ROSARIO DE LA AURORA: (I) BREVÍSIMA HISTORIA DEL ROSARIO

El término rosario viene del latín rosarium, de rosa´rosa`. Significa en español ´rosal`, pero no ´corona de rosas` como se ha venido repitiendo. Uno de los que más contribuyó a dicho significado y difusión fue san Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) en su obra El secreto admirable del santo Rosario:

Desde que el Beato Alano de la Roche renovó esta devoción, la voz pública, que es la voz de Dios, le ha dado el nombre de Rosario, que significa corona de rosas. Es decir, que cuantas veces se reza como es debido el Rosario se coloca sobre la cabeza de Jesús y de María una corona compuesta de 153 rosas blancas y 16 rosas encarnadas del paraíso que jamás perderán su hermosura ni su brillo. La Santísima Virgen aprobó y confirmó este nombre de Rosario, revelando a varios que le presentaban tantas rosas agradables cuantas avemarías rezaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios (7.ª Rosa. 24).

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Virgen de Fátima

Pero será la aparición de la Virgen en Fátima (Portugal) el 13 de mayo de 1917 a los tres niños-pastores la que contribuiría a fijar esta idea, ya que, según su relato, la Virgen les había revelado que cada vez que se reza una avemaría es como si se le ofreciera una rosa, de tal suerte que cada rosario completo sería una corona de rosas. Y así lo registraban ya dos estrofas del Rosario de la Aurora –sin duda de fecha muy anterior a la aparición:

 «Rendido queda el contrario,
las puertas abiertas vemos
si nuestra corona hacemos
de rosas de este rosario».

Y también:

«El devoto que más madrugare
a coger las rosas del santo rosal
ganará una corona de flores,
María la Virgen labrando la está».[1]

“El rosario o salterio de la bienaventurada virgen María es un modo piadosísimo de oración y plegarla a Dios, modo fácil al alcance de todos, que consiste en alabar a la santísima Virgen repitiendo el saludo angélico por ciento cincuenta veces, tantas cuantas son los salmos del salterio de David, interponiendo entre cada decena la oración del Señor, con determinadas meditaciones que ilustran la vida entera de nuestro Señor Jesucristo”. Esta es la considerada como la mejor definición de rosario y su autor es el llamado «primer papa del rosario»: Pío V (1566-1572). Aparece en la bula Consueverunt  de 1569, y constituye una de las etapas fundamentales de la compleja historia del rosario, tal como hoy lo conocemos, el cual se formó tras un largo proceso evolutivo.[2] Se podría decir que dicha bula supuso la consagración oficial y la fijación la de la estructura del rosario en las formas que sustancialmente son las de hoy, tal como ha escrito E. D. Staid.[3]

El rosario en su nacimiento está ligado al rezo diario de los 150 salmos bíblicos de Salomón por los monjes en su liturgia de las horas. Los monjes que no sabían leer sustituían el salterio por 150 padrenuestros  o 150 avemarías, y así se puede decir que estaba naciendo el rosario. Más tarde, esta costumbre de los monjes iletrados pasaría a los laicos devotos deseosos de emularlos. El avemaría que se recitaba entonces era conocida desde antiguo, pero difiere de la actual, ya que solo se recitaba la primera parte evangélica que era la que contenía el saludo del ángel – « ¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo»- y la bendición de Isabel – « ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno!».[4]

En el siglo X en Irlanda se estableció la costumbre de realizar nudos en un cordel para contar las avemarías que rezaban y llegar hasta las 150 sin perderse en la cuenta. Ya tenemos el elemento material de la oración que se propagará al resto de Europa.

El periodo histórico en el que se desarrolla el rosario y adopta su forma definitiva será el que va desde los siglos XII a XVI.

El verdadero impulso de su rezo se debe al español santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de la Orden de Predicadores o dominicos. Según la tradición católica, en 1208 se le apareció la Virgen. En su mano llevaba un rosario y le enseñó a recitarlo. Le pide que lo

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La Virgen entrega a santo Domingo el rosario

rece y lo predique por todo el mundo. El rezo tomaría un gran impulso a partir del 13 de septiembre de 1213. Simón de Monfort, amigo de santo Domingo, hizo que su tropa rezara el rosario antes de la batalla de Muret, consiguiendo la victoria y terminando con la herejía albigense. En señal de gratitud mandó construir la primera capilla de Nuestra Señora del Rosario.

