AVENTURAS Y DESVENTURAS DE DOÑA Ñ. (I) INTRODUCCIÓN

Ñ0. Uno de los seguidores del blog ha leído el artículo sobre las Fuentes documentales de La Uña (León) y me sugiere que amplíe la nota que puse sobre la letra ñ, la más genuinamente española del abecedario. Recojo el guante y aquí estoy dispuesto a dar respuesta a dicha sugerencia, comprobado el tratamiento desigual que se la ha dado a lo largo de la historia de la lengua española desde el siglo XV al XXI: primero, negada; después de dura lucha y largo tiempo, reconocida y vitoreada, y, por último, ninguneada, a pesar de formar parte de una lengua que en el 2012 es la segunda más hablada del mundo con más de 495 millones de hablantes, por detrás del chino; también es el segundo idioma de comunicación internacional, por detrás del inglés, y el tercero en Internet.[1]

1. El español es una de las lenguas romances que proceden del latín a través de un largo periodo de convivencia con las lenguas peninsulares y de transformaciones. Desde que los romanos llegaron a la península ibérica en el 218 a. C. con ocasión de la segunda guerra púnica hasta el siglo X, el latín vulgar, la lengua de las legiones, se fue extendiendo por Hispania y cubriéndola como un manto dando origen a diversas lenguas en la península. Del siglo X tenemos ya los primeros vestigios de lenguas o dialectos romances, o lo que es lo mismo, el latín transformado por influjo de sustratos y adstratos lingüísticos en contacto. A los romanos les sucedieron en el dominio español otros pueblos que también, en mayor o menor medida, dejaron su impronta en las lenguas y dialectos peninsulares, hasta que en 1492 los Reyes Católicos acabaron con el Reino de Granada en manos de los árabes. La presencia de esta lengua nos ha dejado en español unas 4 000 palabras de las 88 431 que recoge la vigésimo segunda edición del Diccionario de la RAE de 2001.

2. El alfabeto latino constaba de 23 letras desde el siglo I a. C.: a, b, c, d, e, f, g, h, i, k, l, m, n, o, p, q, r, s, t, v, x, y, z. Este resultó inadecuado para representar por escrito el nuevo sistema fonológico medieval del castellano. Refiriéndose a las letras de dicho abecedario, dice la Real Academia Española:

Todas ellas, y en el mismo orden, forman parte del abecedario español, el cual se completó con algunas letras más, surgidas de la necesidad de representar nuevos fonemas inexistentes en latín o introducidas en nuestro sistema gráfico a través de préstamos de otras lenguas.[2]

3. Las nuevas letras que el español incorporó en la Edad Media a su abecedario fueron las siguientes: u, j, ñ, ç. Esta última desaparecería al ajustarse el sistema de sibilantes españolas (alveolar, dorsodental, velar, las tres sordas o sonoras) en los Siglos de Oro y asumir la z y la c la representación del fonema dorso dental africado sordo /θ/. Así se llega a las 27 actuales que reconoce la RAE: 23 latinas y 4 nuevas, entre las que hay que incluir la w, última letra incorporada al abecedario español. El diccionario de la RAE la asume como independiente y encabezando su sección en la edición de 1869, aunque la ortografía no lo hará hasta cien años después.

4. La transformación experimentada por el latín peninsular en contacto con las lenguas del sustrato lingüístico dio origen a nuevos fonemas. Uno de ellos fue el palatal nasal /ñ/, inexistente en la lengua de origen. En la Edad Media se representó de varias formas en función de su origen –como veremos más adelante-, aunque la forma más habitual fue la del dígrafo nn. Como en el resto de las lenguas, en español funciona internamente la llamada ley de economía lingüística. En virtud de dicha ley, en la escritura, sobre toda manuscrita, se utilizan diversas abreviaturas de todos conocidas. Así el dígrafo nn se comenzó a escribir de forma abreviada mediante una sola n con una virgulilla encima, dando origen a una letra genuinamente española, la eñe, que también adoptaron el gallego y el vasco, y que fue la grafía que el español terminaría utilizando para el fonema palatal nasal en cualquier posición y de cualquier origen.

4.1. Este fonema palatal nasal lo podemos encontrar en posición inicial o intermedia. Algunas de las palabras con ñ en posición inicial derivan del dialecto leonés. Análogamente a la palatalización de la l- (llombo, llareira, llobo, llado, lluna, llingua, etc), sucede también la de la n-. No hay ejemplos medievales, pero son numerosos ya en Juan del Encina (1468-1533) y Lucas Fernández (1474-1542): ño, ñascer, ñombre, ñubloso, ñudo, ñoramala, etc.[3] Nebrija en su Vocabulario de romance en latín (1516) recoge ñublado, ñublosa, ñudo y ñudoso.[4]

4.2. En posición intermedia es mucho más frecuente la aparición de este fonema nasal y característico de las palabras españolas, procedente de grafías diferentes latinas:

  • -NN-: ANNIL > AÑIL, PANNU > PAÑO, ANNU> AÑO;
  • -NY-: VINEA > VIÑA; ARANEA > ARAÑA; CUNEU > CUÑA;
  • -MN-: AUTUMNU > OTOÑO, DAMNU > DAÑO. DOMNU > DUEÑO;
  • -GN-: COGNATU > CUÑADO, PUGNU > PUÑO, LIGNU > LEÑO;
  • -NGL-: UNGULA >UÑA, SINGULU > SEÑOS, CINGULU > CEÑO. [5]

5. Realicemos ahora un breve recorrido histórico por algunos de los tratados más significativos de gramática y ortografía de la lengua española, así como por diccionarios, para conocer cuál ha sido el tratamiento que se dio a la ñ hasta llegar, después de un largo proceso, al siglo XVIII en que se la reconoció como letra de pleno derecho del abecedario español y una de sus letras genuinas.[6]

(Continuará)

[1] Fuente: Instituto de Cervantes, El español en el mundo 2012.

[2] RAE, Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010, p. 66.

 [3] Vid. Ramón Menéndez Pidal, «El dialecto leonés», RABM, X, 2 y 3 (1906), pp. 128-131.

 [4] Cito por la edición de Gerald J. Macdonald, Castalia, 1981, que reproduce la edición sevillana de 1516.

 [5] Vid. Ramón Menéndez Pidal, Manual de gramática histórica española, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, §§ 46, 3; 53, 5; 47, 2; 50, 3 y 61, 2. También, Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, Madrid, Escelicer, 1968.

 [6] Los cambios lingüísticos son procesos largos, duraderos, operados en el seno de las lenguas, que son realidades vivas que nacen, viven transformándose y mueren. Así pues, no es de extrañar que el proceso de consolidación de la ñ durara siglos. Todavía hoy estamos asistiendo a un proceso de cambio en el sistema fonológico del español que se inició en la Edad Media y que no ha concluido: la convergencia en uno de los dos fonemas palatales /y/ y /ll/, el llamado «yeísmo», que se inició en el sur y que ya ha llegado al norte peninsular. Hoy la juventud española tiene un problema ortográfico más: tiene dificultades para diferenciar en la escritura pollo/poyo, mallo/mayo, valla/vaya, halla/haya, etc., porque en el habla no las diferencia. Algún día el cambio se consolidará y la RAE lo reconocerá, si el español aún no ha muerto, para que se cumpla el lema de la institución: «Limpia, fija y da esplendor».

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