción, la de dicho satírico y criticante:

Dávanli a las vezes feridas con açotes, lo que más li pesava, udiendo malos motes, ca llamávanlos canes, ereges e arlotes [holgazán, brivón].

Precisemos qué se entiende por mote. Mote (del prov. o fr. mot, palabra, dicho) es un sustantivo masculino que tiene varias acepciones (carácter polisémico). En la primera de ellas y la que ahora nos interesa significa <<sobrenombre que se da a una persona por una cualidad o condición suya>>. Según dicha definición los motes, en principio, no tienen por qué ser peyorativos. Con la instauración de formas legales de identificación familiar e individual (en 1870 se implantó el Registro Civil) no se consiguieron suprimir las formas de identificación popular anteriores que llamamos “motes”, y no tan sólo los que pudieran tener sentido irónico u ofensivo. A veces siguen cumpliendo una misión de identificación fundamental, puesto que hay apellidos tan extendidos que ya no sirven para reconocer fácilmente a una persona o familia. Se motejaba a uno con nombres que tenían como objetivo reconocer al individuo dentro de la comunidad en la que vivía. En la antigüedad, hubo gran número de motes que fueron pasando de una generación a otra y se convirtieron en los apellidos que hoy conocemos: Carpintero, Barquero, Herreros, etc. También en la actualidad existen motes familiares que pasan de una generación a otra. Motes o apodos que en muchos casos vienen a sustituir al nombre original, familias enteras que son conocidas por el apodo y que en varias ocasiones se desconoce la identificación personal. En muchos pueblos, las gentes de dichas localidades se conocen entre ellos, no por apellidos, sino por apodos o motes, que han heredado de sus progenitores, o de los progenitores de sus progenitores y así sucesivamente.

En la mayoría de casos –no en todos como veremos más adelante-, se podría afirmar que la gente no quiere que se la conozca por un sobrenombre. Y hay veces en las que el individuo rebautizado vive totalmente feliz, pensando que los demás se refieren a él por su verdadero nombre, cuando realmente le llaman por el alias. Pero, como suele pasar a menudo, acaba enterándose porque algún despistadillo, que no conoce la clandestinidad del alias, termina metiendo la pata diciéndole: ¿cómo va todo, Pajarito?

Hay sujetos que tienen una notable capacidad para inventar sobrenombres, rebautizan sin piedad a todos sus amigos y conocidos, eligiendo para ellos los más inverosímiles apodos. En ocasiones, un único individuo es el responsable del cincuenta por ciento de los motes de una masificada clase universitaria. Sin embargo, muchos motes no se sabe ni se sabrá nunca de dónde provienen o quién fue el primero en utilizarlos.

El mote, también llamado segundo bautismo,  puede tener lugar por muy diversas causas y presentar diferentes formas. Veamos unas cuantas.

  • Por similitud física o psíquica a un personaje famoso (Natalia la Schwarzenegger).
  • Por el oficio que desempeña o que desearía tener (Paquito Yesero).
  • Por el negocio que regenta (Turbounisex, así llaman al mariquita dueño de la floreciente Peluquería Turbounisex, situada a dos manzanas de mi casa).
  • Por semejanza a un animal o a una cosa (Zorro Plateado).
  • Por parecido a otra persona del barrio que también tiene mote (Falso Oso).
  • Por herencia (me llaman Floripondio, como a mi padre).
  • Irónicos (Pedrito Culturista, aplicado a un tipo enclenque).
  • De uso exclusivo en el ámbito de la pareja (Osito de Peluche).
  • Sobrenombres absurdos que suenan a marginal y parecen sacados del cine quinqui español de los años 80 (Piru, Jemo, Chacu).
  • Por el lugar de origen (Zamorano, Leónes, Vasco)
  • Por un defecto físico (El cojo, el vizco, el manquín)
  • Por una cualidad (El trepa, el empollón, el pelotas)
  • Por el lugar donde vivía la familia (El Casasola, El de Los Millares, La del Fondón…)
  • Y un largo etcétera.

¿Y en el mundo estudiantil qué pasa? Pues que los motes están insertos en su cultura como algo normal. Forman parte de un mal social que es el del insulto que está instalado en la familia y, por ende, en la sociedad. Escuchemos a los representantes de pueblo en las diversas instituciones nacionales, autonómicas, municipales, etc.,  y observaremos cómo lo utilizan. Simplemente, vergonzante. Y no digamos nada si acudimos a un campo de fútbol.