El siglo XV fue vital para la difusión del rosario y para su formulación. En primer lugar hay que citar al cartujo Enrico de Kalcar (+ 1404) que dividió las 150 avemarías en 15 decenas precedidas del rezo de un padrenuestro.

Otro cartujo, Domingo  de Prusia (1382-1461) las redujo a 50 e introdujo una referencia verbal explícita en cada una de ellas a los misterios de la vida de Jesús: 14 se referían a la vida oculta, 6 a la vida pública, 24 a la pasión y muerte y 6  a la resurrección y glorificación de su madre María.

Pero será el dominico Alano della Rupe (1428-1478) el que dé un gran impulso a la formulación del rosario en su obra De dignitate psalterii: diferencia entre el rosario viejo (rezo exclusivamente de las avemarías) y el rosario nuevo (el que añade la meditación de los misterios); vuelve a las 150 avemarías, las agrupa en 15 decenas y reduce las meditaciones a tres cincuentenas referidas a la encarnación, pasión y gloria de Cristo y María. Contribuyó extraordinariamente a difundir el salterio mariano a través de la predicación y de la fundación de las cofradías marianas. Por ello, se le conoce como el apóstol del rosario. Desde entonces comenzó a llamarse este rezo Rosario de la bienaventurada Virgen María.

Del siglo XV es también un tríptico que se conserva en la catedral de Colonia (Alemania) en el que aparece la Virgen con el niño, y este con un rosario en la mano. Santo Domingo de Guzmán y san Pedro mártir sostienen el manto de la Virgen. Esta representación pictórica del rosario pasa por ser la muestra plástica más antigua de este rezo.

Fecha importante también en esta evolución será el año 1483, ya que se añade al avemaría original el Santa María…, para finalizar con el amén y el nombre de Jesús. Ya tenemos el avemaría completa.

Así llegamos al siglo XVI donde se deben tener en cuenta dos personajes extremadamente importantes en la configuración del rosario.

El dominico Alberto de Castello en 1521 redujo los misterios de Jesús a 15, que se subdividían en las tres series conocidas de gozosos, dolorosos y gloriosos.

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San Pío V

Mucha más importancia tuvo la figura del papa dominico Pío V (1566-1572). En 1571, el día 7 de octubre, se hallaba en Roma rezando el santo rosario, mientras se estaba librando la batalla de Lepanto contra los turcos, con la victoria del ejército cristiano. El papa lo atribuyó al rezo del rosario y a la intervención de la Virgen por lo que dio el encargo a su congregación de propagar dicho rezo. En la bula Salvatoris Domini (1572) instituyó la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de la Victoria el 7 de octubre en recuerdo de la de Lepanto,  que pasó a llamarse Nuestra Señora del Rosario en 1573 por la bula Monet Apostolus de Gregorio XIII (1572-1585).

A lo largo del siglo XVII experimentó un gran impulso por la intervención de las órdenes religiosas, sobre todo la de los dominicos, hermandades marianas, autoridades religiosas e, incluso, la Corona. Veamos algunos ejemplos.

En 1614 se publicó en Valladolid el libro de fray Alonso Fernández titulado Historia de los milagros y devoción del Rosario. En esta obra se ensalzan las excelencias de su rezo, como, por ejemplo, la reforma de las buenas costumbres y corrección de las malas, la adquisición de riquezas y bienes temporales, el amansamiento de los furiosos, la lucha contra la peste, la ayuda para los difuntos, etc. También en él se hallarán las normas por las que deben regirse las cofradías marianas: tener altar propio, no mezclarse con otras cofradías, la fundación debe ser hecha por un dominico, obligación de rezar el rosario completo una vez a la semana, etc.

Al clero sevillano se debe la propagación de los rosarios públicos por las calles de la ciudad en este siglo y que rápidamente se extendería por toda Andalucía, y más tarde por el resto de España. No fue ajeno a dicha promoción sevillana fray Pedro de Santa María y Ulloa,  a quien sus contemporáneos llamaron el «apóstol del rosario». Según su biógrafo, el padre Aranda, tal fue la devoción suscitada al rosario en Sevilla que, a veces, concurrían tres y cuatro rosarios en una misma calle.[5]

Felipe IV, el 24 de julio de 1655, mediante una pragmática contestaba, a quienes solicitaban que por ley se estableciera la obligación del rezo diario del rosario en las iglesias, que en semejantes materias más se lograba con el ejemplo que con los mandatos. No obstante, manda que la Sala de Gobierno escriba a los obispos de cada diócesis para que insten a los curas y prelados de los conventos a que introduzcan la devoción del rosario por ser muy útil para los fieles; y lo mismo se realice con los justicias y corregidores de sus reinos.[6]

Si mucho aumentó en el siglo XVII la devoción al rosario, no es menos cierto que será el siglo XVIII cuando se produce la eclosión de este rezo, tanto en los recintos religiosos como en las celebraciones por las calles en horario nocturno o a primera hora de la mañana (Rosario de la Aurora), que en ocasiones acarrearían desordenes públicos. Por ello, tuvieron que intervenir las autoridades civiles y religiosas. De 27 de julio de 1781 es una Real orden en la que se manda al Gobernador del Consejo de su majestad y al arzobispo de Toledo que se pongan de acuerdo para prohibir los rosarios que por doquier se rezaban y que solo se permitieran los autorizados a las congregaciones marianas en los días señalados del año litúrgico. No debió surtir efectos dicha orden, porque tan solo siete años más tarde, el 4 de septiembre de 1788, hay un Decreto del Consejo de su majestad que pretende atajar el abuso de rosarios que se rezaban por la noche y evitar los perjuicios e inconvenientes que se derivaban de su tolerancia. Para ello, se manda al vicario eclesiástico de Madrid que no se permita rosario alguno durante la noche que no tuviera la licencia necesaria y que los alcaldes de casa y corte, así como los de barrio, cuiden de que se cumpla esta providencia dando al vicario y sus ministros el auxilio que necesiten para hacer cumplir lo mandado.

Es muy posible que en esta época naciera la frase proverbial «acabar como el rosario de la aurora» con el significado de finalizar una reunión de personas mal, con enfrentamientos y violencia física entre ellas; dicho en román paladino: acabar a palos. En cuanto al lugar del nacimiento de la frase, muchos la sitúan en Andalucía y, según sus autores, en lugares diferentes. No olvidemos que el Rosario de la Aurora tiene su origen y desarrollo en esta región española. La razón puede estar en alguna de estas tres circunstancia  en la concurrencia de dos o más de ellas: A) El enfrentamiento de los participantes en el rosario con las cuadrillas que todavía seguían de juerga a las horas que el rosario recorría las calles de las ciudades, villas y pueblos españoles –recordemos, a modo de ejemplo, que la Cofradía del Rosario de la Aurora de El Puerto de Santamaría cantaba el rosario a las dos de la mañana en verano y a las cuatro, en invierno-[7]. B) El enfrentamiento con los vecinos de las calles que recorrían y que estaban durmiendo. c) El enfrentamiento entre los integrantes de cofradías del rosario que organizaban este a la misma hora, el mismo día, en la misma localidad y que confluían en el recorrido –por ejemplo, en Priego (Córdoba) entre la Cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes y la de Nuestra Señora de la Aurora-, y que llevaría a la suspensión por orden de la jerarquía eclesiástica para evitar «encuentros émulos» y en algunos casos funestos.[8] Cuando se vuelve a restablecer su práctica, se dictan por la autoridad eclesiástica una serie de normas que todos deben cumplir para que no se produzcan los encuentros, como, por ejemplo, que no salgan el mismo día.

Numerosos fueron los documentos papales posteriores sobre el rosario, que en su mayor parte estuvieron dedicados a la fundación de cofradías marianas, su disciplina y privilegios, las indulgencias, etc. Digamos al efecto que en 1786 ya había en la pequeña localidad de Siero de la Reina (León) una Cofradía del Santo Rosario, con escasa dotación económica, que hacía que se alumbrara la imagen de limosna, y con los estatutos sin aprobar.

Varios fueron los papas que se significaron por su empeño en la difusión del rezo del rosario. Me referiré sucintamente solamente a cuatro.

 León XIII (1873-1903), que le dedicó 12 encíclicas y 2 cartas apostólicas y que le han valido también el nombre del «papa del rosario». Durante su papado nació la costumbre de dedicar el mes de octubre a esta oración mariana.

Pío XI (1922-1939) en 1937 publicó la encíclica Ingravescentibus malis, en la que defiende que el rosario ocupa el primer lugar entre las oraciones a la Virgen.