El derecho de los estudiantes a ser llamados por su nombre es igual que el que tienen el resto de los individuos. Sin embargo, no se cumple, a pesar de estar amparados por los derechos del niño antes citado y por los ESTATUTOS EUROPEOS PARA LOS CENTROS EDUCATIVOS DEMOCRÁTICOS SIN VIOLENCIA, que en su artículo 4 establece:

«Todos tienen derechos a ser tratados y respetados por igual con independencia de sus características personales (sexo, raza, religión, etc.)».

En los motes que usan los escolares se podría establecer un doble grupo: el de los que los utilizan para llamarse entre ellos, y por tanto son aceptados por el grupo y no resultan denostadores (conozco un grupo de chicas que entre ellas se llaman la Peli, la Sardina, la Bla, la Rubia, la Pija, etc.) y el de los que los utilizan para vilipendiar a los demás (maltrato verbal). Estos forman parte del acoso escolar, que hoy está presente en las aulas. Se podría afirmar que este es el inicio del <<matonismo>> escolar (además del maltrato físico, abuso sexual, maltrato social, maltrato indirecto, etc.). Uno de cada cuatro alumnos españoles sufre violencia física o psíquica. En las modalidades de violencia en las aulas destaca, con diferencia, ser llamado por un mote (en un 14% de los casos). A cierta distancia, se encuentran comportamientos como “reírse cuando uno se equivoca” (8,9%), que “no te hablen” (8,5%), ser insultado (8%) o ser acusado de cosas que no has dicho o hecho (6,9%). Se observa que frente al mito comúnmente aceptado de que la violencia escolar era básicamente una violencia física la realidad de la violencia entre los estudiantes es mucho más social y psicológica que física. La intimidación, coacción, agresiones físicas existen y causan daños. Sin embargo, son las formas de exclusión social basadas en ningunear, no dejar participar, ridiculizar, poner motes, reírse de alguien cuando se equivoca, hacer correr rumores a sus espaldas, indisponer a los compañeros contra la víctima, las que además de ser más frecuentes, producen mayores tasas de estrés postraumático entre las víctimas. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, las formas de acoso psicológico, exclusión social y humillación verbal son mucho más lesivas para los estudiantes. Son las que están detrás de los índices más graves de ideación suicida entre los niños.

 Motes como el Empollón, el Pelotas, el Rastrero, el Besaculos, etc., están directamente relacionados con la actividad estudiantil y se aplica con fin vejatorio, amén de otro rosario de motes basados en los físico (el Gordo, el Fideo, el Feo), en su forma de vestir y comportarse (el Badana, la Meona), en el color de la piel (el Negro), etc. Aún más, el carácter malvado del matón, del motejador, se pone de manifiesto en los complementos que le añade como, por ejemplo, cuando se le llama Empollón de mierda, Negro de mierda, Tonto del culo, etc.

La esperanza blanca en materia de prevención de la violencia escolar es ese 24% de casos de acoso donde los que intervienen para cortar la violencia son los mismos compañeros de la víctima. Se trata de fomentar entre los estudiantes los comportamientos de solidaridad en favor de las víctimas y del señalamiento de los comportamientos de acosos de forma temprana como inaceptables, indebidos y causantes de daños para muchas personas. Los protocolos de buen trato significan un compromiso colectivo e individual de aquellas clases que los adoptan de no trivializar y banalizar las collejas, empujones, los gritos, los insultos, los motes, la ridiculización de los demás… y de proteger desde el principio aquellos que puedan resultar víctimas, encarando a los autores como desviantes de la norma que cada uno de los grupos se ha dado para apostar por el buen trato en las aulas. Los adultos tenemos que facilitar un proceso de autodeterminación que los niños suelen estar deseando emprender por sí mismos. Los niños son los mejores agentes de cambio social en materia de violencia escolar.

En una sociedad en la que ha pasado a formar parte de su cultura el mote, sobre todo el vilipendiador, es difícil erradicarlo, pero no por ello se debe cejar en la lucha contra tal vergonzante actuación hasta terminar con ella. Más aún: si el motejar es el inicio de la violencia escolar, que incluso puede finalizar en el suicidio, luchemos contra ello para que no avance, se detenga y se elimine antes de que sea tarde.  No son chiquilladas, como dicen algunos padres. La realidad demuestra que hay estudiantes que lo pasan mal, pero lo sobrellevan; pero los hay que no lo aguantan y se va convirtiendo en una pesada losa que les va hundiendo en su rendimiento académico y en su estima personal.

Reivindiquemos que nos llamen por nuestro nombre, que nos respeten. No a la violencia verbal. No a cualquier tipo de violencia. Los «matones verbales» o se reconvierten o fuera del aula.

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