Juan XIII  (1958-1963) honró de modo constante el rosario con su práctica diaria y le dedicó varias encíclicas y cartas pastorales. Lo convirtió en un componente esencial de su espiritualidad según se revela en su Diario del alma.

Juan Pablo II (1978-2005), quien poco después de ser elegido papa, afirmaba que el rosario era su oración predilecta. Promovió con ahínco el rezo en familia y el 16 de octubre de 2002 presentó su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, a través de la cual se incorporó al rosario los llamados «misterios luminosos».

MISTERIOS DEL ROSARIO SEGÚN EL PADRE ASTETE

Gozosos (lunes y jueves)

  • La encarnación del Hijo de Dios
  • La visitación de Nuestra Señora a santa Isabel.
  • El nacimiento del Hijo de Dios.
  • La presentación del niño Jesús en el Templo y Purificación de Nuestra Señora.
  • El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.

Dolorosos (martes y viernes)

  • La oración de Jesús en el huerto.
  • Los azotes que padeció el Señor, atado a las columnas.
  • La coronación de espinas.
  • Jesús con la cruz a cuestas.
  • La crucifixión y muerte del Señor.

Gloriosos (domingos, miércoles y sábados)

  • La resurrección del Señor
  • La ascensión del Señor a los cielos.
  • La venida del Espíritu Santo.
  • La asunción de Nuestra Señora a los cielos.
  • La coronación de Nuestra Señora por reina de cielos y tierra.[9]

 Como se ha dicho, desde el 2002 se han añadido los Luminosos (jueves):

  • El bautismo de Jesús en el río Jordán.
  • La autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná.
  • El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión.
  • La transfiguración del Señor.
  • La institución de la Eucaristía.
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BIBLIOGRAFÍA

– E. D. STAID, «El rosario: historia, magisterio, teología y valores», en Diccionario de mariología, pp. 1731-1741. http://mercaba.org/FICHAS/MAR%C3%8DA/558.htm

– Eduardo Pérez-Cotapalos, «Sobre el rosario», en http://www.mariologia.org/devocionesrosario122.htm

– ALONSO GETINO, Luis G., Origen del rosario y leyendas castellanas del siglo XIII sobre Sto. Domingo de Guzmán, Vergara, 1925.

– WILLAM, F. M., Storia del rosario, Roma, Orbis Catholicus, 1951.

– ORLANDI, S., Libro del rosario della gloriosa Vergine Maria, Roma, Centro internazionale domenicano rosariano, 1965.

– BASILE, R., Il rosario salterio della Vergine, Bologna, Dehoniane, 1990.

– ROMERO MENSAQUE, C. J., El rosario en Sevilla: religiosidad popular y hermandades de gloria, Sevilla, 1990.


[1] La consideración del rosario como corona de rosas puede que esté ligada con ritos paganos. En la Antigüedad se solían coronar las estatuas de sus dioses con coronas de rosas como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. Siguiendo esa tradición, las mujeres cristianas condenadas al martirio en el Coliseo se vestían con sus mejores vestidos y se adornaban la cabeza con una corona de rosas símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones a Dios.

[2] En España no existe monografía alguna de conjunto que aborde el estudio del rosario desde el punto de vista histórico, por lo que se hace necesario acudir a la bibliografía extranjera. Sí tenemos algún estudio particular como el de Carlos José Romero Mensaque, El Rosario en Sevilla: religiosidad popular y hermandades de gloria, Sevilla, 1990.

[3] «El rosario: historia, magisterio, teología y valores», p. 1, en http://mercaba.org/FICHAS/MAR%C3%8DA/558.htm.

[4] Lc., 1, 28 y 42.

[5] Vid. M. Peláez del Rosal y R. Jiménez Pedrajas, Cancionero popular del Rosario de la Aurora, Córdoba, Instituto de Historia de Andalucía, 1978, p. 34.

[6] Vid. Novísima recopilación de las leyes de España, Madrid, 1805, p. 13 (Libro I, Título I).

[7] Hipólito Sancho, Un centro cultural del siglo XVIII: La cofradía y Escuelas Pías de Nuestra Señora del Rosario de la Aurora, El Puerto de Santamaría, Concejalía de Cultura, 1993, p. 18.

[8] Vid. M. Peláez del Rosal y R. Jiménez Pedrajas,  Op. cit., pp. 41-46 y 223-226.

[9] Solamente el 4.º y 5.º misterio de los gloriosos no están documentados en la Escritura, aunque sí inspirados en ella.

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